LECTIO DIVINA DOM. XXXI T.O. CICLO C

LECTIO DIVINA DOM. XXXI T.O. CICLO C

1. UN REGALO DE DIOS 

Por Antonio Díaz Tortajada 

1. – Los textos evangélicos de estas varias últimas semanas, tomados todos ellos del original de san Lucas, han venido subrayando la tremenda dificultad de los ricos y poderosos para recibir el ofrecimiento salvador de Dios. Para el Evangelio –recordamos–, la riqueza dificulta de manera extrema la apertura del hombre a sus propias necesidades y a las necesidades de sus prójimos; y con ello incapacita al hombre a la búsqueda y petición de la salud de Dios y al encuentro con la justicia y solidaridad humanas. 

2. – El texto de hoy, tomado igualmente del evangelio de san Lucas, es un grito de esperanza para los ricos. También los ricos pueden ser salvados por Dios, también a ellos les llega la salvación. Un hombre rico se sube a una higuera para ver a Jesús. Es un gran pecador, pues no en vano es «jefe de los publicanos». Zaqueo era rico y, como ocurre frecuentemente, su riqueza tenía orígenes más que turbios. Y, sin embargo, Jesús se hospeda en la morada de Zaqueo, éste se convierte de sus malos caminos y peores trazas y la salvación de Dios entra en su casa. Jesús sabe que allí donde va, lleva consigo su gracia”. Hoy ha sido la salvación de esta casa». Y esto «porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». 

La salvación que es regalo de Dios no es imposible. Pero es una gracia cara. Hay que pagar un precio grande: la conversión del rico. Una conversión real, no meramente verbal. Una conversión eficaz, no meramente sentimental. Una conversión hacia los prójimos y no sólo hacia un Dios lejano que no compromete a cambiar el modo de la existencia humana. Zaqueo se desprende de la mitad de sus bienes y restituye multiplicado por cuatro cuanto ha robado a los demás. Este es el precio de la autenticidad de la conversión y de su aceptación de la salvación de Dios. El texto subraya, sin duda, la misericordia de Dios que, en Jesús, sale al encuentro del más pecador, cual es el rico; pero destaca, al mismo tiempo, las tremendas exigencias de la conversión. Es un grito de esperanza y un clamor de exigencias. No vale fijar los ojos en lo primero y apartar la mirada de lo segundo… 

3. – Habrá que advertir que, en el Evangelio de san Lucas, la riqueza que Cristo condena no es únicamente la riqueza de los billetes de banco, las cuentas corrientes y las propiedades inmuebles. Para el Evangelio, la riqueza de estos bienes, enfatizada como dios, es representación de todos los otros ídolos ante los cuales declinamos de nuestra libertad y de nuestra solidaridad. La conversión es posible para todo adorador de los ídolos del orgullo, del éxito, de la rutina y pereza, de la carne y el placer; pero el precio que se reclama es la conversión al Señor de la vida, siempre dispuesto al perdón, ciertamente, pero siempre, exigente en la defensa y promoción del bien de la comunidad humana y de la verdadera realización de cada cual. 

4. – Esta reflexión traspasa todo el hermoso texto del libro de la Sabiduría, que la liturgia nos trae hoy para nuestra meditación. Dios está muy lejos de las riquezas injustas, originadas en la injusticia y promotoras de nuevas injusticias; pero Dios no es despreciador de la vida. Todo lo contrario. Si fustiga los ídolos del poder y de la riqueza es porque los ídolos matan la vida de los hombres y Dios es amador de la vida. «Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho…» «En todas las cosas está tu soplo incorruptible.» Para el creyente toda la realidad es buena y objeto de su amor y de su gozo. 

Todos los hombres tienen derecho a amar la vida; el creyente tiene, además, la obligación. Porque al afirmar que todo proviene de Dios creador, el creyente está afirmando la bondad original de todo lo existente. Por eso, el apóstol reclamará de los creyentes que la espera en el advenimiento de Cristo no se les convierta en excusa para huir de los compromisos de la existencia terrena, a comenzar por el compromiso del trabajo. Al creyente se le exige que ame y goce la vida, pero sin atentar en modo alguno contra la vida y la alegría de la vida de todos los demás. 


