Lectio Divina Dom. V T.O. «C»

Lectio Divina Dom. V T.O. «C»

RESPONSABILIDAD ANTE LOS DEMÁS Y ANTE UNO MISMO 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- “SEÑOR, PORQUE TÚ LO QUIERES, VOLVERÉ A LANZAR MI RED” 

Por Antonio García-Moreno 

1.- CUANDO DIOS LLAMA.- Isaías contempla, entre extasiado y atónito, el grandioso espectáculo que se despliega ante sus ojos. Los cielos se han abierto, todo ha desaparecido de su vista, la opacidad de las cosas terrenas ha quedado bañada por la brillante policromía del mundo de la luz. Y allá, en lo alto, en lo más excelso, está sentado el Señor, llenando con su esplendor el recinto del templo. 

Un canto nunca oído, una melodía jamás escuchada, una sinfonía inefable suena. La letra de esa música es tan sencilla como sublime: ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria…! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de sus voces, y el templo estaba lleno de humo. Una visión rutilante y terrible, una mezcla de paz y de horror. El profeta exclama asustado: ¡Ay de mí, estoy perdido! 

Quizás por eso, Dios mío, té escondes. Quizás por no asustarnos te ocultas tras este mundo que has hecho de la nada. Sí, eso es más asequible para nosotros. Pero tenemos el peligro de no descubrirte, de quedar insensibles ante una flor abierta al rocío irisado, ante el espectáculo radiante de una alborada, ante el río que sigue su trote entre las piedras y los árboles. Tenemos el peligro de no pensar en ti cuando la noche llega, cuando nace la mañana, cuando la muerte pasa, cuando la vida empieza. No te pido que aparezcas ante nuestros ojos como apareciste ante el profeta Isaías. Pero sí te pido que sepamos descubrirte, y adorarte, tras el bello y sencillo transcurrir de todos los días. 

Ante la rutilante teofanía está temblando el profeta. Lo había dicho el Señor a Moisés: No puede verme hombre alguno y vivir. Por eso Isaías espera, de un momento a otro, rodar por tierra sin vida. Es el terror ante Dios, ese sentimiento que tiene el hombre cuando siente la grandeza y el poder divinos. Sentimiento tan lejano de esa apatía y frialdad del hombre sin sensibilidad religiosa, incapaz de percibir, ni de lejos, el mundo de lo sobrenatural. 

Danos fe, Señor. Abre nuestros ojos, te lo pedimos otra vez, para que podamos reconocerte, sentirte presente en el fondo de nuestra alma. Y haz que temamos con el temor santo que es el principio de la sabiduría. Danos un respeto hacia ti, tan profundo que nos haga temblar ante la sola posibilidad de ofenderte. 

Entonces podremos responder a la llamada del Señor y, con los mismos acentos que el profeta Isaías, decirle: Aquí me tienes, envíame a donde tú quieras. Apoyado en tu poder y confiando en tu amor seré capaz de las más grandes hazañas… Sin darnos cuenta, el temor se habrá cambiado en esperanza, el miedo en la intrepidez de la fe. 

2.- ECHAD LAS REDES.- A orillas del lago de Genesaret tuvieron lugar muchos encuentros de Jesús con la muchedumbre. Paisaje sencillo de barcas y pescadores, de montañas, de aguas claras y azules. También allí llamó el Maestro a los primeros apóstoles que eran pescadores y siguieron siéndolo después. Aquellos momentos han quedado en la vida cristiana como ejemplo y modelo de esos otros encuentros que, a lo largo de la historia, se han ido repitiendo. Entregas generosas y decididas a este Señor y Dios nuestro que sigue cerca de nosotros, para llamarnos a colaborar con él en esta tarea de salvar a todos los hombres que existen y que existirán. 

Hoy se nos narra una de las pescas milagrosas que aquellos pescadores lograron gracias a la fe que tenían en Jesús. Con la sinceridad de siempre, Pedro dice al Maestro que están cansados de lanzar la red durante toda la noche, sin conseguir nada. Pero por darle gusto, por obedecerle harán otra tentativa. Lección meridiana de confianza total en el poder de Dios, ejemplo de audacia en acometer las más difíciles y arriesgadas empresas, incluso las que nos parecen imposibles. Hay que decir como Pedro: Señor, porque tú lo quieres, volveré a lanzar mi red. Estemos seguros de que nuestro intento y nuestro esfuerzo no quedarán sin fruto abundante, más del que nosotros pensamos. 

Después del prodigio, Pedro se siente anonadado, indigno de ser amigo de Jesús de Nazaret. Apártate de mí, le dice, que soy un pecador. Es una reacción lógica y hasta buena. Todo el que comprenda la grandeza de Dios y piense en su propia miseria, ha de sentirse indigno de ser amigo del Señor, incapaz de hacer nada bueno y, mucho menos, de entregarse a su servicio y consagrar la propia vida a su inmenso amor. Al mirar nuestra condición de pecadores, nos asustamos de la cercanía de Dios, nos sentimos manchados en su presencia. Uno quisiera huir y contemplar de lejos, casi a escondidas, la magnificencia y bondad del Señor. 

