Lectio Divina Dom. 32° T:O. «B»

Lectio Divina Dom. 32° T:O. «B»

1.- LA GENEROSIDAD DE LOS RICOS Y LA GENEROSIDAD DE LOS POBRES 

Por Gabriel González del Estal 

1.- ¡Cuidado con los escribas!… devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos… Se acercó (al templo) una pobre viuda y echó dos reales. Jesús llamando a sus discípulos, les dijo: Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir. El valor de la limosna no se puede medir, desde el punto de vista religioso, por la cantidad de lo que se da, sino por la intención y circunstancias sociales y religiosas del que la da. Si uno da mucha limosna, pero lo hace por vanidad, o por intereses sociales propios, o por cualquier otro motivo personal y egoísta, su limosna puede aprovechar, evidentemente, al que la recibe, pero, desde el punto de vista religioso, no tiene valor especial para el que la da. El ejemplo que nos pone el mismo Jesús en este relato evangélico, según san Marcos, no puede ser más expresivo: los “escribas” que dan de lo que les sobra y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos, es valorado negativamente; en cambio, los dos reales de la viuda pobre, que da todo lo que tiene para vivir es valorado por Jesús como una gran virtud religiosa. Nosotros, por supuesto, no debemos deducir de estos ejemplos que la toda la limosna que dan los ricos carece de valor religioso, mientras que toda la limosna que dan los pobres es religiosamente muy valiosa. Tampoco en el tema de la limosna podemos decir que todos los ricos son malos y todos los pobres buenos. Como nos dirá más de una vez san Pablo, nuestras limosnas deben ir dirigidas siempre al bien de aquellos a los que se las damos, nunca a los intereses personales y egoístas que nosotros tengamos. Seamos generosos todos, que nuestra generosidad económica es un buen medidor de toda nuestra religiosidad personal. Además, que, como ya nos decían los clásicos “hay más ganancia en el dar que en el recibir”. No debemos, ni podemos pensar que debemos dar todo lo que tenemos, sino que con nuestras limosnas debemos tratar siempre de contribuir a que nuestra sociedad sea un poco más justa y menos desigual de lo que es. Tampoco entendamos la limosna sólo como un tema de dinero; se puede ayudar al prójimo necesitado y dar limosna de otras muchas maneras. Lo importante, repito, es ser generoso; después que cada uno de nosotros examinemos hasta dónde llega nuestra generosidad. 

2.- El profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta. La figura del profeta Elías tenía una significación muy grande en tiempos de Jesús. Hoy en el libro de los Reyes se presenta al profeta pidiendo una limosna a una viuda pobre y, además, extranjera, no judía. El profeta recompensa a esta pobre viuda haciendo que ni la harina, ni el aceite de la alcuza se vacíen. Bien, para nosotros lo importante es considerar el valor universal de la limosna ante Dios. Hacer limosna ante Dios siempre es bueno, la haga quien la haga. Lo importante es, como ya hemos dicho, que la limosna se haga con intención recta y pensando siempre más en el bien de la persona que la recibe, que en el propio bien personal. Más pobres que la viuda de Sarepta no creo que seamos ninguno de nosotros. Hagamos, pues, limosna todos nosotros en la medida de nuestras posibilidades. Dios nos lo recompensará. 

3.- Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. En esta lectura de la carta a los Hebreos se sigue insistiendo en el valor universal del sacerdocio de Cristo. Cristo quita los pecados del mundo, como decimos todos los días antes de comulgar. Todos nosotros, por el bautismo, participamos del sacerdocio de Cristo; pidamos, pues, todos nosotros a Dios para que nos perdone a todos nuestros pecados y nos salve, como hizo el mismo Cristo, nuestro único y eterno sacerdote. 


2.- JESÚS EN EL TEMPLO 

Por Francisco Javier Colomina Campos 

Ya en Jerusalén, y cercana la hora de dar la vida en la cruz, encontramos a Jesús en el Templo enseñando a sus discípulos. En el pasaje de hoy, tras varias discusiones con los escribas y fariseos, Jesús advierte a sus discípulos de la hipocresía de éstos, mientras que les muestra a una pobre viuda como el ejemplo a seguir. Toda la escena del Evangelio de hoy transcurre en el Templo de Jerusalén. 