2. – JESÚS CREYÓ EN ZAQUEO 

Por José Maria Maruri, SJ 

1. – Este Evangelio es la historia del encuentro de dos hombres que se buscan a través de una muchedumbre que los separa. Una muchedumbre que impide el paso de Jesús por pura curiosidad de conocerle. Una muchedumbre que hace tiempo que ha colgado a la espalda de Zaqueo una etiqueta ya inconmovible de hombre odioso, ladrón, mal israelita, pecador, paria de la sociedad humana y divina. Una muchedumbre que ya ha acorralado a Zaqueo, que, en medio de su poder, se siente aislado. Y tal vez por esa su soledad en sus riquezas es por lo que busca a Jesús. 

2. – Aquí hay tres miradas, tres modos de mirar y ver. Zaqueo no puede ver a Jesús y quiere verlo. No es pura curiosidad la que le hace hacer el ridículo ante sus conciudadanos subiéndose a un árbol siendo rico y teniendo autoridad. Quiere ver, como el ciego que grita: “Señor que vea. Como el leproso: “si quieres puedes limpiarme. Desde su acorralamiento social por culpa de su profesión y sus riquezas quiere ver a ese hombre que la multitud le impide ver. 

Jesús también quiere ver a Zaqueo y por eso levanta sus ojos y le mira. Al fin Jesús ha encontrado al hombre que la multitud le impedía ver. Jesús no se fía de las etiquetas que le han puesto a Zaqueo. La mirada de Jesús atraviesa aquella corteza de odiosidad y pecado y llega a aquel corazón acorralado y encuentra otra persona. Encuentra a ese Zaqueo aún por descubrir. Es la misma mirada que descubrió al verdadero Pedro en medio de sus negaciones. La misma mirada que amó al joven rico y pudo convertirlo en discípulo si él hubiera querido. Jesús creyó en Zaqueo. 

Y la multitud también tiene su mirada y al ver que Jesús se invita a comer a la casa del pecador echa sobre el mismo Jesús todo el veneno que tiene acumulado contra Zaqueo. Y esa mirada convierte a Jesús en pecador y amigo de pecadores. La multitud ni cree en Zaqueo ni en Jesús. Y Zaqueo al sentir que Jesús cree en él, se convierte a Jesús y a la multitud. La fe que Jesús ha puesto en él le hace descubrir en aquella multitud anónima a hermanos a los que él ha engañado, hermanos a los que ha robado y traicionado. Y alentado por la fe de un Jesús que por él es tenido por y amigo de pecadores toma su decisión de dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces lo que haya defraudado a aquellos hermanos de la multitud. Zaqueo cree en Jesús porque primero Jesús creyó en él. 

3. – Esta es también nuestra historia, sea cual sea la vida que llevemos. Sea lo que sea lo que nos acorrala y nos hace desesperar de empezar una nueva vida. Jesús cree en cada uno de nosotros. Jesús ve en lo hondo de nuestro corazón un nuevo yo que pueden salir a flote de lo más profundo de nuestra miseria y pecado. A pesar de todo Jesús sigue siempre creyendo y esperando en mí. Cuando todos han dejado de creer en mí, todavía Jesús sigue creyendo en mí. Para él nunca soy un ser perdido. Dios haga que cada uno sintamos esa mirada confiada de Jesús y nazca en nosotros una fe ciega en él y abramos los ojos a esos hermanos a los con nuestra vida hemos decepcionado. 


4.- SUBE Y BAJA DEL ÁRBOL, Y VERÁS 

Por Javier Leoz 

1.- Constantemente y desde diversas instancias se nos invita a subir cuanto más arriba mejor. Como si desde la altura se asegurarse la claridad de los horizontes o la certeza de miras. 