Y sin embargo, Jesús elige a ese pobre pecador que era san Pedro. No temas, le dice, desde ahora serás pescador de hombres. Entonces aquel hombre rudo, avezado sólo en barcas y peces, se olvida de sí mismo y, como hizo antes, obedece a la voz de Cristo y se fía plenamente de él. Cuando llegue el momento, echará otra vez sus redes, ahora tejidas de palabras y oraciones, de gozosas renuncias, y de nuevo se repetirá el milagro de una pesca milagrosa. El primer momento de Pentecostés se repetirá mil veces en la persona de otros que, como Pedro y a pesar de su propia condición, confíen plenamente en la palabra de Jesucristo y echen, animosos e incansables, sus redes en todas las aguas y los vientos del mundo. 

2.- TODOS SOMOS LLAMADOS, POR LA GRACIA DE DIOS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- Las lecturas de este domingo nos hablan de llamadas, de vocaciones. Toda llamada es gratuita, es un don que Dios nos ha dado sin previo merecimiento nuestro. A San Pedro Jesús le llamó para que fuera pescador de hombres, al profeta Isaías Dios le llamó, entre otras cosas, para que fuera el cantor de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios, a San Pablo le llamó para que anunciara el evangelio a los gentiles. También a cada uno de nosotros Dios nos llama. ¿Qué misión nos ha encomendado Dios, para qué nos ha dado la vida, cuál es nuestra vocación? Porque Dios a cada uno de nosotros nos llama por nuestro propio nombre, nos ha dado una misión concreta y determinada. Todos y cada uno de nosotros debemos ser cantores de la misericordia, de la justicia y de la gloria de Dios, predicadores de su evangelio, pescadores de hombres. Debemos hacerlo con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra vida. La vocación se manifiesta y se realiza siempre en un momento determinado, o mejor, en sucesivos momentos determinados. Está sometida a las circunstancias históricas de un tiempo y un lugar. Cuando somos niños, Dios nos llama como niños, cuando somos jóvenes, como jóvenes, cuando somos adultos, como adultos, y cuando somos viejos, como viejos. Dios siempre nos está llamando y quiere que, en el momento histórico en el que vivamos, seamos cantores de su misericordia, de su justicia y de su gloria, predicadores de su evangelio, pescadores de hombres. Debemos hacerlo con humildad, pero con fortaleza, con valentía y con amor. Mientras vivimos tenemos la obligación de ser fieles a nuestra vocación; nuestra vocación, en este mundo, sólo se acaba con la muerte. Hasta que Dios nos llame para que vivamos definitivamente junto a él, gozando de su presencia en el cielo. Esa será la última llamada. 

2.- Por tu palabra, echaré las redes. Si nos fiamos únicamente de nuestras propias fuerzas y de nuestro propio juicio, si no nos dejamos nunca aconsejar por personas más sabias y prudentes que nosotros, es posible que nos pasemos toda la noche bregando sin haber conseguido nada. Pero si trabajamos duro, fiándonos del Dios que nos habla a través de personas y acontecimientos naturales, es seguro que, al final, la cesta de nuestra vida estará llena de frutos buenos. Fiarse de Dios es trabajar sin descanso, buscando siempre el bien y la justicia, no desanimándonos ante los momentáneos fracasos que tengamos en momentos determinados. La vida muchas veces es dura e injusta; no siempre el que más siembra es el que más recoge. Pero el cristiano no debe desanimarse nunca, no debe nunca tirar la toalla; en nombre de Dios debe siempre seguir echando las redes de su trabajo y de su esfuerzo. Al final Dios va a llenarnos las redes y tendremos lo suficiente para nosotros mismos y aún nos sobrará algo para dar y compartir con los demás. 

3.- Aquí estoy, mándame. El profeta Isaías sabía muy bien que él no era, por sí mismo, capaz de cumplir la gran misión que Dios le encomendaba; sus labios eran impuros y sus palabras torpes. Pero se sintió tocado por la gracia de Dios y comprendió que, con la fuerza de Dios, podría hacer todo lo que Dios le mandaba. Por eso, fiándose de Dios, escuchó su llamada y lleno de confianza en él dijo: aquí estoy, mándame. Seamos nosotros valientes y, en nombre de Dios, estemos siempre dispuestos a hacer lo que Dios nos manda. 

4.- Por la gracia de Dios soy lo que soy. San Pablo lo tuvo siempre muy claro: él era el último de los apóstoles, pero, por la gracia de Dios, había predicado el evangelio a los gentiles más que ningún otro apóstol. La gracia de Dios no se había frustrado en él y le había dado fuerzas para predicar el evangelio a numerosos pueblos no judíos. Tuvo que padecer mucho, sufrió muchos contratiempos y fracasos, pero, fiándose del Dios que le había llamado, nunca se desanimó. San Pablo es un ejemplo inmenso de persona que se fió de Dios y que, por la gracia de Dios, siguió hasta el último momento de su vida siendo fiel a la llamada que Jesús le hizo en el camino de Damasco. Porque estaba seguro de poderlo todo en Aquel que le confortaba. 

