LA MISIÓN: EL SUEÑO QUE DIOS HIZO REALIDAD

LA MISIÓN: EL SUEÑO QUE DIOS HIZO REALIDAD

Testimonio misionero de Amelia Romo Márquez, Misionera Comboniana

Mi nombre es Amelia Romo Márquez, aunque desde pequeña todos me conocen cariñosamente como “Mellis”. Soy mexicana, originaria del estado de Jalisco, y al mirar mi historia puedo reconocer que Dios fue sembrando en mi corazón el llamado a la misión mucho antes de que yo pudiera comprenderlo.

Provengo de una familia de ocho hijos y soy la segunda. Crecí en un hogar profundamente católico, donde la fe se vivía de manera sencilla, pero firme. De manera especial, mis abuelos maternos fueron pilares espirituales para toda nuestra familia. Tuve la gracia de vivir un tiempo con ellos y conocer de cerca la profundidad de su fe, su confianza en Dios y la manera concreta en que expresaban su amor por los demás.

Esa herencia espiritual pasó también a mi mamá, quien, con su vida y su ejemplo, nos transmitió la fe. En mi familia aprendí valores como el amor, la fraternidad, el servicio, el respeto y la solidaridad, valores que con el tiempo se convertirían en parte fundamental de mi camino vocacional y misionero.

Bajo la mirada de María

Nací y crecí en San Juan de los Lagos, una ciudad profundamente mariana, conocida por la gran devoción a Nuestra Señora de San Juan de los Lagos. Desde niña estuve rodeada de peregrinos que llegaban de diferentes lugares con una enorme confianza, poniendo sus necesidades, alegrías y sufrimientos en manos de la Virgen.

Contemplar aquella fe sencilla y profunda fue fortaleciendo mi propia relación con Dios. Más adelante, cuando comencé a descubrir con mayor claridad el llamado del Señor, decidí poner mi vocación en manos de María. Le consagré mi camino y le pedí que me acompañara siempre en cada paso de mi vida misionera.

Con los años he comprendido que Dios ya iba preparando mi corazón desde mucho antes.

Cuando era adolescente, conversaba con mis amigas sobre nuestros sueños para el futuro. Ellas hablaban de las profesiones que deseaban estudiar y yo también sentía interés por la psicología. Sin embargo, había algo dentro de mí que no sabía explicar. Pensaba que no quería esperar a que las personas vinieran a buscarme para ser escuchadas o acompañadas; yo quería salir a buscarlas, especialmente a quienes más lo necesitaban.

En aquel momento no comprendía por qué sentía aquello. Hoy descubro que era Dios quien comenzaba a despertar en mí un corazón misionero.

Mi primera experiencia de misión

Cuando tenía 17 años, mi mamá me invitó a formar parte del grupo misionero de la parroquia a la que comenzamos a asistir después de mudarnos del campo a la ciudad.

Allí inicié mi formación misionera y participé en mi primera experiencia de misión. Aquellos días marcaron profundamente mi vida. Descubrí la alegría de compartir con otros jóvenes, trabajar en equipo, visitar familias, escuchar sus historias, servir y anunciar el amor de Dios.

Poco a poco, la misión dejó de ser solamente una actividad que realizaba durante algunos días del año y comenzó a convertirse en una necesidad del corazón.

Mientras muchos jóvenes esperaban las vacaciones para descansar o realizar otras actividades, yo esperaba con ilusión ese momento porque significaba poder salir nuevamente de misión a diferentes regiones de México.

Cada experiencia alimentaba una pregunta dentro de mí: ¿Y si Dios me estuviera llamando a entregar toda mi vida a la misión?

“Ellos sí, ¿por qué yo no?”

Hubo un momento que marcó especialmente mi discernimiento vocacional. Llegó a mis manos un libro publicado por los Misioneros Combonianos titulado Ellos sí, ¿por qué yo no?

Su lectura tocó profundamente mi corazón.

