Lectio Divina Dom. IV Cuaresma «C»

Lectio Divina Dom. IV Cuaresma «C»

Meditación del Papa Francisco 

Después está escrito que el Señor es “compasivo” en el sentido que nos concede la gracia, tiene compasión y, en su grandeza, se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender y perdonar. Es como el padre de la parábola del Evangelio de san Lucas: un padre que no se cierra en el resentimiento por el abandono del hijo menor, sino que al contrario continúa esperándolo —lo ha generado— y después corre a su encuentro y lo abraza, no lo deja ni siquiera terminar su confesión —como si le cubriera la boca—, qué grande es el amor y la alegría por haberlo reencontrado; y después va también a llamar al hijo mayor, que está indignado y no quiere hacer fiesta, el hijo que ha permanecido siempre en la casa, pero viviendo como un siervo más que como un hijo, y también sobre él el padre se inclina, lo invita a entrar, busca abrir su corazón al amor, para que ninguno quede excluso de la fiesta de la misericordia. ¡La misericordia es una fiesta! 

De este Dios misericordioso se dice también que es “lento a la ira”, literalmente, “largo en su respiración”, es decir, con la respiración amplia de paciencia y de la capacidad de soportar. Dios sabe esperar, sus tiempos no son aquellos impacientes de los hombres; Él es como un sabio agricultor que sabe esperar, deja tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña.  (Homilía de S.S. Francisco, 13 de enero de 2016). 

1.- LA MISERICORDIA SE RÍE DEL JUICIO 

Por Gabriel González del Estal 

1. – Se le echó al cuello y se puso a besarlo. La conducta del Padre misericordioso para con el hijo pródigo, que había derrochado su fortuna viviendo perdidamente, podemos calificarla, desde nuestras opiniones humanas, como una conducta excesivamente misericordiosa. Juzgando las cosas según nuestros juicios humanos, la conducta que el hijo pródigo había tenido con su padre no merecía que éste le recibiera con tantas muestras de amor como le recibió. Y sin ningún reproche de por medio. Podríamos decir muy bien, hablando humanamente, que el padre se pasó un poco. Pero así era Cristo y así actuaba. Acogía a los pecadores y comía con ellos, perdonaba a la prostituta que, según la ley, merecía ser apedreada, y perdonaba todos los pecados al buen ladrón sólo por un gesto de bondad que había tenido en el último momento, cuando agonizaba en la cruz. Cristo, evidentemente, también era así excesivamente misericordioso en sus relaciones con pecadores, pobres, enfermos y marginados. ¿Por qué Cristo era así? Porque su Padre era así. Él conocía bien a su Padre y, por eso, cuando los fariseos y escribas se pusieron a murmurar contra él, les puso esta parábola del padre misericordioso. Un padre que no actuaba según los patrones humanos, que no establecía una relación proporcional entre culpa y perdón, que perdonaba según patrones divinos. Según nuestros pobres juicios humanos, el hijo pródigo no se merecía tanto perdón y tanto agasajo, tanta lágrima y tanto beso. Pero es que el corazón de Dios ama de manera muy distinta, infinitamente superior, a la manera de amar de nuestros pobres corazones humanos. La misericordia nunca es excesiva para Dios, la misericordia de Dios rompe los límites de nuestra misericordia humana, la misericordia de Dios se ríe de humanos juicios. 

2.- El hijo mayor se indignó y se negaba a entrar en casa. También aquí podemos decir que el hijo mayor tenía su parte de razón. Probablemente, la mayor parte de nosotros hubiéramos actuado como él. Un hijo que se porta siempre bien con el padre, que vive continuamente preocupado por la marcha de la hacienda, que nunca pide nada especial por su trabajo, es natural que se extrañe cuando, de regreso del campo, oye música y jolgorio, y huele el asado del mejor ternero cebado. Y, si encima le dicen que todo se debe a que ha vuelto el hermano menor, después de haber dilapidado toda la hacienda que el padre tan generosamente le había dado, pues es bastante comprensible que el serio y responsable hijo mayor se indigne y se niegue a entrar. Desde un punto de vista de estricta justicia humana es más difícil de explicar la conducta del padre que la del hijo mayor. Lo que pasa es que el padre de la parábola es, en la mente de Jesús de Nazaret, el Padre Dios. Dios sí es capaz de obrar así, Dios actúa siempre así cuando comprende y perdona, una y otra vez, nuestros innumerables pecados de egoísmo y de tacañería humana. Y Dios quiere, además, que también nosotros nos esforcemos en actuar así, al juzgar a los demás. Dios quiere que, en nuestras relaciones con los demás, hagamos más uso de la misericordia que de la justicia legal. La justicia de Dios siempre es una justicia misericordiosa, muy superior a nuestra pobre justicia legal humana. 

3. Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados. San Pablo les dice a los primeros cristianos de Corinto que se reconcilien entre ellos mismos, para que, de este modo, puedan reconciliarse con Dios. Cristo se hizo expiación por nuestros pecados, para ganarnos el perdón de Dios; si nosotros vivimos unidos a Cristo, reconciliados con Dios y con nuestros hermanos, obtendremos la justificación de Dios. Debemos ser capaces de perdonar y de amar a los demás, sin estar continuamente exigiéndoles cuentas de sus pecados. Si actuamos así en esta tierra, empezaremos a parecernos ya algo a nuestro Padre del cielo. Y así el Padre, cuando lleguemos a su casa del cielo, nos besará amorosamente, como besó a su hijo pródigo. 


2.- EL TERCER HIJO 

Por José María Maruri, SJ 

1.- Esta parábola ni es la del hijo pródigo, ni la de los dos hijos, sino la parábola de nuestro pobre Padre Dios… Pobrecillo, sí, porque toda su riqueza son los hijos y el uno le sale insensato y derrochador de lo ajeno y el otro se queda en casa como una calculadora fría y sin corazón. ¡Pobre Padre Dios! 

Desde que el hijo menor, con la idea de realizarse, de encontrarse a si mismo, de buscar su propia identidad –todo farfolla y palabreo contemporáneo–, se marchó de casa tintineando en el bolsillo el dinero ganado por su padre, no por él, claro, el hogar paterno ha dejado de ser hogar, porque tras el hijo de le ha escapado el corazón del Padre Dios, que es el único que no se avergüenza de acompañar al hijo a tabernas, tugurios y casa de meretrices, con tal de estar con él cuando lo necesite 

Como Jesús, corazón de nuestro Padre Dios hecho carne, tampoco se avergonzó de tratar y comer con pecadores y prostitutas, no para avergonzarles con su presencia, sino para hacerles sentir el calor amigo del corazón de Dios. Y ese calor, esa mano siempre extendida es la que el hijo menor siente cerca de la soledad de los amigos de su dinero, sabe que hay un corazón que aun late por él, una mano a la siempre podrá aferrarse. Cuánto fue su arrepentimiento no lo sabemos porque es el hambre lo que le hace recordar a su padre, no el cariño y porque piensa podrá recibirle de jornalero. Qué mal conocía a su padre y qué mal padre será él en su día. 

Es emocionante ver a nuestro pobre Padre Dios perdiendo su dignidad, corriendo con los brazos abiertos al encuentro del hijo que regresa. Le abraza, le besa y no le deja acabar su frasecita, sobre todo la pedantería de “cuéntame como jornalero”… En la casa del Padre o se está como hijo o no se está. 

Pobre Padre Dios, qué alegría, pero que falta de dignidad, no le pide cuentas de sus pecados (nos ha dicho San Pablo), no le echa en cara su conducta, no le dice: “ya te lo decía yo”. Todo es alegría y querer que todos se alegren con él, porque había perdido un hijo y lo ha encontrado. Porque hay mas alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. Todo pudo acabar aquí y la película hubiera tenido un final feliz, pero hay otra secuencia inesperada como en las películas francesas. 

2.- Hay un hijo mayor en el hogar, que no se ha gastado la herencia, la guarda. Nunca se ha marchado de casa, pero lleva la contabilidad de las horas que ha trabajado para el Padre. Cuántos cabritos le ha dado o no le ha dado. Cuántas obras buenas hemos hecho por Dios. Cuántas misas hemos oído. Cuántos NOES no hemos transgredido. Cuánto nos hemos aburrido en la casa de Dios… Una exacta contabilidad propia y ajena. 

Porque tampoco nos olvidamos de los “malos”, que no va a misa, viven casados por lo civil, que viven felices mientras nosotros morimos de tedio y aburrimiento. Y nos parece indigno e injusto el proceder de Dios con los “malos” y por eso no queremos participar en la alegría de nuestro pobre Padre Dios y con nuestra “contabilizadora” y aburrida vida espiritual aguamos la fiesta porque no admitimos a su hijo por hermano nuestro. 

3.- Aquí se le acabó a Jesús la parábola y yo creo que se dio cuenta tarde de que hubiera quedado mejor no añadir a este segundo hijo con el fin de que el final feliz de la película se estropee. Por eso también nosotros durante siglos durante siglos hemos mutilado esta parábola reduciéndola a la mitad. 

Y Jesús cayó en la cuenta que no acababa bien porque se le había olvidado el tercer hijo, carne y hueso del pobre Padre Dios, Corazón de Dios hecho carne. Hermano de sus hermanos los hombres, que va a buscar entre zarzas y espinas al hermano menor hasta encontrarlo aun a costa de la propia vida. Y que va a vencer con cariño la envidia y frialdad del hermano mayor. Y así va a reunir a los hermanos junto a Dios, porque con Jesús el tercer hermano la alegría en casa del Padre es completa. 