3.- SOMOS PECES METIDOS EN LA RED 

Por José María Maruri, SJ 

1.- Allá van tirados por los suelos Pedro, Santiago y Juan al tropezarse de pronto con ese misterio divino que envuelve a Jesús, ese dominio sobre el mar, sobre los peces, sobre la naturaleza. Y temen, sobrecogidos, como también tiembla Isaías ante Dios Todopoderoso que le llama, como llama a Pedro, Santiago y Juan, a ser pescadores de hombres, como nos llama a cada uno de nosotros. Isaías contesta: “¡Envíame, Señor”! … y los apóstoles más sobrios en palabras dejan la barca, las redes y los peces y siguen al Señor. 

2.- ¿Y nosotros? “Conocerán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros”. Conocerán que somos cristianos, conocerán que hemos escuchado la llamada de Jesús y le hemos seguido. Después de más de dos mil años de cristianismo echa uno una mirada a la tierra y se le vuelven a uno los ojos a aquella barca de Pedro para buscar a quien parecernos y los más parecidos a nosotros son los peces metidos en la red. 

3.- Todos estamos atrapados en la red de un egoísmo socializado y todos estamos convencidos que una sociedad fundamentada en la pobreza y el hambre de tres cuartas partes de la humanidad, tema que prefiero tratar el próximo domingo, el día 14, que la iglesia celebra la Campaña contra el hambre. Pero si se puede decir, aquí y ahora, que la humanidad gasta más dinero en armas para segar vidas que en alimentos para que esas vidas continúen desarrollándose. 

3.- ¿Somos cristianos? Sólo lo seremos cuando dejemos la barca, las redes y los peces y sigamos a Jesús, un Jesús que tuvo hambre y sigue teniendo hambre y que tuvo sed, dolor y angustia como cualquiera de nosotros, con la diferencia que él, Jesús de Nazaret, nos tiende la mano siempre. Y nosotros apenas hacemos eso con nuestros semejantes. Y no nos valdrán sistemas políticos o económicos, mientras que no aparezca uno fundado en la hermandad de todos los hombres y mujeres, de todos, no de solo los que llevan al cuello el carné de un partido. Mientras no se busque el bien de todos y cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Mientras que no se vea en la mano tendida de cualquiera, la misma mano de Jesús que sufre o está hambriento. 

Y en esa misma dirección nos en envía Jesús que nos ha llamado, para eso nos hace profetas suyos, como Isaías, para que vayamos creando una sociedad solidaria, más austera, donde quepa la alegría de saberse de verdad hermanos. Sólo entonces dejaremos de ser peces atrapados en red. 

4.- TODO CRISTIANO TIENE UNA VOCACIÓN 

Por Pedro Juan Díaz1.- La Palabra de Dios de hoy es profundamente vocacional. Cuando hablamos de vocación no nos referimos sólo a los curas y a las monjas. Todo cristiano tiene una vocación. Esta palabra en su origen significa “llamada”. Y Dios nos llama. Nos llamó en el momento de nuestro Bautismo, nos ha seguido llamando en nuestra vida (al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada, al compromiso seglar…), y nos sigue llamando hoy, aquí y ahora, con su palabra que es VIVA y PERSONAL, a la que debemos prestar mucha atención, y a través de la VIDA ACTUAL, con sus vaivenes y sus dificultades. Nuestro Dios está activo y sigue llamando. 

2.- La primera reacción puede ser pensar: “a mi no, ¡uf! con lo trasto que soy yo y la de pecados que tengo”; o a lo mejor: “pero si yo no valgo para eso, con la de gente buena que habrá por ahí y se va a fijar Dios en mí, ¡venga ya!”. Tranquilos, todos lo hemos pensado. También el profeta Isaías, que fue un profeta grande, empezó dudando: “yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros…”. Y que te voy a contar de Pedro, el apóstol primero, el de las llaves del reino de los cielos. Cuando Jesús le dijo que volviera a echar las redes para pescar, casi se parte de risa, pero como le consideraba un “maestro” se lo dijo con educación: “hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”. Pedro pensaría que no iba a dejar mal a Jesús y “le hizo el favor”. La reacción fue la misma que la de Isaías y que la tuya y la mía: “apártate de mi, Señor, que soy un pecador”, “que yo no valgo para esto, que soy un trasto, que hay otros mejores que yo” (y seguramente sería verdad). Pedro vive el proceso de pasar de considerar a Jesús como “maestro” a considerarle como “señor” (que es lo mismo que decir Dios, salvador, Mesías…), aun sintiéndose indigno de Él. 