1. “¡Cuidado con los escribas!”. Es la primera advertencia que hace Jesús en el Evangelio de hoy. Los escribas en tiempos de Jesús eran aquellos hombres que conocían al dedillo las Escrituras. En principio no eran mala gente, pues conocían la Ley y procuraban llevarla a la práctica. De hecho, el domingo pasado escuchábamos cómo un escriba preguntó a Jesús con intención de conocer cuál de todos era el mandamiento principal, y Jesús terminó diciéndole que no estaba lejos del reino de Dios. Sin embargo, Jesús advierte hoy a los discípulos acerca de una actitud que era muy común entre los escribas: buscaban la apariencia, los honores, el protagonismo, aprovechándose incluso de los más pobres, como eran las viudas, con el pretexto de hacer largas oraciones por ellas. Jesús advierte de la hipocresía de esta gente, que debiendo ser ejemplo para el pueblo de Israel, pues eran los maestros de Israel, sin embargo se aprovechaban de su situación y de su estatus para ganarse buena fama, honra y dinero. La hipocresía de los escribas consistía en manifestar externamente una gran religiosidad, pues estaban en el Templo enseñando y haciendo oración, mientras que en realidad estaban extorsionando a la gente sencilla y pobre, imponiéndoles cargas que ni ellos mismos eran capaces de soportar. Jesús advierte que éstos recibirán una condena más rigurosa, pues ya se han llevado su premio con los honores y los aplausos de la gente. La misma advertencia que Jesús hace a sus discípulos nos la hace hoy también a nosotros: no se trata ahora de que pensemos quiénes son los escribas de nuestro tiempo para apartarnos de ellos y juzgarlos por su mala conducta, sino más bien hemos de pensar cómo en ocasiones también nosotros tenemos en nosotros mismos esas mismas actitudes de los escribas. También a nosotros, tantas veces, nos gustan los honores, las apariencias, y cuántas veces, aún sin darnos cuenta, nos estamos aprovechando de los más débiles, incluso bajo una apariencia de vida religiosa. 

2. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”. Estando todavía en el Templo, y tras advertir a los discípulos sobre la hipocresía de los escribas, Jesús se fija en una pobre viuda que echa “dos monedillas” en el arca de las ofrendas del Templo. Jesús pone en contraposición lo poco que esta viuda echa en el arca, con la cantidad de dinero que los ricos y los más pudientes echaban en el arca, y afirma que aquella viuda ha echado más que los ricos. Parece que Jesús no sepa contar, pues desde una visión humana y económica, los ricos han puesto más que la viuda. Sin embargo, Jesús mira el corazón, la intención y la voluntad de la gente. Y mientras que los ricos echan de lo que les sobra, sin embargo esta viuda ha echado todo lo que tiene. Por tanto, nos enseña el Señor que, a los ojos de Dios, esta viuda ha dado más, pues ha dado todo lo que tiene para vivir. Este pasaje se completa con el de la primera lectura de este domingo, del primer libro de los Reyes, en el que leemos cómo otra viuda pobre prepara al profeta Elías una torta con la poca harina que le quedaba. A pesar de que aquella viuda dio todo lo que tenía, sin embargo no se quedó sin nada, pues “ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó”, como estaba escrito. Pues el que da todo lo que tiene y lo pone en manos de Dios, nunca se queda sin nada. Qué distinta es la actitud de estas dos viudas en comparación con la de los escribas del Templo, pues aunque tienen poco, lo dan todo y Dios se lo recompensa, mientras que los escribas y los ricos, teniendo tanto, dan sólo lo que les sobra, aprovechándose incluso de la gente sencilla. 