3.- SERÁ SU HIJO QUERIDO, QUE SE HABÍA PERDIDO 

Por Antonio García-Moreno 

1.- LIBRES, OPTIMISTAS SIEMPRE. Por fin el pueblo ha llegado a la tierra prometida. Atrás quedaron los largos años de caminar con rumbo perdido por el desierto. También, en el lejano horizonte del tiempo, se perdió la esclavitud y la opresión. Ahora ha cesado su vida de judío errante, ahora el pueblo descansará en la posesión de esa tierra que Dios les ha dado. En la estepa de Jericó, en Guilgal, acamparon los israelitas para celebrar la Pascua, la primera dentro de los confines de la tierra soñada tanto tiempo. El sol va declinando encendido en rojo naranja. El atardecer sereno se llena de canciones rituales. Dios ha liberado a su pueblo y éste le canta agradecido. 

La liturgia de nuestra Madre la Iglesia nos va haciendo recordar las diversas etapas de la Historia de la salvación, la historia de los amores de Dios para con su pueblo. Quiere así despertarnos del sueño de nuestro vivir rutinario, quiere actualizar en nosotros esos acontecimientos que nos pertenecen en cierto modo, que son como el pasado de nuestra misma historia, el pasado que prepara el futuro de nuestro presente de hoy. 

Se acerca la Pascua, la que realmente nos libra de la más terrible esclavitud, la del pecado. Ante esa liberación que ya estamos pregustando, ha de nacer en nuestro corazón un canto de gratitud, un deseo de pagar con amor tanto amor como Dios nos da. 

La tierra generosa dio su fruto. Una siega abundante culminó la siembra de aquellos hombres rudos del desierto. Han comenzado un nuevo género de vida; de pastores se han tornado agricultores. Ya el maná no cae del cielo. Dios ha cerrado esa providencia extraordinaria de los tiempos duros del desierto, para dar paso al orden normal de los acontecimientos. 

Pero el hombre seguirá pendiente del cielo, de la dirección del viento, del pasar de las nubes, de la lluvia temprana y de la lluvia tardía, que irán haciendo posible el sencillo milagro de cada cosecha. Y Dios, en su providencia, secundará los planes del hombre. Unas veces con abundancia y otras con escasez. Pero siempre con un gran amor, buscando el bien del hombre, aunque el hombre no lo sepa, o no quiera, comprenderlo. 

Y es que un padre actúa a veces de modo incomprensible para sus hijos. Incluso puede dar la impresión que permite su sufrimiento, que no se hace cargo del dolor de su hijo. Y no es así. Todo lo contrario. Sufre en su carne el mismo dolor del hijo, que carne suya es. Pero está persuadido de que sólo a través de ese proceder suyo, es como el hijo logrará su propio bien. Su propia salvación eterna, en el caso de nuestro Padre Dios… Por eso siempre hemos de confiar en la providencia divina. Siempre dar gracias, siempre esperar, siempre estar tranquilos, serenos, optimistas. Dios proveerá. Puedes estar plenamente seguro del Señor, de su inmenso amor y de su poder infinito. Y, pase lo que pase, recobrar pronto la calma. 

2.- UNA LLAMADA DE ESPERANZA. La conducta de Jesucristo era motivo de escándalo para los «justos» de su tiempo. Resultaba llamativo que los publicanos y los pecadores se acercaran al Señor. Pero lo era todavía más que el Maestro los acogiera con simpatía y que no tuviera el menor reparo en comer con ellos, y era realmente inadmisible que uno de los Doce elegidos para el Colegio apostólico, fuera precisamente un publicano. Por eso los fariseos y los letrados, la elite de Israel, murmuraban contra Jesús y le rechazaban más y más. 

Pero el Redentor no se preocupaba de aquellas críticas. Él había venido a salvar lo que estaba perdido, a curar a los que estaban enfermos, a redimir a los pecadores. De muchas maneras Jesús, a lo largo de su vida pública, explica el porqué de su conducta. Las parábolas que hablan de la misericordia divina son numerosas y emotivas. Pero de entre todas, sobresale por su belleza y ternura la que contemplamos hoy en la liturgia de la Palabra, la del hijo pródigo. En primer lugar, destaca la maldad que supone el pecado. Es pedir la herencia que tanto costó ganar al padre y malgastarla en vicios, derrochar de mala forma la heredad de los mayores, destruir en un momento lo que se edificó al precio de la sangre de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Como resultado, la soledad y la tristeza, el remordimiento y el desasosiego… El ser un porquero era para un judío abominable, máxime cuando tenía que comer lo mismo que comían aquellos animales, impuros según la Ley. El pecado, en efecto, sumerge al hombre en una situación penosa y sucia, lo hunde en un lodazal de miseria, lo expone al peligro de una condenación eterna. 