3.- Pero Jesús nos da una lección de confianza. Dios llama y confía su tarea de “pescadores de hombres” a gente sencilla como Isaías, Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Pablo, tú, yo… Dios se fija en quien nunca lo hubiéramos imaginado (o ¿quién se iba a imaginar que Pablo, el gran perseguidor de la Iglesia, fuera llamado para ser el gran apóstol del Evangelio?). “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? ¡Aquí estoy, mándame!”. “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. No pensemos que esto es sólo un relato nostálgico del pasado. Dios sigue llamando hoy a personas que, con la fuerza del Espíritu Santo, se dejan transformar para ser “pescadores de hombres”, constructores del Reino de Dios desde sus familias, sus trabajos, sus amigos, desde la sociedad y la Iglesia. ¿Cómo escuchar hoy su voz? Esa es la gran pregunta que nos debemos hacer. Cuando preparaba esta reflexión, leía un texto que responde bien a esta pregunta y que voy a compartir con vosotros: 

“Para escuchar hay que prestar atención. Para escuchar al Dios que hoy nos habla es necesario prestar atención a lo que nos dice nuestro interior, nuestros deseos, nuestras frustraciones; se hace necesario prestar atención a la vida real, a lo que les sucede a los otros, a los sufrimientos que llevan por fuera y se ven y los que se llevan por dentro y no se ven; es imprescindible prestar atención a la palabra y a la vida de Jesucristo. Si así lo hacemos, iniciamos un camino distinto al de la distracción que la sociedad de consumo nos vende, superamos el miedo y el egoísmo que sólo desean ocultarnos y alejarnos de la realidad personal, social y divina. Y si así nos aventuramos, estamos dejando las ventanas abiertas para que la palabra de Jesús entre en nuestra casa, nos sane, nos devuelva la alegría y nos salve”. 

4.- Prestar atención a nuestro interior, prestar atención a la vida real y prestar atención a la palabra y a la vida de Jesucristo. Así podremos escuchar la llamada de Dios hoy, actualizada, para este momento concreto de nuestra vida y de nuestra historia. Estas son nuestras herramientas. La Eucaristía nos predispone, nos hace receptivos a la llamada, nos ponen en la sintonía de Dios, en su mismo canal, para que no escuchemos ni prefiramos otras voces, otras informaciones, otros entretenimientos, para que no cambiemos de canal. Dios nos habla hoy, aquí y ahora. Prestémosle atención. Nos va la vida y nuestra felicidad en ello. 

5.- EL HONOR DE SER ELEGIDO Y ENVIADO 

Por José María Martín OSA 

1.- «Aquí estoy, mándame». El relato de la vocación de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, subraya la pronta respuesta del profeta a la llamada del Señor. Después de contemplar la santidad de Dios y tomar conciencia de las infidelidades del pueblo, Isaías se prepara para la ardua misión de exhortar al pueblo de Israel a cumplir los grandes compromisos de la alianza, con vistas a la venida del Mesías. Como sucedió con el profeta Isaías, proclamar la salvación implica para cada creyente redescubrir ante todo la santidad de Dios. «Santo, santo, santo», fórmula que se repite en toda celebración eucarística. Es tener experiencia de la bondad de Dios con nosotros. Quien se encuentra con un cristiano debe poder vislumbrar en él, a pesar de la inevitable fragilidad humana, el rostro santo y bueno de Dios Padre. “Por la gracia de Dios soy lo que soy”, dice Pablo. Esta frase tan preciosa figuraba en el recordatorio de mi primera Misa. Pablo ha experimentado la bondad de Dios, que nos llama, nos da el encargo de predicar el Evangelio, pero no nos deja solos, es su gracia la que nos acompaña. Este es su testimonio. Hemos de exclamar agradecidos con el salmo: “Te doy gracias, Señor por tu misericordia y tu lealtad”.2.- El pasaje evangélico de hoy nos narra la vocación de Simón Pedro y de los primeros Apóstoles. Después de haber hablado a la multitud desde la barca de Simón, Jesús les pide que se alejen de la costa para pescar. Pedro replica manifestando las dificultades que habían encontrado la noche anterior, durante la cual, aun habiendo bregado, no habían logrado pescar nada. Sin embargo, se fía del Señor y realiza su primer gesto de confianza en él: «Por tu palabra, echaré las redes». El sucesivo prodigio de la pesca milagrosa es un signo elocuente del poder divino de Jesús y, al mismo tiempo, anuncia la misión que se confiará al Pescador de Galilea, es decir, guiar la barca de la Iglesia en medio de las olas de la historia y recoger con la fuerza del Evangelio una multitud innumerable de hombres y mujeres procedentes de todas las partes del mundo. La llamada de Pedro y de los primeros Apóstoles es obra de la iniciativa gratuita de Dios, a la que responde la libre adhesión del hombre. Este diálogo de amor con el Señor ayuda al ser humano a tomar conciencia de sus límites y, a la vez, del poder de la gracia de Dios, que purifica y renueva la mente y el corazón: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres». El éxito final de la misión está garantizado por la asistencia divina. Dios es quien lleva todo hacia su pleno cumplimiento. A nosotros se nos pide que confiemos en él y que aceptemos dócilmente su voluntad. 

