lectio divina dom xxx T O Ciclo C

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1.- LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS 

Por Antonio Díaz Tortajada 

1. En esta jornada en que la Iglesia celebra el Domingo Mundial de la Propagación de la fe (DOMUND) en el 78 aniversario –son ya casi ochenta años– de su creación por el Papa Pío XI, todos somos invitados a reflexionar sobre la naturaleza misionera de la Iglesia y a actuar en nuestra responsabilidad como miembros de la misma. Puede que nos veamos limitados y faltos de fuerza: El mundo se opone al mensaje y persona de Jesucristo, parece que domina el mal, el pesimismo, el estancamiento… Pero tengamos en cuenta –especialmente hoy—que el Evangelio no exige de cada creyente sólo y exclusivamente una justicia personal; no es solo una urgente y apremiante invitación a ser hombres según el designio de Dios en la esfera individual; no es sólo una llamada a huir de la injusticia que puedan patrocinar los demás y a mantener limpias nuestras manos. Es esto, sin duda; pero no sólo esto. Además de llamarnos a la justicia según Dios, se nos provoca y estimula a crear la justicia en nuestro alrededor, a denunciar los atropellos que hombres y estructuras perpetren contra los más desheredados, a salir en defensa de los derechos humanos y a promover su más amplio y mejor reconocimiento. Entre las exigencias derivadas del mensaje de Jesús de Nazaret figura esta de comprometer a los creyentes en la lucha por la afirmación práctica y eficaz de los derechos del hombre. La defensa de los derechos humanos es una exigencia del Evangelio y parte central del ministerio de la Iglesia. Este mensaje nos lo ha recodado muchas veces la Iglesia en los últimos años. 

Esta responsabilidad de la defensa de los derechos humanos no es –como algunos pretenderían sin fundamento, y con demasía de intereses personales– algo marginal, opcional o simple derivado o subproducto del ministerio que la Iglesia ha de cumplir entre los hombres. Constituye «parte central» del mismo. Cualquier negligencia al respecto o timidez sobre este importantísimo cometido entrañaría un rebajamiento inadmisible del papel que la Iglesia ha de representar, por voluntad de Dios, en la historia de los hombres. He aquí un nuevo «test» sobre nuestra autenticidad de creyentes. Lo somos o lo seremos en la medida en que nos comprometamos con sinceridad en la defensa de los derechos que el pensamiento moderno reconoce como propios de la dignidad humana. 

2. Y es que el creyente, el verdadero creyente, comprende que no es posible estar de la parte de Dios y, simultáneamente, permanecer pasivo ante las violencias que padecen los hijos de Dios. El creyente sabe que, más allá de las solemnes y meras declaraciones de derechos humanos, se encuentra Dios como fundamento y posibilidad última de tales derechos y como fuente originaria de la dignidad del hombre. El creyente sabe que su misión en el tiempo consiste en abundar en logros de justicia y de fraternidad, en remodelar la existencia humana, individual y social, según el plan divino, a fin de que sea posible la hora de la salvación. 

3. El texto del libro del Eclesiástico, que la liturgia dominical nos ofrece hoy, es muy elocuente a este propósito. «El Señor es un Dios justo. Escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; los gritos del padre atraviesan las nubes…» No es posible «estar de parte» de un Dios que se declara defensor de los oprimidos y bailar el agua, al mismo tiempo y aunque no sea sino con nuestra pasividad, al que actúa como opresor. Por aquí discurre también la enseñanza de la página del evangelio de san Lucas. ¿Qué cabe censurar al fariseo que se tiene por justo y que desprecia a los pecadores? No hay en su vida robos, ni injusticias, ni adulterios. No hay menosprecio de la ley por pequeño que sea su mandato. 

No hay morosidad ni puño cerrado a la hora de cumplir con los diezmos. Y, sin embargo, su biografía, por mucho que parezca encarnar la justicia, está aún muy lejos de realizarla según el designio de Dios. La sociedad, los otros, los demás, la suerte de sus prójimos no entran para nada en su vida, salvo para marginarlos y despreciarlos. Hay aquí un pecado de autosatisfacción, ciertamente; pero hay, antes que nada, una falta grave de solidaridad, y la justicia de Dios, más allá de los derechos, exige una rotunda afirmación de interés solidario para con todos los componentes de la familia humana. 