Comprender esta realidad es la primera condición para salir de esa triste situación. Si perdemos el sentido profundo del pecado, estamos perdidos. Difícilmente se sale de una situación, cuya gravedad no se comprende ni se acepta. Por eso hemos de pararnos a pensar un poco en lo que supone el pecado, tratar de penetrar en su malicia y en sus terribles consecuencias. Eso es lo que hizo el hijo pródigo. Y luego acordarse de la bondad de Dios nuestro Padre. Pensar que el Señor es compasivo y misericordioso, pronto al perdón y al olvido de nuestros pecados. Él nos ama tanto que tiene más deseos de perdonarnos, que nosotros de ser perdonados. Al final, el Padre abraza al hijo perdido, le llena de besos y de lágrimas, le corta esas palabras que durante el camino había ido pensando decir. Para el padre todo volverá a ser igual que antes; ese que ha llegado no será un jornalero como pretende, será su hijo querido, que se había perdido y que ha vuelto a la casa paterna. Todo termina con aires de fiesta, con una llamada al arrepentimiento y a la esperanza. 


4.- LA “VUELTA A CASA”, NUESTRO ARREPENTIMIENTO 

Por Pedro Juan Díaz 

1.- Dios se ha comportado con nosotros como un Padre a lo largo de toda la historia. Y nosotros, su pueblo, aunque hemos dado pasos positivos en este sentido, aún nos sigue costando reconocerlo como tal. El pueblo que goza ya de la tierra prometida ha sido liberado por un Dios atento a sus sufrimientos, como veíamos la semana pasada con Moisés y la zarza. Dios les ha conducido por el desierto, les ha acompañado y les ha alimentado con el Maná. Ahora comerán de la propia cosecha que produzca la tierra que Dios mismo les había prometido. 

La experiencia de Dios que vive el pueblo, y también la nuestra, la expresamos con las palabras del Salmo responsorial: “Gustad y ved que bueno es el Señor”. Sin embargo, pronto se nos olvida. Cuando todo va bien, cuando las cosas salen bien, ya no necesitamos a Dios. Le pasó al pueblo de Israel, le pasó también a las primeras comunidades cristianas y nos pasa también a nosotros. Por eso la invitación constante de la Palabra de Dios es a la conversión, a volver a ese Dios que es Padre y que aún está por descubrir por nuestra parte. 

2.- Con la parábola del hijo pródigo (o del Padre misericordioso) Jesús nos sigue mostrando cómo es Dios. Jesús nos dice que Dios sabe de nuestra debilidad, de que somos de barro, porque nos ha creado y nos conoce perfectamente y, a pesar de todo, nos sigue dejando en libertad, respetando el uso que hacemos de ella. Nos dice también que, por muy “gordo” que creamos que es nuestro pecado, Él nunca nos olvida ni nos da por perdidos, siempre espera vigilante nuestra “vuelta a casa”, nuestro arrepentimiento. También nos dice que contamos con su gracia como ayuda para volver a Él, para conocerle mejor, y en este caso en concreto la gracia nos viene a través del Sacramento del Perdón, de lo que toda la vida hemos conocido como la confesión. Insiste una y mil veces en que ese momento es una FIESTA, porque “hay más alegría en el cielo por un pecado que se convierte”. Es la fiesta de la gracia y de la misericordia de Dios, es la fiesta del abrazo entrañable del Padre. Siempre contaremos con esa ayuda sacramental para levantarnos y seguir caminando. De nosotros depende aprovecharla o seguir anclados en nuestros prejuicios de toda la vida hacia la confesión. 

3.- Queremos profundizar en nuestro conocimiento de Dios. Cuanto más nos acerquemos a Él, más cambiará nuestra vida, más real será nuestra conversión, mayor será nuestro testimonio. Pero es imposible descubrir esto si no lo hemos experimentado en nuestra vida. Sólo el que es perdonado aprecia el perdón, disfruta del gozo del perdón y está pronto a perdonar. Sólo el que es amado aprecia el inmenso amor de Dios. Sólo el que vive esta experiencia es capaz de disfrutarla y transmitirla a otros. Sólo así podremos convertirnos, cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, lleno de amor, misericordia y perdón para nuestros hermanos, como lo está el de Dios. 

4.- La Cuaresma, y toda nuestra vida, es una lucha contra el pecado, contra todo aquello que nos aparta del amor de Dios. Nosotros, como el hijo pródigo, nos enfrentamos a la tentación de creernos los dueños del mundo y hacer con él lo que nos da la gana; a la tentación del individualismo, de apartarnos de todos e ir a la nuestra; a la tentación del consumismo incontrolado, que nos hace buscar la felicidad en el tener y en el gastar; a la tentación de creer que vivimos “como Dios” y darnos cuenta, como el hijo pródigo, que estamos “entre los cerdos”. 