3.- ¡No temas! Hay momentos de la vida que nos ponen frente a nosotros mismos como en un espejo mágico que te devuelve toda tu verdad, o al menos, toda la verdad que nos es posible encajar en ese momento. Y entonces exclamamos como Pedro: ¡aléjate de mí que soy un pecador! Son momentos de lucha dolorosa pero de mucha luz porque la verdad siempre nos hace libres. Sin embargo, está el peligro de quedarnos ahí: cabizbajos, escondidos, encorvados sobre nuestro propio pecado y asombrados por la inmensidad de Dios. Por eso es tan significativo el gesto de Pedro: ha vuelto a lanzar las redes por no contradecir a Jesús pero no parece creer que realmente iba a ser una buena pesca. Las noches se hacen largas cuando no consigues nada de nada en la brega. Pedro, al descubrir la acción de Dios, grita su propio pecado y acercándose a Jesús de rodillas le pide que se aleje. ¿No es una contradicción?, ¿por qué no salió huyendo en lugar de ponerse a sus pies? Este, es el mismo Pedro que años después negará a su Amigo y Maestro delante de toda la ciudad, pero es capaz de reconocer con lágrimas que le ama pero, ciertamente, no da más de sí. ¡No temas! ¡Cuántas veces el Señor nos repite esta invitación! Sobre todo hoy, en una época marcada por grandes incertidumbres y miedos, estas palabras resuenan como una exhortación a confiar en Dios, a dirigir nuestra mirada hacia él, que guía el destino de la historia con la fuerza de su Espíritu, no nos abandona en la prueba y asegura nuestros pasos en la fe. Como Simón Pedro, también nosotros podemos proclamar: «Por tu palabra, echaré las redes ». ¡Por tu palabra! Su palabra es el Evangelio, mensaje perenne de salvación que, si se acoge y vive, transforma la existencia. El día de nuestro bautismo nos comunicaron esta «buena nueva», que debemos profundizar personalmente y testimoniar con valentía. Hoy se nos pide a todos los cristianos que sigamos a Jesucristo y proclamemos el Evangelio con la palabra, pero sobre todo con la coherencia de nuestra vida. 

6.- ¡SOY UN HOMBRE!            Por Javier Leoz 

Sí; a esa conclusión llegó Pedro después de contemplar la asombrosa pesca milagrosa. Donde no había nada, por indicación de Jesús, las redes se despliegan de nuevo y de repente, se rompían y hasta las barcas se hundían incapaces de contener el peso de la pesca. 

1.- Porque, Pedro, además de darse cuenta de lo qué era (hombre) se sentía, por otra parte, pecador. ¿No se preguntaría Pedro; cómo puede el Señor andar conmigo? ¿Quién soy yo para ir en su misma barca? ¿Cómo, éste que convierte la nada en abundancia, se rebaja a estar, trabajar y perder su tiempo conmigo? Espontáneamente, aquel pescador primario y con carácter recio, deja que salga desde lo más hondo de su persona una oración y un reconocimiento de profunda humildad: “apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. 

Y es que ante el esplendor divino de Jesús, la humanidad de Pedro, quedaba al descubierto. Examinaba la noche, agotadora y sin fruto, y ahora con la presencia de Jesús, contempla atónito que todo es un gran prodigio sobre unas barcas incapaces de contenerlo. ¿Qué había ocurrido? Pedro se quedó deslumbrado por la santidad de Jesús. Aquello era inexplicable a todas luces: sus cuerpos cansados, las redes vacías y la vergüenza en sus rostros…le recordaban a Pedro que, Jesús, cumple lo que promete. 

2.- Un rey quiso visitar a una pobre mujer que vivía en una miserable vivienda. La señora, al enterarse de tal intención real, envió un mensaje al castillo: “Mi señor; mi rey. No venga. El lugar donde vivo yo no tiene una sala digna para Vd.”. El rey le contestó: “¿Qué no? He encontrado la casa más valiosa: un lugar donde existe una persona con un corazón humilde y transparente”. 

Así se debió sentir Pedro. Jesús, en aquel momento, le resultaba demasiado grande, impresionante, puro, divino. ¡No era posible que, el Hijo de Dios, se rozase con aquel que, durante toda la noche, había sido incapaz de dar con un sólo pez! 

¡No era posible que, aquel que les decía mar adentro y acertaba de lleno, se fiase de aquellos que cansados y agotados, volvían con las manos vacías! 

El Señor, con su Palabra, nos anima a seguir mar adentro. No tenemos derecho al desaliento ni al pesimismo. ¿Qué nuestros afanes apostólicos no son todo lo fructíferos que quisiéramos? ¿Que muchos de nuestros seminarios no están tan florecientes como en antaño? ¿Que nunca como hoy la Iglesia ha tenido tantos medios a su disposición (económicos, materiales, técnicos…) y que, nunca como hoy encontramos muchas dificultades para sembrar o pescar? El Señor, aún así, se fía. Descansa en nuestra humanidad. 

3.- No es bueno confiar en nuestras propias fuerzas. Miremos al horizonte. Meditemos la Palabra del Señor. El Señor va por delante. Y, teniéndole a El en guardia y retaguardia, podremos dudar de nuestras habilidades y capacidades pero nunca de lo que el Señor nos promete: “yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo”. Esto, entre otras cosas, es una razón poderosa para seguir en la brecha. Para seguir remando en esta inmensa barca que es la Iglesia. Con nuestras virtudes y pecados, orgullo y humildad, fortaleza y debilidad, éxitos y fracasos, ratos buenos y noches amargas. 