5. En la carta de san Pablo a Timoteo hay una hermosa definición de lo que es un creyente. Para el apóstol, creyente es todo aquel que «tiene amor a su venida», a la venida última y definitiva del Señor cuando la historia haya discurrido todas las etapas de justicia y fraternidad que el proyecto de Dios tiene previstas. Amar la venida del Señor es desearla eficazmente y, por ella, concurrir a la transformación de la tierra según la reconciliación universal que el Evangelio proclama y que, por descontado, comienza por la afirmación y defensa de los derechos humanos. De ahí que el mensaje eclesial de defender los derechos humanos lo proponga como objetivo de su responsabilidad que surge del Evangelio y como parte esencial de su servicio que la Iglesia ha de prestar al mundo. 


2. – LOS “SANTOS FARISEOS” 

Por José María Maruri, SJ 

1. – ¿Sabéis lo malo de este fariseo? Pues que todo lo hacía bien y lo sabía, porque no esta mintiendo cuando dice que no es ni ladrón, ni injusto ni adultero. Es la verdad. Como es verdad que ayuna y paga el diezmo de todo, cuando no estaba obligado a tanto. 

Se sabía santo y se sentía santamente orgulloso, si a orgullo se le pueden anteponer “santamente”. Por eso su actitud ante Dios, el Santo de los Santos es de Tú a Tú. Lo que debería haber sido una oración de alabanza Dios por su bondad y grandeza se convierte en una oración de alabanza a si mismo. 

La oración de este “santo varón” acaba siendo una oración atea o si queréis idolatra, porque la alabanza debida a Dios se la da al hombre, a si mismo. Este hombre está tan lleno de sus buenas obras, que en su corazón, embutido de buenas obras, ya no hay sitio para Dios y naturalmente mucho menos para otros hombres que no pertenecen a su “raza” 

2. – ¿Y sabéis lo bueno del publicano? Que era malo y sabía que lo era. Era recaudador de impuestos. Lo cual les daba ocasión para ser usureros, prestamistas de mala calaña, que además se escudaban en el poder del invasor romano. 

Y este publicano sabía todas las trampas que había hecho, todo el dinero que había extorsionado, la mucha gente a la que había hecho sudar lágrimas de sangre. Lo sabía y se avergonzaba. No se atrevía a levantar los ojos a Dios. Su mano no señalaba con el dedo a nadie. Se dirigía a su propio pecho, que golpeaba con dolor. Su corazón estaba tan vacío de buenas obras, que allí pudo entrar Dios sin dificultad. 

3. – Seguramente que no pocos de vosotros habréis caído en la cuenta que san Pablo, precisamente en la lectura de hoy unas con bastante habilidad el botafumeiro (*) hacia si mismo: “he combatido un buen combate, he corrido hasta la meta, he guardado la fe”. La diferencia de este Pablo con el fariseo es que Pablo al fin lo atribuye a Dios que le ayudó y le dio fuerzas. Personalmente, os confieso que cuando Pablo habla de si mismo no me gusta nada. 

4. – ¿Cómo hemos entendido nosotros esta parábola? No muy bien. Todavía vosotros y yo dividimos a los católicos en practicantes y no practicantes y estos son los malos y aquellos los buenos. 

Entre los grupos eclesiales los hay que invitan a unirse a ellos “porque poseen la verdad”, lo que implica la ignorancia religiosa de los demás. Los hay que se muestran inseparables amigos mientras tratan de conseguir un nuevo miembro. Y cuando al fin no lo consiguen no tiene empacho en negarle su amistad, dándolo por perdido para la eternidad. En nombre de la santidad de nuestra doctrina cuantas barbaridades se han cometido a lo largo de la historia. 

La pertenencia a una Iglesia Santa no debe convertirnos a los que pertenecemos a Ella en “santos fariseos” mejores que los demás hombres. Más bien los miembros de esa Iglesia Santa deben ser los publicanos que conocen sus pecados y su debilidad y no tienen ni tiempo ni manos para señalar con desprecio a los demás. 

No nos olvidemos de que en realidad ante Dios todos somos insolventes, y que no hay santos en realidad sino amados de Dios. 