5.- Parafraseando a Bertolt Brecht, podríamos terminar esta reflexión diciendo que hay personas que aman un día y son buenas, hay otras que aman un año y son mejores, incluso hay quienes aman muchos años, y son muy buenas. Pero hay las que aman toda la vida, esas personas son las imprescindibles. Jesús nos ama y nos perdona todos los días a través del sacramento del perdón y de la Eucaristía. Él está aquí anunciándonos su amor y entregando su vida por nosotros. “Gustad y ved que bueno es el Señor”. 


5.- SER COMO EL PADRE 

Por José María Martín OSA 

1. – Volver a la casa del Padre. Dios es misericordioso y bueno con nosotros. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. La intención de Lucas en la llamada «Parábola del Hijo Pródigo» es manifestar la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. No vuelve a casa porque ame a su padre, vuelve porque ama su vida. No vuelve a casa porque quiere ser mejor sino porque no quiere morir en el camino. Ni siquiera vuelve como hijo, se contenta con ser un criado más. No vuelve porque le duele el corazón sino porque le duele el estómago. Es un retorno egoísta, interesado. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona. 

2.- El hijo mayor no ha comprendido la misericordia del padre. El hijo mayor, resentido, necesitado de reconciliación también, recrimina al padre: “ese tu hijo” -ni siquiera lo llama su hermano- El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites. 

3.- El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola, que debería llamarse mejor «Parábola del Padre Pródigo en amor», o «Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona». Es magnífico saber, hermanos, que a su padre no le interesa saber si su hijo está arrepentido, no le interesa conocer los motivos por los que regresa, no le importa que su hijo vuelva a hacer lo mismo otra vez. Ha vuelto a casa. ¡Qué alegría! Es consolador saber que Dios no me exige un corazón puro para abrazarme. Es consolador saber que Dios me recibe cuando vuelvo porque no he encontrado la felicidad en mis fiestas y pecados, cuando vuelvo por egoísmo para encontrar seguridad y paz. El amor de Dios no necesita que le expliques nada. Dios se contenta con tenerte en casa. El amor de Dios no pone condiciones. Dios se contenta con tu presencia. El amor de Dios es una relación de Padre. El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huída ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, solo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos? 

4.- Intentar ser como el padre. La actitud de Dios es la acogida, la comprensión y el perdón. Es semejante a lo que me contó hace unos días un joven: «Una mañana cuando me dirigía al trabajo en mi coche recién estrenado fui golpeado levemente en el parachoques por otro automóvil. Los dos vehículos se detuvieron y el chico que conducía el otro coche bajó para ver los daños. Yo estaba asustado, reconocía que la culpa había sido mía. Me daba terror tener que contarle a mi padre lo que me había sucedido, sabiendo que sólo hacía dos días que mi padre lo había comprado. El otro chico se mostró muy comprensivo tras intercambiar los datos relativos a las licencias y el número de matrícula de ambos vehículos. Cuando abrí la guantera para sacar los documentos me encontré con un sobre con una nota de puño y letra de mi padre, que decía: «hijo, en caso de accidente, recuerda que a quien quiero es a ti, no al coche». Yo pensé al escuchar este relato: si esto lo hacen los padres y los amigos, cuánto más Dios que es Padre misericordioso. Pensé además, que Dios nos da siempre una nueva oportunidad. No quiero ser sólo el que recibe compasión, quiero ser el que la ofrece. Intentaré ser como el Padre. 


6.- DIOS NOS HA HECHO LIBRES 

Por Javier Leoz 

La conversión es la vuelta a Dios y, por el contrario, la perversión es aquello que nos aleja de El, de su casa, de su Palabra o de su presencia. 

1.- Estamos de lleno metidos en la Santa Cuaresma y a pocos días ya de iniciar la Semana Santa. Y, que no se nos olvide: el Señor –con la parábola del hijo pródigo- nos hace ver que, no sólo es paciente sino que, cuando regresamos, salta de gozo y de alegría. El júbilo de Dios, al contrario del de muchos de nosotros, es una alegría por el que vuelve, por aquel que se libera de las garras de la mediocridad o de la frialdad del mundo para retornar y vivir definitivamente en la Casa del Padre. ¿Sentimos esto así? ¿En qué nos hemos alejado de Dios? La parábola del Hijo Pródigo es el canto a la misericordia de Dios. Alguien, y con cierta razón, ha llegado a afirmar que es la mejor fotografía del Señor. Dios es amor. 