El Señor nos quiere así: de carne y hueso…pero dispuestos a dar nuestra vida, o parte de ella, en pro de su Reino. ¿Lo intentamos? ¡Mar adentro! ¡Merece la pena! Aunque a veces, como Pedro, seamos demasiado humanos, pecadores….y hasta indignos del amor que Dios nos tiene. 

4.- ¡APARTATE, SEÑOR! 

Porque, siendo como eres Dios, 

no mereces una compañía como la mía. 

Porque, siendo como eres Eterno, 

mi vida se conforma, demasiadas veces, 

con lo efímero, vacío o caduco. 

¡APARTATE, SEÑOR! 

Porque tu beldad 

pone al descubierto la mentira de mi existencia 

Porque, siendo como Tú eres, 

insistes, una y otra vez, 

en aquellas puertas en las que hace tiempo 

los nudillos de mi mano dejaron de golpear. 

¡APARTATE, SEÑOR! 

Tú me invitas a intentarlo de nuevo, 

y yo doy marcha atrás allá donde no veo éxito 

Tú me animas a mirar hacia el horizonte 

y sigo empeñado en instalarme en el pasado 

Tú te fías, de mis pobres fuerzas, 

cuando yo, frecuentemente, 

dudo de que Tú me apoyes en mis luchas. 

¡APARTATE, SEÑOR! 

Temo tirar la toalla, si el sol no brilla 

Si la suerte no sale a mi encuentro 

Si, las dificultades, son más grandes 

que mi capacidad para hacerles frente 

¡APARTATE, SEÑOR! 

Que, mis pecados, me abruman 

Que, mis pecados, me paralizan 

Que, mis pecados, hacen que me sienta 

como alguien que traiciona 

a Aquel que es Dios bajado del cielo. 

Amén. 

7.- DIOS NOS BUSCA A TODOS                                    Por Ángel Gómez Escorial 

1.- No puede entenderse la vida de un cristiano sin el conocimiento y aceptación de una misión. Pero hay muchos cristianos que viven su fe como una herencia o como una exigencia social, de un grupo, sin saber, demasiado, de donde vienen y a donde van. Pero, además, quien propone o encarga directamente esa misión: pues es Cristo, el Señor. Parecen –claro—palabras mayores. Misión y vocación es, casi, una misma cosa. La vocación también viene como un don de Dios, como algo llegado, en su última valoración, de fuera, del exterior, aunque el corazón ya esté preparado para recibirlo. 

El mayor conocimiento de nuestra vocación –o su descubrimiento—llega en un momento dado, cuando estamos preparados para ello, cuando, asimismo, el Espíritu Santo ha abierto las ventanas de nuestro corazón para poder recibir al Señor que nos manda por ahí. Habrá mucha gente que, con sinceridad, diga que a él nadie ha llegado, ni le ha dicho nada, fuera de lo que oye en la misa dominical a su párroco, aunque sus palabras a veces se hacen aburridas o ininteligibles. Y que toda esa comunicación exterior y transcendente es baldía, o, al menos, imposible de llegar a ella. Es lógico que se muestren dudas –y hasta temores—ante la aparición de sugestiones que han de surgir de fuera de nuestra realidad corriente. Para algunos les sonará a fenómeno paranormal o, incluso, a embustes dirigidos a gente sencilla. Y, sin embargo, muchos otros cristianos han sentido la llamada de Dios y el encargo de su misión en un momento dado, y con una claridad que admite pocas dudas. ¿Qué sucede, entonces? Hay que llegar al convencimiento humilde que el Señor elige a quien quiere y cuando quiere. Pero no es una lotería, ni una elección caprichosa o injusta. Dios nos busca a todos. Pero hay que tener los portalones del alma abiertos para recibirle. La abulia, el desinterés, las presiones sociales, la aceptación de injusticias, el pecado de cualquier tipo, la vagancia interior y exterior son causas claras para que el Señor Jesús pase delante de nosotros y no seamos capaces de verle, ni de escucharle. 

2.- Pero también existen personas que esperan la llegada de Cristo a sus vidas. Y ejercitan su espera con buena voluntad y con buena disposición. Éstos sentirán un poco de envidia de los apóstoles, de Pedro, especialmente según el relato de Lucas en el evangelio que se ha proclamado hoy. Él, el que sería el primer Papa, recibió el signo de una pesca prodigiosa, de una red tan llena de peces que casi iba a reventar. ¡Así cualquiera!, se dirá alguno de nuestros hermanos que esperan su momento de escuchar a Jesús. Puede ser, pero… Pedro echó otra vez la red al agua, y ello contra todo pronóstico razonable. No había pescado nada a lo largo de la noche, a lo largo de la hora propicia para realizar capturas en el lago de Genesaret. ¿Están seguros, esos que esperan, de no haber recibido una invitación difícil o insólita para hacer algo? ¿E, igualmente, están seguros de haber aceptado sugerencias, en voz baja, para hacer algo importante o aparentemente imposible? ¿O, simplemente, una sugerencia repetida a dejar nuestra vida cómoda o aquel defecto repetido? Cuando el joven rico se acerca a Jesús y quiere obtener la perfección. El Maestro se lo explica directamente, sin parábolas, sin acertijos, claramente. “Vende todo, dáselo a los pobres y sígueme”. Pero este joven prefirió sus riquezas. Y el epílogo de ese encuentro fue la tristeza para ambos. Jesús sintió no haber convencido a ese muchacho, al que había tomado simpatía desde el principio. Y el joven no fue capaz de aceptar el precio –sin duda alto—que Jesús le había pedido para seguirle. A cada uno nos llega el encargo de la misión de una cierta manera, con un contenido muy especial y con una exigencia precisa, que, en la mayoría de los casos, no será nada fácil, porque la doctrina de Jesús no es fácil, ni cómoda. 