(*) Botafumeiro es el incensario gigante de la Catedral de Santiago de Compostela, en Galicia, España, que es donde reposan los restos del Apóstol Santiago. Usar el botafumeiro es hacer muchos elogios de uno mismo o de otros


3.- ESTAR CERCA O ESTAR LEJOS DE DIOS 

Por José María Martín OSA 

1.- Dos personajes, dos actitudes, dos formas de entender la relación con Dios. El fariseo se creía santo, por eso se sentía «separado» de otro, el publicano. El afán de piedad y de santidad llevó a muchos a separarse de los demás, eran los «parushim» –en hebreo significa separado–. Cifraban la santidad en el cumplimiento de la ley tal como prescribía el Levítico. Ponían todo su empeño en la recitación diaria de oraciones, ayunos y la práctica de la caridad. Se sentían satisfechos por lo que eran y por lo que les diferenciaba de los demás. Estaban convencidos de que así obtenían el favor de Dios. Sin embargo, aquél que se creía cerca de Dios, en realidad estaba lejos. ¿Por qué? Porque le faltaba lo más esencial: el amor. Así lo reconoció después Pablo, que fue fariseo antes de su encuentro con Cristo: «si no tengo amor, no soy nada». Aunque alguien repartiera en limosna todo lo que tiene y hasta se dejara quemar vivo, si le falta el amor, no vale de nada. El fariseo dice «Te doy gracias». San Agustín se pregunta dónde está su pecado y obtiene la respuesta: «en su soberbia, en que despreciaba a los demás» 

2.- El otro, el publicano, era un recaudador de impuestos odiado por todos. Se quedó atrás, no se atrevía a entrar. Pero Dios no estaba lejos de él, sino cerca. No da gracias, sino que pide perdón. No se atrevía a levantar los ojos a Dios, porque se miraba a sí mismo y reconocía su miseria, pero confía en la misericordia de Dios. Una vez más Dios está en la miseria del hombre, para levantarle de la misma. El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. No puede curarse quien no es capaz de descubrir sus heridas. El publicano se examinaba a sí mismo y descubría su enfermedad. Quiere curarse, por eso acude al único médico que puede vendarle y curarle tras aplicarle el medicamento: su gracia sanadora. 

3.- No se trata aquí de caer en el maniqueísmo: hombre malo, hombre bueno. El fariseo era pecador y no lo reconocía, el publicano también era pecador, pero lo reconocía y quería cambiar. El fariseo se siente ya contento con lo que hace, se siente salvado con cumplir, pero esto no es suficiente. En el Salmo proclamamos que Dios está cerca de los atribulados. En realidad está cerca de todos, pero sólo puede entrar en aquellos que le invocan, porque El escucha siempre al afligido. Este es justificado y el fariseo no. Pablo en la carta a los Romanos emplea el mismo término «justificación» -en hebreo dikaiow». Justificar es declarar justo a alguien y sólo Dios puede hacerlo, no uno mismo. No es un mérito que se pueda exigir, sino un don gratuito de Dios. 

La conclusión de la parábola es bien clara: «el que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido». 

4.- Examinemos nuestro comportamiento como cristianos. ¿No somos muchas veces como el fariseo creyéndonos en la exclusiva de la salvación porque «cumplimos» nuestros deberes religiosos? Incluso despreciamos a los demás o les tachamos de herejes o depravados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Sólo Dios puede justificar. Además la fe cristiana no consiste sólo en un cumplimiento de devociones, sino en encontrarnos con Jesucristo resucitado y dejar que su amor vivificante transforme nuestra vida. Entonces nos daremos cuenta de que hay amor en nuestra vida. 


4.- EL ORGULLOSO CON SU “YO” Y EL HUMILDE CON DIOS 

Por Javier Leoz 

1.- Todos necesitamos de todos y vivimos de todos, aunque estemos inflados de orgullo y vanidad. 

–Unas veces somos tan “farisaicos” que nos cuesta muy poco y casi nada traspasar los límites y ajustar cuentas con el mismo Dios sin percatarnos que todo nos viene de El. 

–En otras ocasiones sale a relucir la humildad que llevamos dentro y optamos por ponernos al final del templo sacando de la maleta los más viejos y negativos recuerdos sin reflexionar que Dios hace tiempo que los olvidó. 