-Sube en tu status profesional y ganarás más 

-Sube en prestigio y lograrás ser influyente 

-Sube en conocimientos y tendrás el poder 

Son, entre otros muchos, los grados que hay que alcanzar en el árbol del mundo para vivir según los cánones del mundo: cuanto más subas mejor estarás y mejor vivirás 

Pero Jesús nos dice lo contrario; ¡baja! Si quieres verme baja de tus seguridades y de tu “estar en la higuera”. 

Zaqueo, tal vez muy al contrario que muchos de nosotros, quería ver a Jesús. Tenía todo pero le faltaba el cariño de la gente, la paz del corazón y el conocer cara a cara a Cristo. Poco o nada le debió costar el dar un brinco del sicómoro y presentarse como lo que era, como un pecador, ante aquel personaje del que tantas cosas había oído pero que, por su pobre vida, tan lejos estaba de lo que Jesús predicaba y exigía a sus amigos. 

2. Han pasado muchos siglos desde aquel suceso. Lo que no ha caducado es la misericordia ni la iniciativa de Dios que, un día y otro, sale a nuestro encuentro para que demos un salto de tantos árboles que el mundo pone delante de nosotros y que, lejos de permitir una visión más nítida de Dios, su frondosidad nos ciega y nos distancia del camino de la fe. 

2.- ¡Baja de ahí! Estamos en un momento delicado en el cristianismo de occidente. Necesitamos despertar y hacer despertar de nuevo el interés por Jesucristo. 

-Hay muchos cristianos que viven como si nunca hubieran tenido un encuentro personal con Jesús: son los cristianos que viven en el árbol de la indiferencia 

-Existen otros tantos cristianos que iniciaron un despegue en la fe pero las dificultades los enfrió: son aquellos que viven enzarzados en el árbol de la eterna duda 

-Viven otros cristianos pero que se sienten muy seguros de sí mismos, conocedores de todo y endiosados por sí mismos: son aquellos otros que se sienten salvados en el árbol del “yo hago todo bien y no me hace falta misa, evangelio, ni iglesia” 

3. Serían insuficientes todas las especies de la botánica para señalar lo que nos distancia del camino recto que desea y quiere para nosotros Jesús y el mismo Dios. Es bueno, de vez en cuando, que alguna sacudida que otra nos lance al suelo de nuestras falsas seguridades para que entendamos que como mejor se vive es con los pies en la tierra y que a Dios, como mejor se le ve, es bajando de tantos árboles que nos hacen creernos dueños y señores de todo lo que somos, pensamos, sentimos y trabajamos. 

Eso sí, hay árboles sagrados desde los cuales podemos contemplar y vivir muy bien y con abundancia de fruto en la presencia del Señor: 

-el árbol de la eucaristía nos permite contemplar la entrega de Jesús 

-el árbol de la oración nos hace tener visión personal de Dios 

-el árbol de la caridad nos abre los ojos ante la realidad sufriente que nos rodea 

-el árbol de los sacramentos nos despierta los sentidos para gustar las cosas de Dios 

-el árbol de la iglesia desde donde vemos la grandeza de ser y de vivir como familia e hijos de Dios, etc. 

4.- Os leo esta sugerente oración: 

Jesús, Zaqueo quería distinguirte, verte,
pero la gente se lo impedía.
¿Sabes, Jesús?,
eso mismo me pasa a mi muchas veces:
la gente me impide verte.
No sé verte, conocerte, entre la multitud
de los que me ofrecen otras cosas…
Entre tanto jaleo en el que vivo metido,
no hay medio de verte…
Jesús, me cuesta mucho… me tapan,
no te veo…
Claro, Jesús, me tendría
que subir, marchar corriendo como Zaqueo,
escapar de todas esas cosas de ahí abajo
que me impiden verte.
Abajo, a ras de tierra, no se ve nada.
Jesús, quiero subir, para poder verte.
Subir al árbol de la oración diaria
donde se te ve,
subir al árbol de tu Palabra, donde se te oye,
subir al árbol de tus Sacramentos, donde
se te percibe y regalas el banquete de tu gracia,
subir al árbol del silencio donde se te siente…
Entre esta multitud de cosas
que no me dejan pasar, no te veo, no te distingo…
Tengo que subir, subir… y también bajar para poder verte.
Amén.
 