3.- La primera lectura del Profeta Isaías nos enseña algo. Y es que, si creemos y sabemos que no estamos preparados para cumplir la misión que Dios nos encarga, Él mismo nos ayudará. Pero tenemos que dejar ayudarnos. Estamos dispuestos a aceptar el encargo de Dios pero hay un temor razonable de que no ser capaces de cumplirlo. El ángel, el serafín, que voló hasta el futuro profeta para purificar sus labios es muestra de esa ayuda. Pedro, atónito y asustado, por el portentoso milagro que acaba de ver, se arrojó a los pies del Señor para reconocer que él no era la persona apropiada, para el encargo que le proponía Jesús y se declara pecador… El Maestro le dice, simplemente, “no temas, yo te haré pescador de hombres”. La debilidad del género humano es evidente. Hombres y mujeres no están a la altura de los encargos que el Señor Dios pide. Pero Él, si. Cuando elige a alguien ya sabe quien es “desde que estaba en el seno de su madre”. Pero Dios no impone. Dios no obliga. Podemos decirle que no a Dios. Podemos no aceptar su Palabra. Podemos refugiarnos en la molicie y en abulia. 

4.- La historia de Pablo de Tarso es muy clara –y tremenda—respecto a la forma que el Señor Jesús tienen de elegir a sus colaboradores. Pasó de perseguidor a perseguido, de heterodoxo del judaísmo a contrario profundo de la ley hebrea. Es obvio que todos, alguna vez, hemos suspirado por caernos del caballo y escuchar la voz de Jesús. Pero tengamos en cuenta varias cosas. En primer lugar no sabemos si Pablo iba a caballo. Y en segundo, el perseguidor Saulo pudo no aceptar esa cercanía del Señor, argumentando que le había derribado un rayo o que, simplemente, era una alucinación producto de una insolación, por ejemplo. Rayo e insolación producen a veces ceguera por, precisamente, el exceso de luz. Y, además, recibió un mensaje de humildad. Tenia que dejarse llevar —también contra todo pronóstico—como un inválido, no como un aguerrido policía político, a Damasco y allí esperar. Podría haberse negado y, mejor o peor, seguir su camino y cumplir la otra misión: la de perseguir a los seguidores de Cristo. 

Pablo de Tarso necesitó de muchos años de soledad, convertida poco a poco en enorme formación y preparación, para hacer y decir lo que hizo y lo que dijo. Todavía, nadie, en el ámbito de los cristianos, ha conseguido superar su ciencia cristológica. Su conocimiento profundo de Jesús, conseguido con esfuerzo y trabajo, aunque, sin duda le llegó también con la ayuda del Espíritu Santo, que, de acuerdo con la promesa de Jesús, “nos enseñará todo”… si nos dejamos. Y ahí está esa impresionante Carta a los Corintios en que anuncia y comenta la Resurrección de Jesús con datos y claridad. Pablo abre los caminos para el conocimiento de la doctrina de la resurrección de los muertos que es una de las mayores esperanzas de los cristianos. 

5.- Deberíamos aprovechar este momento, la jornada de hoy y los siguientes días para reflexionar sobre el momento de nuestra fe, de nuestro seguimiento al Señor Jesús y saber si hemos sido capaces de escuchar su voz. Y no olvidemos que tenemos instrumentos para ser capaces de recibir sus mensajes. El bautismo –nos dice el Señor—nos ha hecho profetas, reyes y sacerdotes. Y no es una broma. Desde aquel día muy lejano en que, siendo niños, nos bautizaron en nuestras almas permanece la semilla de tales tres dedicaciones. Y si nos creemos capacitados para ejercer la medicina o la abogacía, o a conducir un automóvil, porque lo dice un título, un diploma, deberíamos aceptar nuestra alta misión espiritual que el bautismo del Señor Jesús nos ha comunicado. Y si tenemos dudas, pues nada, a preguntárselo al mismo Señor Jesús, que sin duda, nos va a responder. 

LA HOMILÍA MÁS JOVEN 

RESPONSABILIDAD ANTE LOS DEMÁS Y ANTE UNO MISMO 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Todos vosotros habréis visto, mis queridos jóvenes lectores, un charco o un lavajo de agua sucia, en ambos casos, sabemos que son cosas inútiles y hasta molestas, que uno trata de alejarse, para no ensuciarse. Sabéis también que las montañas, muchas veces, se cubren de nieve, que lentamente se va fundiendo y que, mientras empapa la tierra y riega la vegetación, va descendiendo, forma torrentes hasta llegar a un pantano. Un embalse puede parecer una ciénaga grande, pero es muy diferente. Recibe agua y la almacena, evitando inundaciones, al dejarla salir de su seno, mueve turbinas que generan electricidad, en su fondo ha ido acumulando los lodos que hubieran enturbiado las conducciones domésticas. Un pantano no es un usurero del agua, la recibe la conserva un tiempo y la regala, como don muy útil. 