–Aunque, ciertamente, hay otros tantos hermanos nuestros que se sitúan tan al fondo de la iglesia que parecen estar (más que ante Dios) jugando al escondite con el Espíritu Santo o, simplemente, cumpliendo para luego marchar cuanto antes para continuar viviendo sin más trascendencia. 

2. Uno y otro, el orgulloso del humilde, se distinguen por algo en esta parábola que nos presenta Jesús: el primero hablaba desde la arrogancia y el segundo, en cambio, desde el corazón. 

Lo mismo, en una dirección u otra, nos podemos reflejar también nosotros: 

*Si vivimos nuestra fe como un simple código de normas… somos fariseo 

*Si nos sentimos sostenidos por la mano de Dios… somos publicano 

*Si sacamos las medallas al mérito… somos fariseo 

*Si buscamos en el trasfondo de todo lo que hemos realizado a Dios….somos publicano 

*Si nos sentimos los mejores y los auténticos… somos fariseo 

*Si intentamos vivir y pensar en Dios sin comparaciones… somos publicano 

3.- En cuántas ocasiones acudimos a la iglesia intentando buscar a Dios y, sin darnos cuenta, ponemos un espejo delante de nosotros para autocomplacernos con la caridad que hicimos o con el ramillete de oraciones contabilizadas en el disco duro de nuestra memoria. 

Dios, en cambio, saborea y disfruta con la naturalidad y espontaneidad de sus hijos. Sabe, mucho antes de que nos instalemos en su presencia, con que disfraces venimos y con qué traje deseamos salir de nuevo a la vida. Dios, que tiene de ingenio todo, va al fondo del corazón. Y en el corazón es donde El disfruta y goza con nosotros. En el corazón del creyente no existen las cuentas pendientes ni los reproches. En el corazón humilde es donde hemos de aprender a buscar y guardar la voz de un Dios que valora y potencia la humildad como una gran autopista para ir más deprisa a su encuentro. 

3.- Pidamos a Dios que ese “yo” que se siente seguro de sí mismo, que se cree mejor que todo el mundo, más perfecto en todo, más rico, más inteligente, más experto en la vida, etc., sea disuelto por la inquietud de ser auténticos seguidores de Cristo. 

También yo (aquí y ahora en el gran templo que es mi vida), en multitud de situaciones, puedo correr el riesgo de caer en la misma actitud farisaica: 

-Cuando me considero el mejor vecino o el inigualable amigo 

-Cuando pienso que nadie desarrolla el trabajo como yo 

-Cuando descalifico a los demás creyéndome el poseedor de toda verdad 

-Cuando voy perdonando la vida a los que no caminan al mismo ritmo que yo o la suerte no les ha sonreído como a mí 

-Cuando me considero más formado en las letras, en la ciencia o en la fe y sin derecho a réplica 

4.- Estamos en el año dedicado a la eucaristía. Tal vez, una forma práctica de llevar a cabo el evangelio de hoy, sea el ocupar los primeros bancos de la iglesia no para relatar a Dios nuestros éxitos pero sí para que seamos cada día más sensibles al gran valor que tiene estar cerca del altar y del lugar desde donde El habla. Al fin y al cabo, la humildad se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta. 


5. – EL SEÑOR NOS QUITA LA ANGUSTIA 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- Habéis contemplado la iglesia al entrar decorada con los carteles del DOMUND. Es una obra pontificia a punto de cumplir ochenta años, solo le faltan dos, y al ser pontificia pues se celebra en todo el mundo. El Domingo Mundial de la Propagación de la Fe –de ahí viene la palabra DOMUND—es un toque de atención para pensar en hermanos muy lejanos que no conocen a Cristo y, sobre todo, en aquellos hombres y mujeres que muy alejados de sus casas intentan trabajar en la mejora personal de muchas personas de lugares remotos. Jesucristo quería el bien de todos y el bien de todos es ese desarrollo personal que hace a la gente más feliz. Nuestros misioneros y misioneras no solo enseñan el rostro de Jesús, ayudan a que, en general, gente muy pobre mejore sus vidas. Este año el slogan del DOMUND responde a la siguiente frase: “Es la hora de tu compromiso misionero”. Es bastante clara y tajante. Pues eso. Llegamos –hoy y siempre—a un compromiso solidario con nuestros hermanos que trabajan por la paz y la felicidad de muchas personas. 

