Con alegría y devoción se dio inicio al Año Jubilar por la Beata Ana María Javouhey
Callao, 05 de julio de 2026.
Con gran alegría, fe y profunda devoción, la comunidad parroquial participó en la apertura del Año Jubilar por la Beata Ana María Javouhey, fundadora de la Congregación de las Hermanas de San José de Cluny.

La celebración se realizó en la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, en Mi Perú, donde fieles, religiosas y miembros de la comunidad se reunieron para participar de la Santa Misa de apertura.
Esta significativa jornada conmemora los 75 años de beatificación de la Beata Ana María Javouhey, reconocida por su entrega misionera, su servicio educativo y su labor en favor de los más necesitados.

La Eucaristía fue presidida por Mons. Miguel Ángel Contreras Llajaruna, S.M., Obispo auxiliar del Callao, a quien la Congregación de Hermanas de San José de Cluny expresó su profundo agradecimiento por acompañar y guiar este momento tan especial de fe.
Durante la celebración, se destacó el testimonio de vida de la Beata Ana María Javouhey, una mujer de profunda oración, valentía y entrega al servicio de Dios y de la Iglesia. Su legado continúa vivo en la misión de las Hermanas de San José de Cluny, presentes en distintas comunidades y comprometidas con la educación, la evangelización y el servicio fraterno.
La apertura del Año Jubilar representa una oportunidad para renovar la fe, agradecer por el camino recorrido y fortalecer el compromiso misionero inspirado en la vida y obra de la Beata Ana María Javouhey.
La Congregación agradece también a todos los fieles que participaron en esta hermosa celebración, haciendo de este encuentro un momento de comunión, esperanza y gratitud.
Finalmente, se comparten algunos de los momentos más especiales de esta jornada, que quedarán en la memoria de la comunidad como signo de fe, unidad y devoción.
Biografía resumida de la Beata Ana María Javouhey
Ana María Javouhey nació el 10 de noviembre de 1779 en Francia. Desde muy pequeña fue conocida como “Nanette” y destacó por su alegría, inteligencia, sensibilidad y carácter decidido. La describían como una niña vivaz, “alegre como aguzanieves”, con una fe profunda y un corazón generoso.
Durante los difíciles años de la Revolución Francesa, Ana María mostró una valentía admirable. Protegió la vida religiosa, ayudó a sacerdotes perseguidos y mantuvo viva la fe en medio del peligro. Su fuerza no venía solo de su carácter, sino de su confianza en Dios y de su deseo de servir.
Uno de los momentos más especiales de su vida fue cuando, junto a sus hermanas, fue recibida por el Papa Pío VII. Él las escuchó, las animó y las bendijo, confirmando así el camino de entrega que Ana María empezaba a recorrer. Más adelante, después de buscar con paciencia su vocación, tuvo una experiencia espiritual muy importante: en una visión escuchó estas palabras: “Son los hijos que yo te doy”, comprendiendo que Dios la llamaba a una gran misión.

El 12 de mayo de 1807, Ana María y sus tres hermanas vistieron el hábito religioso y emitieron sus votos. Así nació la Congregación de las Hermanas de San José de Cluny, dedicada a la educación, la atención de los enfermos, el servicio a los pobres y la misión. Su obra se extendió por Francia, Senegal, las Antillas, la Reunión y la Guyana.
Ana María fue una mujer misionera, educadora y defensora de los más necesitados. En Guyana realizó una gran labor en favor de los esclavos liberados, promoviendo su dignidad, educación y desarrollo. Por eso fue reconocida como una mujer adelantada a su tiempo, con una visión profundamente humana y cristiana.
Sin embargo, su vida también estuvo marcada por grandes pruebas. Durante muchos años sufrió la oposición del obispo de Autun, Mons. D’Héricourt. A pesar de ello, Ana María respondió con paciencia, obediencia, perdón y fe. En medio de sus sufrimientos decía: “A menudo tengo mi parte de pequeñas cruces: el buen Dios me da la gracia de soportarlas tranquilamente. Algunas veces me río de ellas, otras lloro, no importa, soy valiente.”
En los momentos de soledad y dolor, se refugiaba en Dios. En los bosques de Mana oraba diciendo: “Sólo te tengo a ti, Señor, por eso vengo a echarme en tus brazos y pedirte que no abandones a tu hija.” Esta frase muestra la profundidad de su confianza en Dios, incluso cuando se sentía abandonada por los hombres.
Ana María también enseñó a sus hermanas que la fuerza de la misión nace de la vida interior. Por eso resumía su espiritualidad con estas palabras: “Necesitamos adquirir el espíritu interior y de oración. Con este doble espíritu, no hay peligro en ninguna parte.”
Murió el 15 de julio de 1851, dejando un testimonio de fe, valentía, servicio y amor a la Iglesia. El 15 de octubre de 1950 fue beatificada por el Papa Pío XII. Su vida sigue siendo ejemplo de entrega misionera, fortaleza en la prueba y confianza total en Dios.






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