Pbro. Óscar Murillo: «La santidad se vive aquí, ahora y mañana»
El director diocesano de las Obras Misionales Pontificias de la Arquidiócesis de Trujillo comparte su experiencia de acompañamiento misionero y recuerda con gratitud la cercanía del papa León XIV durante sus años de formación en el seminario.
La misión de la Iglesia comienza sembrando semillas en el corazón de las personas. Con esta convicción, el padre Óscar Murillo Villanueva, sacerdote diocesano y director de las Obras Misionales Pontificias (OMP) de la Arquidiócesis de Trujillo, impulsa la animación y formación misionera en las distintas comunidades de su jurisdicción eclesiástica, promoviendo la oración, el sacrificio y la cooperación al servicio de la evangelización.

En coordinación con el director nacional de las OMP Perú, padre José Hipólito Purizaca Sernaqué, desarrolla esta labor a través de las distintas obras y servicios misioneros: la Infancia Misionera, Jóvenes Sin Fronteras, Familias Misioneras y la Unión de Enfermos y Ancianos Misioneros. Su propósito es fortalecer la fe y despertar en niños, jóvenes y familias una auténtica conciencia misionera, favoreciendo también el surgimiento de nuevas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras.
«Se trata de sembrar semillas en el corazón de los jóvenes para que, el día de mañana, lleguen a ser buenos padres de familia, padres de familia misioneros, sacerdotes o personas consagradas», expresa el sacerdote, convencido de que la misión es un camino que se construye con paciencia y bajo la guía del Espíritu Santo.
Un recuerdo cercano del papa León XIV
En su testimonio, el padre Óscar recuerda con especial gratitud los años en que fue seminarista y tuvo la oportunidad de conocer de cerca al entonces padre Robert Prevost, hoy papa León XIV, quien se desempeñaba como formador en el seminario y fue también su director espiritual.
«Era muy cercano a nosotros, los jóvenes», recuerda. Destaca especialmente su preocupación por las vocaciones, tanto de los religiosos agustinos como de los seminaristas diocesanos, así como su acompañamiento en las dimensiones espiritual, comunitaria e intelectual de la formación.

Lo describe como un hombre sincero, firme en sus decisiones y con una visión clara del sacerdocio. Sabía acompañar, pero también discernir con responsabilidad el camino vocacional de cada seminarista. Su principal exhortación era permanecer fieles a la Iglesia.
Asimismo, recuerda su capacidad de escucha y acompañamiento en el servicio a los sacerdotes y a los fieles. Gracias a su formación en Derecho Canónico y a su experiencia en el ámbito del Tribunal Eclesiástico y la Vicaría Judicial, brindaba orientación y apoyo a quienes acudían a él, procurando atender cada situación con cercanía y sentido pastoral.
La honestidad: un desafío también para la Iglesia
Al reflexionar sobre los desafíos que enfrenta la sociedad y la Iglesia, el padre Óscar considera que uno de los llamados fundamentales que debe resonar en nuestro tiempo es recuperar el sentido de la honestidad y combatir todas las formas de corrupción.
Reconoce que esta realidad también interpela a la comunidad eclesial: «La Iglesia tampoco está libre de la corrupción. Nosotros también estamos involucrados en esta realidad», señala, invitando a no acostumbrarnos a las prácticas deshonestas ni a considerarlas normales.

Para el sacerdote, la formación en valores no puede limitarse a los espacios parroquiales. Es necesario involucrar también a las familias, pues los niños y jóvenes necesitan encontrar coherencia entre lo que aprenden en la Iglesia y lo que viven diariamente en sus hogares.
«Es una tarea difícil, pero no imposible, siempre que realicemos un verdadero trabajo de fondo», afirma. Aunque quizá quienes hoy trabajan en la evangelización no lleguen a contemplar todos sus frutos, confía en que las futuras generaciones podrán experimentar una transformación profunda en sus vidas y en sus familias.
La santidad como camino para todos
Desde su experiencia sacerdotal, el padre Óscar también destaca el poder transformador del sacramento de la Reconciliación. Durante las confesiones, ha sido testigo de cómo muchas personas encuentran una verdadera liberación interior al reconocer aquello que les impide avanzar y abrirse nuevamente al amor de Dios.
Esta experiencia lo lleva a recordar que la santidad no es únicamente una realidad que pertenece a los grandes santos del pasado, sino una vocación que debe hacerse vida en el presente.
«No podemos limitarnos a hablar de la santidad del pasado. La santidad se vive aquí, ahora y mañana», expresa.
Asimismo, compara su fuerza evangelizadora con una llama que se transmite de corazón en corazón, despertando en los demás el deseo de seguir a Cristo. Cuando una persona descubre que otro ha podido vivir unido al Señor, también se siente llamada a recorrer ese mismo camino.
Perú, tierra santa y tierra de santos
Finalmente, el sacerdote recuerda la visita del papa León XIV a Trujillo y la multitudinaria presencia de imágenes de santos que llegaron a la ciudad por invitación de monseñor Héctor Miguel Cabrejos Vidarte. Aunque inicialmente se había previsto la participación de dieciséis imágenes, finalmente llegaron cerca de ochenta, entre ellas las de san Francisco, santa Rosa de Lima y otros santos.

En ese contexto, recuerda las referencias del Santo Padre a figuras emblemáticas de la santidad peruana, como santo Toribio de Mogrovejo y san Juan Macías, así como su expresión del Perú como una «tierra santa, tierra de santos».
Con entusiasmo, concluye recordando que, pese a las dificultades y a quienes puedan cuestionar el valor de nuestra tierra, el Perú ha sido cuna de grandes testimonios de santidad.
El testimonio del padre Óscar Murillo nos recuerda que la misión no consiste solamente en realizar actividades, sino en formar corazones, acompañar vidas y sembrar esperanza. Una tarea que exige fidelidad, paciencia y compromiso, con la certeza de que cada semilla sembrada en nombre de Cristo puede dar frutos en las generaciones futuras.
Por: Giancarlo Chirinos Barrera.

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