2.- Cuando nos marchamos lejos de Dios echándonos en manos de tantas seducciones que nos adormecen o engañan, no solamente vamos nosotros. Dios, mejor dicho, su corazón de Padre, va donde nosotros nos vamos. Lejos de abandonarnos, Dios, nos acompaña en esas situaciones en las que nos encontramos frecuentemente traicionados, despreciados, minusvalorados o huérfanos. Nos parecía encontrar a….y resulta que… 

Dios, cuando miramos hacia atrás para buscarle, siempre sale a nuestro encuentro. Brinca de gozo porque, como hijos, nos recupera. Prepara, una auténtica fiesta, porque para El es más importante el retorno que aquel momento de deserción. Puede más la misericordia que el ajuste de cuentas. Salta a la vista su mano abierta y queda a un lado el reproche. El padre de la parábola, con aquel hijo que cortó por lo sano (con la educación recibida, con su familia, trabajo, responsabilidad, etc.) marchó corriendo detrás de El (aunque el hijo no lo supiera) y, el hijo cuando regresó encontró, sin fisura alguna el mismo amor que sin miramiento alguno dejó atrás. 

3. – Dios, a ninguno de los que creemos en El, nos fuerza a quedarnos bajo su amparo. Somos libres para creer y, tenemos libertad, para dudar de El. Lo que nunca conseguiremos, y ese es el propósito del hijo mayor que refunfuñaba con la vuelta de su hermano, es cambiar el corazón del Padre, los sentimientos de Dios, su bondad infinita, sus brazos siempre abiertos a nuestra vuelta. 

En cuantos momentos, consciente o inconscientemente, dejamos la seguridad de Dios para ir en búsqueda de otros dioses, de otros “padres” que van arruinándonos por dentro y por fuera. Y, en cuántas ocasiones, después de haber sido utilizados a merced de esos ídolos –cuando ya no hemos sido útiles- nos han dejado escorados en nuestra propia miseria. ¿O no? Es, en esos momentos de despiste o de tragedias personales, cuando nuevamente nuestros ojos comienzan a mirar y anhelar la casa del Padre, añorando su presencia, su cercanía o su amparo. 

4.- Tal vez el hijo pródigo, está representando a esta sociedad nuestra (caprichosa e independiente) que intenta crearse un futuro sin Dios. Sin más pretensión que un mundo sin valores eternos o sin referencia a un Absoluto. ¿Es bueno? Creo, sinceramente, que no. En todo caso, la autodestrucción del hombre a manos del propio hombre, se acelera cuando nos alejamos del corazón de Dios. Que el Señor, con su cruz, nos haga visualizar, entender, comprender y vivir el inmenso amor que Dios nos tiene. 

5.- QUE VUELVA, SEÑOR 

De mi vida, vacía e inquieta, 

soñadora y excesivamente idealista. 

QUE VUELVA, SEÑOR 

De mi soberbia que me impide acoger tu bondad 

De mi mundo, que me distancia de tu reino 

De mis miserias, que estorban mi perfección 

QUE VUELVA, SEÑOR 

De aquello que me hace sentirme 

seguro y dueño de mi destino 

De toda apariencia que me engaña 

y me hace darte la espalda 

QUE VUELVA, SEÑOR 

De toda pretensión de malgastar 

arruinar o desaprovechar mis días. 

QUE VUELVA, SEÑOR 

A tu casa, que es donde mejor se vive 

A mi casa, que es tu casa, Señor 

A tus brazos, que sé me echan en falta 

A tus caminos, para que no me pierda 

A tu presencia, para que goce 

de la fiesta que me tienes preparada 


7.- EL “SUBVERSIVO” PADRE BUENO DE LA PARÁBOLA 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- La parábola del Hijo Pródigo es uno de los relatos más bellos de los evangelios. Un viejo comentario de la Iglesia dice que su lectura ha traído más conversiones que las escenas de las vidas de los santos o la descripción de los trabajos de los profetas. Y tiene razón. Es, además, una historia bien trabada, bien llevada como se dice ahora. Demuestra, en principio, que Jesús de Nazaret sabía contar historias, lo cual, sin duda, dejaría absorto a todo su auditorio. El modo narrativo de la parábola era muy usual en la cultura popular de los pueblos semitas y hasta hoy ha llegado esa costumbre a muchas culturas musulmanas. Pero –y todo hay que decirlo—la forma narrativa de Jesús era sencilla y densa a la vez. La historia como tal –por ejemplo esta del Hijo Pródigo—es muy sencilla en su desarrollo. Un joven, inexperto y disipado, decide vivir su vida y alcanzar fama y gloria en otro lugar. La cosa le va mal y compara la situación penosa a la que le ha llevado su ausencia de juicio y de previsión y decide volver. Es verdad que la reacción del padre es inesperadamente generosa, pero visto así puede parecerse a muchas escenas familiares de todos los momentos de la vida corriente de otras épocas. Aunque más de la nuestra que la de tiempos de Jesús, donde la autoridad del padre era total y muy poco compasiva. 

