Lectio Divina 7° Dom. T.O. Ciclo «C»

Lectio Divina 7° Dom. T.O. Ciclo «C»

El evangelio de este domingo contiene una de las expresiones más típicas y fuertes de la predicación de Jesús: «Amen a sus enemigos» … Está tomada del evangelio de San Lucas, pero se encuentra también en el de San Mateo (Mt 5, 44), en el contexto del discurso programático que comienza con las famosas «Bienaventuranzas» … Jesús lo pronunció en Galilea, al inicio de su vida pública. Es casi un «manifiesto» presentado a todos, sobre el cual pide la adhesión de sus discípulos, proponiéndoles en términos radicales su «modelo de vida»… Pero, ¿cuál es, al final de cuentas, el sentido de esas palabras? ¿Por qué Jesús pide amar a los propios enemigos, o sea, qué nos pide un amor que excede prácticamente la capacidad humana? En realidad, la propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada  iolencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor y de bondad. 

 Este «plus» viene de Dios: es su misericordia, que se ha hecho carne en Jesús y es la única que puede “desequilibrar” el mundo del mal hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo “mundo” que es el corazón del hombre… Con razón, esta página evangélica se considera la Carta Magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal –según una falsa interpretación del «presentar la otra mejilla» (Cfr. Lc 6, 29)– sino en responder al mal con el bien (Cfr. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia y del odio con las armas del amor y de la verdad.  

El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”, un amor que, en definitiva, no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa… Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los «pequeños», que creen incansable y decididamente en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida… Pidamos a la Virgen María –dócil discípula del Redentor– que nos ayude a dejarnos conquistar sin reservas por ese amor, y a aprender a amar como Él nos ha amado, para ser misericordiosos como es misericordioso nuestro Padre que está en los cielos (Cfr. Lc 6, 36). [Sintetizado de: Benedicto XVI, Ángelus, 18-II-2007]. 

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