2.- La larga explicación que os he dado, quiere ser una glosa a lo que dice San Pablo. Escanea la historia apostólica, se examina a sí mismo y se analiza sin engañarse. Reconoce que todo lo bueno que hay en él, lo ha recibido. Lo malo, lo había introducido él mismo en sí. Pero el balance es positivo. La Gracia que le ha llegado, que ha acumulado, no ha sido inútil, esta es su grandeza. 

Las aguas van a los desagües y se conducen a las cloacas. Continuarán siendo aguas, pero serán inútiles. Para que no perjudiquen demasiado, tal vez una central depuradora las mejorare, pero es labor costosa. El agua cristalina de un riachuelo de montaña, acaricia las manos, apaga la sed, alegra las flores. 

El agua somos nosotros, mis queridos jóvenes lectores. Que seamos útiles o dañinos, dependerá de cómo manipulemos los dones recibidos de Dios. Es preciso que hagamos un riguroso examen de conciencia. ¡Ayúdanos, Señor, a ser limpia y saltarina agua de montaña o saludable y enriquecedora de pantano! 

3.- Nuestra cultura, la que llamamos occidental y en la que estamos sumergidos los del primer mundo, se ha aficionado actualmente a valores mediocres. Valores positivos, auténticos, pero valores triviales. Os digo y repito que soy viejo, os cuento que a los trece años ya revelaba en un cuarto de baño negativos fotográficos, que me hacía radio-galenas que captaban emisoras próximas… ¡cuantas cosas hice entonces! Poco a poco fui observando el progreso de la técnica. Nunca soñé que pudiera manipular imágenes de color en casa, como me permite hacerlo el PhotoShop, e imprimirlas a continuación. Los pequeños aparatos de radio que captan emisoras de onda corta de todo el mundo, me eran inimaginables. Los rudimentarios teléfonos con micrófono de carbón, se parecen muy poco a los magnéticos o los diminutos electret de nuestras megafonías y teléfonos móviles. Perdonadme lo que os ha podido parecer pavería, quería yo convenceros de que me gustan los adelantos y de que no estoy tranquilo hasta que no sé como funciona la última novedad que saca el mercado, pero, con la misma sinceridad os digo, que nada de ello me aporta la felicidad que me depara, el vivir siguiendo lo que me sugiere el Señor. 

4.- La superficialidad estimula el consumo, el de las cosas necesarias y el de las inútiles y distrae a la persona, para que no sea crítica con el proceder de los que dirigen la cosa pública. Ambicionar y mantenerse en valores intermedios, exige poco esfuerzo y permite que vaya creciendo la corrupción de los poderosos. Este mundo, aparentemente placentero, conduce al hastío, pero, mientras tanto, muchos a costa de ello medran. 

Jesús dice a los Apóstoles: remar mar adentro, llevemos la barca a las profundidades. ¿Qué podía enseñar un carpintero de tierras adentro a un experto pescador? Pero lo dice el Señor y se arriesgan. Con ello saborean el éxito y el asombro. Hubo muchos compañeros de Pedro y Juan, que continuaron lanzando sus redes atrapando peces, pero los que continúan siendo duchos conductores y servidores de la humanidad, que anhela satisfactorios rumbos, son ellos que respondieron primero, acudiendo a las profundidades, después aceptando abandonar las redes, valores intermedios, para convertirse en pescadores de hombres, profesión de suma categoría en el Reino de los Cielos. 

NOTA MARGINAL. Hasta 1948 las especies del Lago eran idénticas a las que atrapaban las mallas de de los Apóstoles. Hoy en día abundan foráneas que rinden más y otras que ignoro el motivo de que las hayan implantado. Estoy pensando en el “pez gato” de origen oriental y que, por carecer de escamas, las normas judías prohíben su consumo. He visto muchos ejemplares de más de dos palmos. El famoso “pez de San Pedro” que ningún viajero de aquellas tierras puede dejar de probar, por supuesto, no es semejante al que sacó el Apóstol y obtuvo la moneda del tributo. Pese a ello, el Lago, especialmente al amanecer, conserva todavía gran encanto. No hace muchos años, se encontró una barca semejante a las que utilizaban los Apóstoles y que navegaría junto a las suyas, de esto los estudiosos no dudan. Incomprensiblemente, los peregrinos no se acercan a contemplarla, pese a ser fácilmente visitable en el Hotel-Kibutz de Guinosar, próximo a Tiberias. Cuesta muy poco, cuando uno está a su lado, imaginar el lugar que en la popa ocupaba Jesús y la carga que eran capaces de aguantar las cuadernas, ciertamente no preparadas para pescas milagrosas. De aquí que haya dicho contemplar la barca, y no simplemente verla. 

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