2. – Y si hablamos de conversión quiero referirme al Salmo 33. «Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias». Este verso del Salmo 33 resume aspectos de la conversión de muchos. Tenemos testimonios al respecto. Dios suele responder a los gritos angustiados de sus hijos y ya el salmista hace casi 5.000 años vio el resultado de la acción divina. Es una muestra más de la ternura del Señor que se comunica con sus hijos y les responde. El hilo argumental de las lecturas en este Domingo Treinta del Tiempo Ordinario es la petición del pecador y la respuesta salvífica de Dios. El Señor escucha. Pero, además, la perseverancia humilde de los pecadores mueve a Dios a la ayuda generosa y constante. El libro del Eclesiástico habla de la oración constante del débil, del marginado, del pobre, del oprimido, del huérfano y de la viuda. Es obvio que este texto se parece mucho al Salmo 33 y responde a ese conocimiento pleno del pueblo judío –ocultado después por la dictadura farisaica– de Dios como Padre lleno de ternura, que no olvida a sus hijos y que los cura sus angustias. 

2.- La parábola del fariseo y del publicano, narrada por San Lucas, plantea uno de los temas más importantes de la vida religiosa y una característica fundamental del cristianismo. Jesús aprueba la humildad y angustia del publicano, doblado por el peso de sus pecados y reprueba la actitud orgullosa y autocomplaciente del fariseo. Y como en otros muchos aspectos del mensaje de Jesús se plantea una gran paradoja, porque, de hecho, un seguidor optimo de la doctrina puede sentirse satisfecho de su actividad religiosa y utilizar como elemento de autoestima el esfuerzo que «le cuesta ser bueno». Pero ahí aparece el gran peligro porque sin la ayuda permanente de Dios no podemos acometer nuestro camino de bondad. Además, toda persona con gran experiencia en el camino religioso sabe de los cambios internos y de como, en cualquier momento, se «alborota el gallinero» hacia caminos que parecían terminados. 

También, surgen subjetivismos que nos engañan. El Maligno utiliza el engaño como principal arma. Si uno es capaz de considerarse como autor exclusivo de su camino de perfección, desprecia la ayuda de Dios y la solidaridad con los hermanos, está entrando en una senda de pecado. Alguien le está engañando, hasta el mismo. En la vida cotidiana tampoco podemos utilizar esa especie de personalismo exclusivo. ¿No resulta absurdo que un hombre se situara ante el resto y dijera que todo lo que es –y va ser– se lo debe a si mismo? Por un lado estará la intervención de sus padres en la procreación, luego de sus maestros en lo educativo, pero también de sus colaboradores en el trabajo, de sus jefes o de sus empleados. Y, como no, de la propia vida: el transcurso de los días –el paso del tiempo– que es lo que más enseña. Para nosotros los creyentes estará, además, el papel educador y paciente de Dios. Pero, en fin, si la pura pretensión humana de exclusividad en todo lo hecho, resulta más que ridícula, como no lo va a ser en mayor grado esa misma pretensión exclusiva en el terreno de nuestras relaciones con el Señor. Solo podemos acercarnos a Dios con humildad, porque nuestra pequeñez no permite otra cosa. En los momentos posteriores a cometer un pecado surge amargura y desconcierto, pero sobre todo aparece un gran desvalimiento debido a lo ínfimos que somos. Será Dios, quien con su ternura y fortaleza, nos explique las Escrituras y parte para nosotros el Pan. 

3. – San Pablo escribe en la Epístola de hoy su testamento y se lo dirige a Timoteo. Contrasta con la pujanza y fuerza del verbo paulino de otras cartas. Pablo ya es viejo y no espera otra cosa que llegar a la meta. Es, tal vez, más humilde que en otras ocasiones y, por ello, más entrañable. «Pero el Señor me ayudó –dice Pablo– y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.» Pablo a pesar de su fortaleza, no se olvida de la ayuda del Señor. Y es que lo que evitará que entremos en caminos de valoración loca de nuestras posibilidades es no perder en ninguno de los casos la presencia de Dios. Toda la esencia de ser cristiano es vivir en presencia del Señor. Y eso solo se consigue con la oración continuada humilde. No es difícil. Lo dificultoso será, sin embargo, esa estéril soledad de nosotros mismos, enfrentada a la cálida ternura de Dios. 

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