Mientras avanzaba en sus páginas experimenté de una manera muy especial el amor de Dios y comprendí que Él me invitaba a dar un paso más. Hasta aquel momento colaboraba cada año en las misiones parroquiales durante mis vacaciones, pero comencé a sentir que el Señor no me pedía solamente algunos días o algunas semanas.

Me pedía mi vida entera.

Compartí esta inquietud con un sacerdote que acogió y acompañó mi búsqueda vocacional. Él me orientó para participar en un encuentro de discernimiento llamado “Previda”, donde pude conocer diferentes congregaciones religiosas y sus carismas.

Fue allí donde conocí a las Misioneras Combonianas.

Al descubrir su espiritualidad y su entrega a la misión, comprendí que aquel carisma expresaba lo que durante tantos años había estado creciendo dentro de mí. Allí encontré una respuesta al sueño misionero que Dios había sembrado silenciosamente en mi corazón.


África: una escuela de vida y de misión

El Señor me regaló posteriormente la gracia de servir durante 16 años en África, particularmente en Togo y la República Democrática del Congo.

Fueron años profundamente significativos para mi vida.

África se convirtió para mí en una verdadera escuela de misión. Allí compartí la vida con pueblos, comunidades y familias de quienes aprendí muchísimo. Descubrí otras culturas, otras formas de expresar la fe y también la fuerza de comunidades capaces de mantener viva la esperanza incluso en medio de grandes dificultades.

Más que pensar únicamente en lo que yo podía ofrecer como misionera, comprendí que la misión es también dejarse transformar por las personas que Dios coloca en nuestro camino.

Por todo lo vivido durante aquellos años permaneceré siempre profundamente agradecida. Una parte importante de mi corazón y de mi historia misionera quedó unida para siempre a aquellas comunidades.

Una nueva misión: Perú

Actualmente, el Señor me ha enviado a una nueva tierra de misión: el Perú, donde llevo dos años compartiendo mi vocación.

Resido en Lima, aunque mi servicio me lleva con frecuencia a diferentes regiones del país. Mi misión está centrada especialmente en la animación misionera y vocacional, así como en el acompañamiento de jóvenes que desean descubrir qué quiere Dios para sus vidas.

Visito parroquias, instituciones educativas, comunidades y grupos juveniles. Participo en jornadas, encuentros y diferentes espacios donde tengo la oportunidad de compartir mi experiencia y recordar algo que considero fundamental:

la misión no es solamente para sacerdotes, religiosas o personas que viajan a otros países. La misión es un llamado para todos los bautizados.

Cada niño, joven, adulto, familia o comunidad puede ser misionera allí donde se encuentra.

Ser misionero comienza cuando somos capaces de salir de nosotros mismos, mirar las necesidades del otro, escuchar, acompañar, servir y anunciar con nuestra propia vida que Dios ama profundamente a cada persona.


El sueño que Dios hizo realidad

Hoy me siento profundamente feliz y agradecida por la misión que el Señor me ha confiado.

Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquella adolescente que soñaba con salir a buscar a las personas para escucharlas y acompañarlas, comprendo que Dios ya estaba escribiendo una historia que yo todavía no podía entender.

Él tomó aquel pequeño sueño y lo convirtió en una vocación.

México fue la tierra donde nació el llamado. África me enseñó la riqueza de entregar la vida entre otros pueblos y culturas. Y hoy el Perú continúa siendo el lugar donde Dios me invita a seguir anunciando, acompañando y despertando nuevos corazones misioneros.

Después de tantos años de camino puedo decir que la misión ha sido el sueño que Dios hizo realidad en mi vida.

Y mi oración continúa siendo la misma: permanecer disponible para ir allí donde Él quiera enviarme.

Porque cuando Dios llama, no siempre nos muestra desde el comienzo todo el camino. Nos invita simplemente a confiar, a dar el primer paso y a permitir que Él vaya haciendo realidad, poco a poco, el sueño que sembró en nuestro corazón.

La misión es salir, encontrarse, servir y amar. Es permitir que Dios nos lleve más allá de nuestras propias fronteras para descubrir que, allí donde hay una persona esperando una palabra de esperanza, hay también una tierra de misión.

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