4.- HOY TENGO QUE ALOJARME EN TU CASA 

Por José María Martín OSA 

1.- Otra vez un publicano, en este caso con un nombre concreto, Zaqueo. Ahora no se trata de una parábola, sino de un personaje real que busca encontrarse con alguien que llene su vacío existencial. Ha oído hablar de Jesús, quiere verle en persona y no vacila en subirse a un sicómoro o higuera porque era bajo de estatura. Podemos suponer el ridículo que supondría para un personaje público el subirse a un árbol. Los publicanos se habían enriquecido a costa del pueblo oprimido por los impuestos romanos, de los cuales eran recaudadores. A los ojos del pueblo eran ladrones y al mismo tiempo traidores. Sin duda, eran personajes odiados por todos, pecadores públicos. La gente le impedía ver a Jesús, en venganza por la injusticia en la que Zaqueo colaboraba. El subirse a lo alto de una higuera refleja el primer proceso de la conversión, es similar al «se puso en camino» del hijo pródigo. Para salir del fango hay que querer salir y hacer algo, sea dar un paso o subirse a un árbol. 

2.- Me imagino lo que pudo impresionar a Zaqueo la mirada de Jesús. Le miró con cariño, como un padre o una madre miran a su hijo rebelde. Así es Dios con nosotros, clemente, misericordioso, rico en piedad, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas (Salmo 144). Dios reprende con amor, poco a poco, dando a cada uno su tiempo para que se corrija y vuelva al buen camino. Porque, como dice la lectura del Libro de la Sabiduría, Dios es «amigo de la vida» y «a todos perdona porque son suyos». ¡Cuánto bien haría la mirada de Jesús en Zaqueo! Se sintió por primera vez en su vida amado de verdad. Y no sólo eso, Jesús le pide hospedarse en su casa. Zaqueo se sintió honrado, pero los «perfectos» criticaban que quisiera hospedarse en casa de un pecador. San Agustín comenta este detalle diciendo que «el Señor, que había recibido a Zaqueo en su corazón se dignó ser recibido en casa de él. 

3. – ¿Qué pasó en el corazón de Zaqueo para que se produjera en él un cambio tan radical que estuviera dispuesto a dar la mitad de sus bienes a los necesitados? Pues, simplemente que le inundó el amor misericordioso de Jesús. Todos podemos reorientar nuestra vida. Quizá necesitamos un toque de atención, la cercanía de una mano amiga, un impacto especial o una experiencia trascendente. 

Algo así le pasó a Elena, una joven que contó su experiencia en el curso de preparación al matrimonio al que estaba asistiendo. A las cinco de la madrugada de un sábado cualquiera, después de unas cuantas copas, le expresó el vacío en que se encontraba a una amiga que, pacientemente, estaba a su lado. Su amiga le metió en el bolsillo un papel con un teléfono. Pasaron varios días y por casualidad se encontró con ese papel arrugado y pasado por la lavadora. Llamó al número que allí estaba escrito sin saber de quién era. Se llevó una sorpresa al comprobar que quien le respondía era una monja, una Misionera de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Elena le contó que disponía de algún tiempo libre, la religiosa le dijo que se pasara por su casa, que algo podría hacer. Y desde entonces se embarcó en la empresa que cambió su vida, dedicando varias horas a la semana al acompañamiento en pisos de acogida a gente de la calle. Allí conoció a Andrés, su futuro marido. Los dos lo tienen claro: cuando se casen continuarán colaborando juntos con las hermanas y fijarán una cantidad de dinero mensual para compartirlo con los necesitados. Es cuestión de organizarse.  Hay muchos Zaqueos por el mundo. Tú puedes ser uno de ellos, sólo hace falta que le pidas a Jesús que te diga a ti también: «Hoy tengo que alojarme en tu casa». 