2.- Y si por esos tiempos, los oyentes de Jesús identificaron al padre de la parábola con Dios, tampoco hubieran entendido nada, porque la idea que se tenía de Dios pues era parecida a la acuñada del padre de familia: lejano, autoritario, más preocupado por la justicia que por el perdón. Incluso, no lo neguemos, cuando, en privado Jesús de Nazaret explicara a sus discípulos el verdadero significado de la personalidad tierna y amorosa del padre del relato, también les costaría entender el ejemplo narrado, donde ese padre, portador de la suprema autoridad de la familia, había perdido su porte y dignidad, para abajarse a aceptar el gran pecado de su hijo prodigo. Y es que lo más notable dentro del análisis histórico del mensaje de Jesús, en relación con su tiempo, es que fue un gran revolucionario, un subversivo completo que intentaba romper con todos los esquemas de esa sociedad. Pero, en fin, y lo hemos dicho muchas veces, fariseos, escribas, saduceos y sacerdotes habían “domesticado” a Dios, lo habían metido en una jaula de oro para usarle según su conveniencia. Y el principio de autoridad total y de justicia dura era básico en la construcción de los relaciones del pueblo judío de entonces. Pero, claro, se ignoraban los muchos textos de la Escritura, del Antiguo Testamento, donde aparece ese Dios tierno y amante de sus hijos, que está dispuesto a perdonar las constantes ofensas de un pueblo de dura cerviz con tal de que quiera volver a Él y reconciliarse. 

3.- El mensaje multiforme y variado de Jesús marca con extraordinaria claridad y precisión el camino del cristiano. Puede decirse que todo está dicho por Él y que la lectura del evangelio –y de sus lógicas concordancias con el Antiguo Testamento—conforma un programa de vida muy claro. Pero la resultante de la vida cotidiana de un cristiano no guarda, en muchas ocasiones, la menor relación con ese mensaje. Los cristianos, a veces, parecen “mejores” herederos de los fariseos que de los discípulos de Jesús –alegres, esforzados y clarividentes—que salieron el día de Pentecostés a predicar el mensaje de paz y de amor del Maestro. Fue San Pablo, quien durante toda su vida, alertó a los creyentes sobre “el peligro de la Ley”. Y ello no era otra cosa que el convencimiento de que la tendencia al fariseísmo estaba muy presente entre los nuevos cristianos. Enseguida surgieron los judaizantes entre las filas cristianas y eso era un no aceptar el mensaje de amor y fraternidad que el cristianismo verdadero llevaba implícito. Y que sin ese amor incondicional ni hay cristianismo, ni parece que Cristo haya existido. 

4.- La Cuaresma debe servir –y ello desde la máxima humildad posible—como tiempo, primero de reflexión, y luego de rectificación. Eso es la conversión, sin duda. Y el ejemplo del Padre Bueno que Jesús nos muestra en la parábola del Hijo Pródigo nos ha de servir para que comprendamos que aunque nuestros pecados fueran rojos como la grana Él los tornará blancos como la lana blanca… Y todos, cada uno en nuestro quehacer, debe ser muy cercano al talante del Padre porque, a veces, somos capaces de demandar perdón para nuestras faltas, pero incapaces de perdonar a quién no ha ofendido. Sinceramente, es más fácil arrepentirse que perdonar, porque el peso de la culpa hunde y molesta, pero uno se endurece ante el efecto de la ofensa. Y se buscan muchas razones para mantenerla, más que para comprender al ofensor. Y aunque sea verdad que el ataque contra nosotros hubiera sido tremendamente injusto, ya dijo Jesús de Nazaret que tendríamos que amar a nuestros enemigos, porque si no seríamos como los fariseos. ¿Es lo que somos? ¿Somos fariseos más pendientes de la norma que del amor? ¿Más pendientes de la mota en ojo ajeno que de la viga en ojo propio? Y como decía el principio, inspirándome en una breve nota de un librito de los evangelios ya muy antiguo, con más de sesenta años, la parábola del Hijo Pródigo ha suscitado más conversiones que la lectura de la vida de los santos o de muchos textos del Antiguo Testamento. 


LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


NOSOTROS 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Ya es hora, mis queridos jóvenes lectores, de que pongamos el acento allí donde lo puso Jesús. La parábola del hijo prodigo es uno de los relatos cortos antiguos más bellos, de la literatura del Medio Oriente. Jesús la pronunció dirigiéndose a los fariseos y otra gente ilustre. Pero el Evangelio es más rico de lo que parece y tradicionalmente, y sin traicionarlo, los comentarios, se han aplicado al comportamiento del hijo que abandonó el hogar y llevó la vida de un perdido. Abundan los buenos comentarios, pero, pienso yo, que es preciso volver al sentido primigenio del relato. 

El hijo malo se va de casa y lleva una vida mala, como era de suponer. Un día decide volver y se encuentra a su padre que le espera, le recibe con cariño y organiza una fiesta. Recordarlo, nos da esperanza y confianza en Dios. El hermano mayor ha permanecido en el domicilio paterno, cumpliendo con las costumbres familiares. Una vida correcta, no hay nada al parecer que objetarle, pero ¿Qué esconde su interioridad? ¿a qué se debe su proceder? Sin duda, como es obvio, a la satisfacción orgullosa de sí mismo, que siente permanentemente. 

