Beato Fulton Sheen, Tagle: un vaso de barro que sacaba fuerzas de Cristo
El cardenal pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización ha presidido el 24 de septiembre, en el recinto deportivo Dome de San Luis, en Misuri (Estados Unidos), la misa de beatificación del arzobispo estadounidense Siervo de Dios. El cardenal citó la Carta apostólica en la que León XIV describe a «su compatriota de Illinois» como «un incansable predicador del Evangelio a través de los medios de comunicación modernos» y «un pastor solícito, animado por el celo misionero».

Daniele Piccini – Ciudad del Vaticano
El arzobispo estadounidense Fulton John Sheen, conocido por su labor de evangelización a través de la radio y la televisión, no es beato —es decir, «afortunado» y «feliz»— por haber sido una celebridad de los medios de comunicación. Ni por haber sido un «escritor de renombre». Ni por haber sido «famoso». Es beato porque supo acoger el don de la «comunión con Jesús», con los pobres y los vulnerables. Así describió el cardenal Luis Antonio Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, el carisma del arzobispo de Newport, en la homilía de la misa de beatificación del Siervo de Dios Fulton Sheen, que presidió el 24 de septiembre en el Dome at America’s Center, el recinto deportivo cubierto de San Luis, en Misuri, en los Estados Unidos de América. La celebración comenzó con una larguísima procesión de entrada de diáconos, sacerdotes, religiosos y obispos, que precedieron al delegado papal, el cardenal Tagle.
«Predicador incansable» y «pastor solícito»
El cardenal, que celebró en representación de León XIV ante decenas de miles de fieles, recordó la alegría del propio Sumo Pontífice, expresada también ayer, durante la audiencia general del miércoles: el Papa se regocija por la «beatificación de su conciudadano, su compatriota de Illinois y hermano en el episcopado». Tal y como se recoge en la Carta apostólica del Pontífice en latín, leída por el cardenal Tagle al inicio de la celebración, Fulton Sheen fue «un predicador incansable del Evangelio a través de los medios de comunicación modernos y un pastor solícito, animado por el celo misionero».
Las lecturas de la misa de beatificación destacaron las cualidades de «evangelizador» y «pastor misionero» del nuevo beato. En el Evangelio de Marcos (16, 15-20) «el Señor resucitado elige y envía a sus amigos a proclamar el Evangelio a toda criatura». Esto, argumentó el cardenal, es un motivo legítimo de bienaventuranza, aunque totalmente opuesto a la independencia y la libertad que el mundo predica como felicidad. «Elegir por uno mismo e ir adonde se quiera no es misión ni bienaventuranza. Bienaventurados vosotros cuando anunciéis a todos la Buena Nueva de Jesús».

La bienaventuranza es cuando el Señor obra a través del hombre
También para san Pablo se es bienaventurado porque no se predica de uno mismo, sino«a Jesucristo como Señor». Una verdad que también subrayó el profeta Isaías, para quien «bienaventurados y hermosos son vuestros pies cuando anunciáis la salvación y la paz de Dios». «Recorrer la tierra, el mar y el cielo —comenta Tagle— proclamando palabras destructivas y cometiendo actos de violencia no es misión; no es bienaventuranza». Ser «autosuficiente» y «buscar la propia autoafirmación» es una «mala señal», afirmó el cardenal: más bien se es bienaventurado cuando el Señor «obra a través de vosotros y confirma el Evangelio que predicáis mediante signos milagrosos».
A continuación, el cardenal recordó un episodio de la vida de Fulton Sheen: un encuentro con Pío XII. Cuando el papa Pacelli le preguntó cuántas almas había convertido, el obispo estadounidense respondió que no lo sabía, que nunca las había contado, para no caer en la tentación de enorgullecerse, pensando que fuera mérito suyo. El nuevo beato se definía, en cambio, como un portero, tal vez «de éxito», al que a veces había logrado «conducir a las personas hasta la puerta abierta de la casa de Dios».

Comunión con Cristo y con los pobres
El evangelizador misionero es beato porque vive «en comunión con las personas y los pueblos, sobre todo con los pobres y los vulnerables, en nombre de Jesucristo». «Utilizar la predicación como pretexto para evitar a las personas concretas y permanecer ciegos ante la acción de Dios en ellas no es misión; no es bienaventuranza», comentó Tagle, deduciendo que «dominar a los demás y hacer sentir la propia importancia no es misión; no es bienaventuranza».
El secreto de la bienaventuranza, reveló finalmente el profeeto, es sentirse pobres, pero enriquecidos por la comunión con Cristo: «Bienaventurados vosotros cuando os consideráis vasos de barro, para que el poder sea de Dios y no provenga de vosotros». Por el contrario, «predicar el Evangelio desde una posición de supuesta justicia que impide identificarse con las heridas de los demás no es misión; no es bienaventuranza».
Precisamente la pobreza fue lo que el obispo Sheen recomendó a los padres conciliares cuando intervino en el Concilio Vaticano II. Era el 9 de noviembre de 1964. Pidió que se señalara el paralelo 30 y que se considerara pobre a todo el mundo al sur de esa línea. Justo al sur de esa línea, recordaba además, procedía la mayor parte de los participantes en el Concilio. Y precisamente una Iglesia pobre y «herida», afirmaba Sheen, era la más idónea «para convertir a un mundo escéptico». Exactamente igual que el Cristo resucitado y lacerado había podido convencer a Tomás.

La amargura que se convierte en dulzura
La pobreza que situó en el centro de una de sus conferencias televisivas, titulada precisamente «El paralelo 30» y grabada en 1967. En este programa, como recordó el cardenal Tagle, Fulton Sheen relató un episodio que parece sacado del «Testamento de san Francisco de Asís», en el que el pobre fraile narra su conversión gracias al encuentro con los leprosos, un acontecimiento espiritual que había transformado en «dulzura» todo lo que hasta entonces había considerado «amargura». Sheen había visitado Buluba, en Uganda, un lugar que acogía a 500 personas afectadas por la lepra. Una de ellas, según contó el cardenal durante la homilía, se acercó al obispo. Ya había perdido la parte inferior del brazo y la mano.
El beato Sheen, que al principio se estremeció de miedo, agarró lo que quedaba de aquella mano y luego «sostuvo entre sus manos la carne herida de las personas vulnerables afectadas por la lepra, considerándose uno de ellos, la persona número 501 afectada por la lepra».
«¡Bienaventurado el vaso de barro que saca su fuerza de Jesús! —exclamó Tagle al término de su homilía—. ¡Bienaventurado el evangelizador que se convierte al contemplar y tocar las heridas de Cristo Resucitado en los hermanos y hermanas heridos!».


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