5. – ARRIESGARSE POR LOS PECADORES 

Por Ángel Gómez Escorial 

1. – Jesús es el ejemplo deseado para todos nosotros. Lo decimos y lo repetimos continuamente. Pero, ¿es cierto? Somos capaces de llegar, incluso de lejos, hasta donde Él llega para, por ejemplo, salvar un pecador. Cuando Jesús de Nazaret decide ante toda la población de Jericó irse a hospedarse a casa de un pecador la gente le mira mal y murmura. ¿Iríamos nosotros a ese sitio sucio o de mala fama para ayudar a alguien? Pues, lo más probable es que no lo hiciéramos. Y no porque no tuviéramos ganas de ayudar a esa persona que vive en ese ambiente tan mal visto. No lo haríamos porque tememos, sobre todo, la crítica de la sociedad. Defendemos nuestro buen nombre. E importa más la fama que la salvación de un hermano. 

Zaqueo era en Jericó un ser odiado. Era jefe de recaudadores de impuestos. Personas puestas al servicio de los invasores romanos y que además explotaban a la gente que no podía pagar sus impuestos, quedándose con sus haciendas. Era poderoso. Pero, era físicamente muy poco agradable. Y tan bajito, tan bajito que para poder ver a Jesús, rodeado de la multitud, tuvo que subirse a un árbol. Y la decisión de encaramarse a la higuera –no muy fácil, propia de un niño e impropia de un hombre poderoso— es lo que le salvó para toda la Eternidad. La mirada de Jesús le convirtió desde el primer momento. Y además el Maestro, ante toda la multitud, se autoinvitó a residir en la casa de Zaqueo. Y esto se parece al arrojo de aquel que abandona las 99 ovejas para buscar una perdida. ¿No hubiera sido mejor que pensara en la seguridad de las otras 99? No, claro; que no. Y es igual para nosotros tenemos una responsabilidad grave si no hacemos todo lo que está en nuestra mano para ayudar en la conversión de un pecador. Incluso, para ello hemos de asumir esfuerzo y riesgos. Además, sabemos que el Señor estará con nosotros cuando lleguen esos peligros y nos ayudará en nuestro cansancio. 

2. – Tal esfuerzo es nuestra vocación y a ello se refiere san Pablo en su Carta a los Tesalonicenses. Confirmar nuestra vocación no es otra cosa que actuar coherentemente con lo que Cristo Jesús nos ha enseñado. La condición de cristiano no es sólo acudir al templo una –o muchas, da igual—vez por semana. Esta vocación es servir a los demás, vestirlos, alimentarlos, si lo necesitan; consolarlos si es necesario y, por supuesto, ayudarles a entender el camino del Reino de Dios que el Señor Jesús nos muestra. Pablo, además, aconseja a los hermanos de Tesalónica que no crean en fantasías y cuentos esotéricos. No está mal el consejo, el cual también es útil para nosotros, hoy. Y es que muchos de los hoy nos acompañan dan importancia a adivinaciones y horóscopos. Y ya se sabe esa anécdota muy repetida –y verdadera—por muchos periodistas: que cuando el trabajo del colaborador que hace los horóscopos no llegan, los escriben los propios periodistas. Naturalmente, sin saber y como una broma. 

3. – “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido?” Estas palabras del Libro de la Sabiduría son importantes. Y es que si Dios nos ha creado es porque nos amaba antes de ser algo y por eso el mal, el sufrimiento, el dolor y la misma muerte –como diría también Pablo—no viene de Él. Es producto de nuestro pecado y de la maldad que reside en el interior del hombre como secuela del pecado original. Y esa tendencia al mal es lo que explota el Maligno, nuestro enemigo. A veces –y en estos tiempos—cuesta trabajo escribir tales juicios. Pero son así. El Mal esta cerca de nosotros y nos engaña. 

En fin; Jesús busca a Zaqueo. Y todos nosotros también. Pero hemos de correr delante de la multitud, sin importarnos lo que digan de nosotros o del propio Jesús para reunirnos con Él y abandonar el camino equivocado. Y es que en definitiva vivimos tiempos duros y difíciles. Y no son dichos tiempos para falsas vergüenzas. 

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