3. La Iglesia es el nuevo Templo de Dios. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se nos dice que Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, ha ofrecido el sacrifico de su propia vida de una vez para siempre, no como los sacerdotes de la Antigua Alianza, que tenían que ofrecer el sacrificio año tras año. Así, Cristo ha entrado en el Templo del Cielo. Ya no sirve el Templo de Jerusalén, imagen del Cielo, sino que Cristo ha entrado para siempre en el santuario celestial, abriéndonos las puertas para que también nosotros podamos entrar. Así, aquello que sucede en el Templo terrenal de Jerusalén, donde unos ricos se aprovechan de los demás viviendo de la hipocresía y de la apariencia, mientras que los pobres dan todo lo que tienen a Dios, tendrá después su recompensa en el Templo celestial, donde los que buscan las apariencias aprovechándose de la gente sencilla “recibirán una condena más rigurosa”, mientras que los más pobres que dan todo lo que tienen recibirán su recompensa. Pero mientras que lleguemos a la morada del Cielo, aquí en la tierra, la Iglesia es ya imagen de ese Templo celestial. De modo que en la Iglesia hemos de hacer realidad cuanto Jesús nos enseña hoy en el Evangelio: dejar atrás las apariencias, la honra y los aplausos, para darnos del todo a Dios como hicieron las dos viudas que la Escritura nos presenta hoy. 

Este domingo, pidamos a Dios que nos haga más sencillos y humildes, tanto que seamos capaces de darle todo lo que tenemos, y desterremos de nosotros la actitud de aquellos escribas que sólo buscaban honra y beneficios. Que nos ayude a ello el ejemplo de María, la humilde Sierva del Señor. 


3.- LOS POBRES DE NUESTRO TIEMPO NOS NECESITAN 

Por José María Martín OSA 

1.- Amor preferencial por los pobres. Jesús denuncia a los letrados judíos. Ellos son los especialistas de la ley y, por tanto, de cualquier explicación sobre Dios. Sin embargo, se olvidan de lo principal: el amor a Dios y al prójimo, como destacaba claramente el evangelio del domingo pasado. Denuncia su ostentación y su soberbia autosuficiente. Reacciona contra su proceder injusto, engañando a los más débiles con pretextos piadosos. Nos pone en guardia no tanto en el sentido de que desconfiemos de ellos, cuanto en el de no seguir su ejemplo. El evangelista Marcos toma parte a favor de los sencillos, de los débiles y necesitados de ayuda. Debemos preguntarnos nosotros ahora, ¿dónde está la opción por lo pobres que la Iglesia proclama? En un mundo globalizado, donde los pobres llevan la peor parte y tienen poco que esperar, los cristianos tenemos que asumir la opción que hizo Jesucristo. Jesús vino a anunciar la Buena Noticia a los pobres, reclamando también de ellos la conversión y la fe. Jesús nos ha revelado que Él es servido y acogido en los hambrientos y forasteros. Pero no excluimos a nadie en nuestro amor. Si debemos amar con preferencia a los más débiles y vulnerables es porque lo necesitan más, pero nuestro amor debe extenderse a todos. 

2.- El gesto de la viuda pobre. Una viuda en Israel es el mejor símbolo de la persona desamparada y débil. No es raro que el evangelio hable de ellas frecuentemente. Ahora, Jesús alaba a una viuda por su generosidad. Los ricos daban mayor cantidad de dinero, pero su vida seguía igual, no lo notaban, porque daban de lo que les sobraba. Se sentían «seguros». La viuda, en cambio, dio de lo que necesitaba. En realidad dos reales era la moneda de cobre en curso de menos valor. Pero se quedó sin algo de lo que hubiera necesitado para comer. A causa de su limosna, su vida tuvo que cambiar y lo notó… Esta generosidad es la que alaba el Señor. De estas personas es el Reino de Dios. Esto sí que es generosidad. El gesto solidario de la viuda de Sarepta tiene más mérito todavía, pues comparte con un extranjero lo único que tenía para vivir. 

3.- ¿Cómo entendemos nosotros el llamado «ejercicio de la caridad»? Nos quedamos muchas veces en la simple limosna que adormece nuestra conciencia del sentimiento de culpa. Mientras millones de personas pasan hambre, nuestra sociedad derrocha a raudales lo que otros necesitan para vivir. Como cristianos estamos llamados a compartir lo que hemos recibido y debemos tener cuidado, pues «no podemos servir a Dios y al dinero». Hay muchos extranjeros cerca de nosotros que huyen del hambre y se contentan con lo que cae de la mesa del rico. Se exponen a mil peligros, con tal de encontrar un trabajo que pueda llenar el estómago de los suyos. ¿Cómo les acogemos? Quizá nos reímos de ellos, hacemos chistes xenófobos y racistas o abusamos de ellos pagándoles una miseria. Creemos que vienen a quitarnos nuestro trabajo o a contaminar nuestra cultura, o a imponer su religión. La viuda de Sarepta compartió lo que tenía y obtuvo recompensa por su generosidad. Es necesario que estemos despiertos para ver el nuevo rostro de la pobreza de este mundo globalizado. Y si lo vemos, que examinemos sus causas y pongamos manos a la obra para solucionarlos. Es el «ver, juzgar y actuar» de la tan denostada, muchas veces injustamente, teología de la liberación. Jesús vino a demostrarnos que el amor transforma los corazones y la sociedad. Pongamos en juego una «nueva imaginación de la caridad» adaptada a las necesidades de nuestro mundo. Podemos decir que el evangelio de hoy es la explicación práctica del evangelio del domingo pasado. Jesús dejó bien claro cuál era el único mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. 


4.- EL CIENTO POR UNO Y LA VIDA ETERNA 

Por Antonio García-Moreno 

1.- EN UNA DURA SEQUÍA. «En aquellos días se puso en camino hacia Sarepta y al llegar a la puerta de la ciudad encontró allí a una viuda que recogía leña» (1 R 17, 10). Tiempos difíciles cuando la lluvia no acaba de llegar. Elías, el profeta de hierro, había gritado la maldición de Dios sobre el pueblo pecador. Los campos aparecían duros y secos; el ganado, escuálido. La pobreza había hecho su mansión en Israel; la miseria y el hambre rondaban por sus poblados tristes y polvorientos. 

Elías se escondió en el torrente Querit, en la ribera oriental del Jordán. Allí había pasado algún tiempo. Pero también aquel torrente se secó. Y nuevamente el Señor dirige sus pasos: Vete a Sarepta de Sidón. Una pobre viuda que vive allí te alimentará… Unas palabras extrañas. En aquella región tampoco había llovido. Y de una pobre viuda poco se podía esperar. Pero Elías se marcha, obedece. Y cuando llega, la ve recogiendo leña. Le pide agua. Después, armándose de valor, le pide pan. Ella protesta, pero Elías insiste. La mujer obedece y el milagro se produce. 

Tener fe, esperar contra toda esperanza. Aceptar los planes de Dios, por extraños que sean. Obedecer a la voluntad de Dios, aguardar serenos y confiados. El agua caerá a su tiempo y la tierra dará su fruto. Y lo que es más importante, en el corazón habrá brotado la esperanza, habrá brillado la fe, se habrá encendido el amor… Haznos comprender, Señor, que todo eso vale muchísimo más que tener todos los campos verdes y el ganado alimentado. 

«Te juro por el Señor tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza» (1 R 17, 12). Aquella mujer responde enojada: “Ya ves que estoy recogiendo leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos». Sus palabras están cargadas de tristeza. No hay otra solución. Se comerán lo poco que les queda y después, muy juntos, hijo y madre, esperarán la inexorable muerte. 

Pero Elías de dice: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho; primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después». Ella se olvida por un momento del hambre, se dispone a entregar lo que Dios le pide por medio de su profeta. Y entonces «ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó. 

Darlo todo, hasta quedarse sin nada. Dar lo más que podamos. Y mientras más entreguemos, mayor será la recompensa… Qué tontos somos, qué malos negociantes. No nos damos cuenta de que lo poco que entregamos se nos devuelve centuplicado, revalorizado con valor de eternidad. Ayúdanos, Señor, a darnos por completo, a darte, de un modo o de otro, cuanto tenemos… No creemos que tú seas muy poderoso, muy rico, muy dadivoso y magnánimo al corresponder, el ciento por uno y la vida eterna. No comprendemos que nadie te puede ganar en generosidad. Ten compasión de nuestra torpe y absurda tacañería. Y ayúdanos, te repito, a saber abrir generosamente nuestro corazón y nuestra cartera. 

LA GENEROSIDAD DE LOS POBRES: «… ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 44) Aquellos escribas hacían de su oficio un honor y no un servicio. Es cierto, y lo dice la Escritura, que quienes presiden y quienes enseñan a los demás merecen un doble honor. Pero ese honor y ese respeto ha de venir espontáneamente de quienes reciben la enseñanza, y nunca buscado ni exigido por quienes la imparten. Así, pues, a nuestros maestros y guías les debemos veneración y docilidad. Por el contrario, a quienes enseñamos -hay muchas maneras de ser maestro en la vida- les debemos nuestro tiempo y nuestros desvelos, un servicio desinteresado y generoso que sólo procure el bien de aquellos que el Señor, de un modo u otro, nos ha confiado. 

Si no actuamos así, dice el Señor, recibiremos una sentencia más rigurosa. Es lógico que sea así. Si cumpliendo con el deber de enseñar a otros merecemos un premio especial, también será de especial el castigo si descuidamos tan grave obligación como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina y aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad. 

Jesús con sus discípulos, como tantas otras veces, está sentado en los atrios del Templo. El Señor toma ocasión esta vez para impartir su enseñanza de un hecho que, quizá para muchos, pasó desapercibido. Entre aquellos que echaban grandes limosnas, casi oculta entre la muchedumbre, una pobre viuda echa también su humilde limosna, dos reales dice la traducción litúrgica. Una insignificancia en fin, sobre todo en comparación con las grandes sumas que otros echaban. 

Y, sin embargo, a los ojos de Jesús, o lo que es lo mismo a los ojos de Dios, aquella modesta limosna valía más que la de los otros. Estos echaban mucho al parecer, pero echaban de lo que les sobraba. En cambio, la pobre viuda daba cuanto tenía, que además, le era necesario para sobrevivir. Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor de Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojalá lo entendamos y lo practiquemos, ojalá seamos tan generosos como la pobre viuda, capaces de darlo todo. 


5.- LA PARADOJA DE LA VIUDA POBRE 

Por Ángel Gómez Escorial 

1. – Llama la atención que Jesús no diga: «Esa pobre viuda no debería haber echado nada en el cepillo.» Se refiere, sin embargo, al acto de suprema generosidad, que es entregar para el culto a Dios lo que era necesario y no superfluo. Los pobres, los desheredados, los marginados, los pecadores también deben ayudar a la Iglesia, igual que los ricos, los guapos, los triunfadores o los que se consideran justos y buenos. Igual, unos que otros, en cuanto al gesto de aportar y, obviamente, no igual respecto a la cantidad. 

2. – A veces quienes reciben ayuda material de la Iglesia pueden negar a la Casa de Dios, en cualquier momento, su ayuda personal. Y eso no es justo. Incluso, si se quiere ver así, resulta discriminatorio para la Iglesia. Todos somos iguales ante la Madre Iglesia y todos debemos de atenderla y cuidarla. Si la Iglesia –todos los días– reza por nosotros, hemos de hacerlo igualmente por ella y sus necesidades. Es verdad que todos somos Iglesia y por eso aparece esa igualdad que obliga a ricos y pobres. Jesús valoró la pequeña limosna de la viuda pobre, pero no aconsejó que no diera su moneda de dos reales. Es una enseñanza para meditar y entender que todos somos iguales en el Templo. A veces, pues, no solo hay que «obligar» a los ricos a esa igualdad, a los pobres también. 

3.- Pero tampoco es lícito obviar en el tema de la pobreza las desigualdades o abusos que producen la pobreza. Jesús dijo que siempre tendríamos pobres con nosotros. Pero lo deseable es que algunos de los pobres que de acercan a nosotros dejen de serlo. Con ello, sin duda, no se terminarán, pero habremos ido resolviendo los problemas que nos llegan. Y tendremos la oportunidad de ayudar a nueva gente con problemas que llegue a nosotros. Y hay otra cuestión: hay personas dentro de la Iglesia que desprecian la limosna que llamaríamos inmediata… ¿Hay que dar algo al mendigo –o mendiga—que pide a la puerta de nuestra parroquia? ¿O es una fórmula de implementar la vagancia? Pues no, siempre –en la inmensa mayoría de los casos—la gente pide porque lo necesita. Se ha dicho que es mejor enseñar a pescar, que dar un pez. ¿Pero ese pez no vendrá a resolver un problema de inmediata hambre y después habrá que intentar lo de la enseñanza? 

La viuda del relato evangélico no hizo tantas cábalas respecto al momento y fin de su limosna, su misericordia le llevó a dar más de lo superfluo, a darlo todo. Jesús de Nazaret cuando ponía el ejemplo de la viuda no estaba creando un tratado sobre la pobreza o sobre la justicia social, advertía, sin embargo, la grandeza de un corazón… Pues eso. 


LA HOMILIA MÁS JOVEN 


GENEROSIDAD EXIGENTE 

Por Pedrojosé Ynaraja 

Sí, exigente. No consecuencia de personal sentimentalismo o de campañas que recuerdan situaciones injustas, a las que hay que responder por ciudadana corrección. 

1.- Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que una de las realidades que pasarán a los manuales de historia respecto a nuestro tiempo, será la creación de las ONG. Hace pocos años que se “inventaron”. Recuerdo que me había encontrado unas cuantas veces con la sigla, sin saber qué significaba. Me invitaron a colaborar con una de ellas y al solicitar yo el sentido que tenía la palabra y decirme “Organización No Gubernamental” de inmediato dije: pues, así lo que yo hago es una ONG. No, me advirtieron, se trata de entidades reconocidas por las leyes y con atributos propios, que nos permiten ayudar venciendo obstáculos y atravesando fronteras, que de otra manera, tal vez, no nos lo permitirían, o exigirían pagar elevadas tasas aduaneras. Cooperé con ella y posteriormente lo hago con otras. Alguna hasta te entrega un carnet de colaborador, otras favorecen desgravaciones a quienes hacen declaración de renta. Quien obra de acuerdo con estos criterios puede considerarse buen ciudadano e inmerso en la cultura cristiana y, según sea su aportación, hasta considerarse buen cristiano. Pese a lo dicho, a la luz de las lecturas de la misa de este domingo, creo hay mayores exigencias. 

2.- Vuelvo a lo anterior. En situaciones de gran catástrofe natural o violento y extenso percance, ONG’s de categoría como la Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras. Intermón, Manos Unidas, por citar las que ahora se me ocurren y son más conocidas, son la mejor y más inmediata respuesta al gran siniestro. Es bueno, pues, colaborar y buen hacer cristiano, repito. Pero en situaciones concretas en las que una sola persona o familia se ve implicada y la necesidad es inmediata de tal manera que no es posible esperar a que las oficinas de la asociación filantrópica más cercana estén abiertas, la respuesta personal, generosa, exigente, cristiana, debe ser inmediata y en algún caso, para no perjudicar la fama de quien lo solicita, tal vez deba ser r secreta, o por lo menos, discreta. No es suficiente decir a quien está desnudo y carece de sustento diario: “vete en paz, caliéntate y hártate, pero no le das lo necesario para el cuerpo ¿de qué sirve? La Fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (carta de Santiago 2, 14ss) 

3.- Es preciso dar de lo que uno tiene, sin calcular demasiado si más tarde va a necesitarlo. O es preciso dar en función de lo que uno está gastando para su propio bienestar o distracción. Por ejemplo, cuando se acerca Navidad y se compra lo que alegrará esos días, cuando vuelve uno de un viaje de vacaciones o turismo y calcula lo que ha gastado, cuando uno decide cambiar su PC o la impresora, con sus adminículos correspondientes, etc., etc. cuando para satisfacer su sed en vez de beber agua escoge un refresco, en función de estos y otros gastos que no son indispensables, que por correctos que sean no son estrictamente necesarios para continuar viviendo, sacar de donde sea, el dinero, la ropa, no la que sobra, sino la que el prójimo precisa, los alimentos que guarda en la despensa, entregarlos de inmediato, sin dudar, como deber y exigencia de conciencia cristiana. Este será el proceder del buen discípulo de Jesús. 

4.- Cuando uno lee el relato del “Libro Primero de los Reyes” que se nos ofrece como primera lectura de la misa de hoy, la actitud del profeta Elías nos parece que es de injusta y soberbia insolencia. Y lo sería si se tratara de uno de aquellos, como tantos hay, que siempre están pidiendo, arguyendo personales apuros, pero que se escurre y huye, cuando alguien precisa ayuda, razonando razones razonables, que le impiden colaborar. 

5.- No es este el caso de Elías, hombre de Dios, de austera vida, de generosa disponibilidad, que se juega la vida por la salvación de su pueblo, que recorre super maratonianas distancias para escuchar y obedecer a Dios. Pide, más bien exige, pan, para después él dar mucho más. Reclama por un momento pan y proporciona más alimento para siempre a la pobre viuda que encontró recogiendo leña. 

6.- Con humilde sinceridad os cuento, mis queridos jóvenes lectores, que en mis tiempos jóvenes, que me desplazaba a la buena de Dios, con tienda y butano para calentar la comida, pero sin defensa, ni capital suficiente para situaciones inesperadas de tempestad y frío, cuando buscaba refugio, decía en mis adentros: Dios mío, que me dejen entrar en su casa como yo a otros dejo entrar en la mía. Y suplicaba un rincón, tal vez un pajar, o un almacén vacío. Si me creía merecedor de tal abrigo, es porque mi casa siempre ha estado disponible. Un souvenir que me trajeron de Asís y lucía en la puerta rezaba así: “la mia casa e aperta al sole, agli amici e agli hospiti” 

7.- Comentando la tercera lectura. El relato evangélico seguramente transcurre en el llamado atrio de las mujeres. Recibía tal nombre porque en las escalinatas laterales se situaban ellas para contemplar a los varones que bailaban. Aun hoy en día, hablo por experiencia de hace unos años, no sé cuál es el proceder exacto del hoy que os estoy escribiendo. Por la bajada de la izquierda del Muro Occidental, mal llamado de los lamentos, hacia el atardecer de nuestro viernes, que allí ya es sabat, descienden alegre y multitudinariamente los jóvenes alumnos de las escuelas rabínicas, saltando y cantando y, en llegando al llano, bailan llenos de gozo. Jóvenes o adultos varones. No chicas, ni mujeres. Algo así debía suceder en este atrio al que vuelvo a referirme. 

8.- En los ángulos de este espacio, imaginad una plazoleta de un pequeño municipio actual, el recinto que llamamos santuario, prohibida su estancia a los no judíos, había unos pequeños recintos destinados a almacenar la leña necesaria para los sacrificios, otra para inspeccionar a los que pudieran habérseles detectado lepra, pero que en realidad no lo era, otro para guardar el aceite de las lámparas y los perfumes (incienso, por ejemplo) y finalmente en el que se depositaban las ofrendas, “dinero del templo” , no cualquier moneda, que allí las comerciales, perdían totalmente su valor. El ámbito, aun siendo sagrado era jocoso, multitudinario y lugar de encuentro, comunicación personal y cierta convivencia y discusión entre amigos. Tal proceder del conjunto, significaba que el de una persona podía pasar perfectamente desapercibido, sin que nadie lo viera. La buena mujer, anciana, por lo menos viuda, esa situación en la que los que estamos situados sabemos que muchas amistades ya han muerto y nadie se preocupa de en qué pasa el tiempo, esa desamparada mujer, entrega o introduce su limosna, mucho más de lo que en justicia y prudencia le correspondía dar, sin que nadie mire, ni se preocupe. Nadie no, el Maestro está atento, le interesa más su humilde proceder, que el posible vaciado de las bolsas de los potentados. La viuda da más de lo que razonablemente le toca dar. 

Así debe ser vuestro proceder, mis queridos jóvenes lectores. Nunca seáis prudentes, cuando se trate de ser generosos. El magnánimo siempre sale ganando. 

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