Para comentaros el sentido del perverso proceder del hermano mayor, no puedo olvidar lo que señalaba acertadamente H. Bergson, el gran filosofo francés, judío de cultura, cristiano de deseo. Resumiré. Existen, dice él, los pecados y el pecado. Los pecados son todos esos actos contrarios a los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, que seguramente conocéis bastante bien. Pero ¿sabéis qué es el pecado, la fuente infectada de donde provienen los pecados? El pecado es encerrarse en sí mismo, es estar satisfecho con lo que uno tiene y como es. 

2.- Es relativamente fácil arrepentirse de actos pecaminosos, pedir perdón y ser absuelto. Es relativamente fácil cuando uno posee una cierta formación, sensibilidad y educación ética y religiosa. Es posible, si se ha aprendido con anterioridad, saber lo que Dios quiere que hagamos, y si ha fortalecido su voluntad, dominando y perfeccionando, su carácter. Sinceramente, debemos admitir que exige esfuerzo conseguirlo, tener fuerza de voluntad, decimos corrientemente. Estar enterado de los valores a los que se debe aspirar y tener nociones de su categoría, no es cosa tan fácil. No es lo mismo verter en un río los restos sucios de una comida, o cortar por capricho un árbol, que procurar o procurarse un aborto, (por más que le llamen interrupción del embarazo). Os he puesto este ejemplo, recordando las confidencias de una chica, que me contaba horrorizada, como por una calle de una población alemana, había tirado un papel al suelo y, por desidia, no se había agachado a recogerlo y depositarlo en la papelera. Al cabo de un rato, sin ningún reparo ni vergüenza, me contaba que durante su estancia en el mismo país y a consecuencia de una aventura, había quedado embarazada de un compañero de clase, negro de piel y, lógicamente según ella pensaba, se procuró el aborto. Como quien roba una manzana de un huerto ajeno, sin darle importancia. Era un simple colega, me decía, y era negro, añadía, para que me convenciese de que de tal proceder no se debía avergonzar. Carecía de sentido moral su confidencia, pero tenía muy presente lo que había hecho. 

3.- Pero del pecado, en el sentido a que se refiere Bergson, nos cuesta ser conscientes. Creo yo que sería un buen ejemplo, el estudiante empollón, que saca excelentes notas y está seguro de que ocupará una buena plaza de ejecutivo en la empresa de su padre. O el aficionado fanático al deporte, que no se pierde nunca un partido. O el que, en la temporada invernal, cuando la nieve cubre las montañas, no deja ni un fin de semana de ir a esquiar. En ciudad, y entre semana, llena los ratos libres que le quedan, en un gimnasio o estudiando lenguas. No frecuenta discotecas, propias de gente pija o de drogatas, ni tiene tiempo de meditar, rezar, consolar, escuchar. Considera además que hacerlo es perder tiempo. 

El tal buen personaje ¿es capaz de aceptar a los demás? ¿es capaz de comprender y de ayudar? ¿es capaz de ayudar al emigrante, de recibirle y de aprender de la riqueza que hay en él? ¿Ha pensado alguna vez en Dios, en qué planes tiene para él en esta vida, en qué le espera después de su muerte? ¿Ha pensado que será juzgado por su conducta o que a la luz que todo lo hace nítido, en la realidad eterna, deberá dar cuenta del rendimiento que a favor de los demás, de los pobres de su vera y de los lejanos, ha debido dar a su vida? 

El Juicio Final será contemplar en un gran escenario a todos los que vivieron simultáneamente con cada uno, los que murieron de hambre, los que sufrieron injusticia, los que no pudieron estudiar, todos aquellos indigentes de amor, de instrucción y de simpatía, de los que nunca quiso uno preocuparse, todos aquellos de los que se quiso siempre estar distanciado, ignorar e incluso despreciar. 

4.- Ellos, los otros, fueron tal vez delincuentes, porque robaron, tal vez malos, porque para aguantar una vida sin sentido ni esperanza, se drogaron, tal vez porque por tendencias agresivas, molestaron a los de su entorno y hasta les causaron daño corporal o humillación, marginación y mala fama. De estos actos es posible sentir vergüenza, arrepentirse, pedir perdón y, en consecuencia, ser admitidos junto a Dios. El pecado, el del que es difícil corregirse y desterrarlo de uno mismo, es el orgullo. Situado en él, resulta difícil darse cuenta de su maldad y pretender corregirse. Es el pecado de los “buenos”, tal vez es nuestro pecado. Hay que ser radicalmente sinceros y humildemente presentarse ante Dios, reconociendo que la soberbia tiñe de maldad al hombre entero y solo el Señor es capaz de blanquearlo. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *