LECTIO DIVINA DOM. 30° T.O. «B»

LECTIO DIVINA DOM. 30° T.O. «B»

1.- JESÚS SE ACERCA A NOSOTROS 

Por Francisco Javier Colomina Campos 

Después de la enseñanza sobre el servicio del domingo pasado, en su subida a Jerusalén, cuando ya están cerca de la Ciudad Santa, al salir de Jericó, Jesús se encuentra con un ciego llamado Bartimeo, sentado al borde del camino. Aquel pobre hombre abrió primero los ojos de la fe al reconocer a Jesús que pasaba por allí, y después Jesús le abrió los ojos de la cara para poderlo seguir. 

1. “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Esta es la petición del ciego Bartimeo. Era pobre, no tenía nada, vivía en la miseria debido a su ceguera, y estaba al borde del camino pidiendo limosna. Pero su ceguera no le impide reconocer a Jesús que pasa por allí. En su grito de auxilio, Bartimeo confiesa la fe en Jesús como Mesías al llamarle “Hijo de David”. Es sorprendente que aquel ciego, que no veía lo que pasaba por delante de él, sin embargo sí reconoce y confiesa a Cristo como salvador. Por eso le pide con insistencia que tenga compasión de él, pues sabía que Jesús era el único capaz de sanar de verdad su ceguera. Es de destacar que Bartimeo insiste en su intento de llamar la atención de Jesús, a pesar de que le regañaban para que se callara. El grito de aquel ciego era un grito sincero de petición de auxilio. Tantas veces nuestra vida se parece a la que aquel ciego. Tantas veces nosotros estamos echados al borde del camino de la vida, ciegos, sin ser capaces de ver ni de reconocer lo que sucede a un palmo de nuestros ojos, ciegos quizá por la tristeza, por el egoísmo, por nuestro afán de tantas cosas… Pero sin casi darnos cuenta Jesús pasa por nuestra vida. Le sentimos a nuestro lado, y en medio de tantos ruidos elevamos nuestro grito suplicante: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Tantas veces en nuestra vida hemos de gritarle a Dios, como Bartimeo: Jesús, ¿no me escuchas? Estoy mal, necesito de ti, ¡ayúdame! A veces no lo hacemos por vergüenza, o por soberbia, o por pereza. Pero qué necesario es que nos pongamos ante Dios y le gritemos, como aquél ciego, para que nos escuche, con fe, reconociéndole como al Mesías y Señor, y reconociéndonos como necesitados de su misericordia. 

2. “Ánimo, levántate que te llama”. Por fin la súplica de Bartimeo ha obtenido respuesta. Jesús lo escucha y lo manda llamar. Alguien, quién sabe si algún amigo, o algún extraño que pasaba por allí, anima al ciego para que se levante y vaya donde Jesús. Y Bartimeo, a toda prisa, olvidándose de toda prudencia, se levanta inmediatamente, tira el manto con el que cubría su débil cuerpo ante el frío, y se dirige directamente a Jesús. Igual que Jesús llama a Bartimeo, también Él se acerca a nosotros, en el borde del camino de nuestra vida, y nos llama. Dios siempre escucha nuestros gritos de auxilio cuando son de verdad una oración suplicante que nace de la fe, del reconocimiento de Cristo como el verdadero Mesías. Nos llama para que vayamos donde Él, pues quiere que nos acerquemos a Él para obrar el milagro. No basta con que desde la distancia le supliquemos y Él haga el milagro desde lejos. Jesús quiere que primero nosotros nos acerquemos a Él. Qué necesario es que, para que Dios pueda obrar maravillas en nuestra vida, primero abandonemos nuestra comodidad, nos pongamos en pie y nos acerquemos a toda prisa. Es entonces, y sólo entonces, cuando Cristo actúa en nuestra vida. 

3. “¿Qué quieres que haga por ti?”. Fíjate que es la misma pregunta que el domingo pasado Jesús hacía a los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan. Pero en aquella ocasión los dos hermanos fueron egoístas y pidieron tan sólo honor y poder, es decir, sentarse al lado de Jesús en la gloria. Sin embargo, Bartimeo muestra su sencillez de corazón, su recta intención, cuando pide a Jesús tan sólo (¡ni más ni menos!) poder ver. Y así Jesús obra el milagro y le devuelve la vista al ciego. Es la fe, dice Jesús, la que ha curado a Bartimeo, pues aunque él no veía con los ojos de la cara, sin embargo sí tenía bien abiertos los ojos de la fe reconociendo a Jesús cuando pasaba por su vida. Jesús ha cumplido así lo anunciado por el profeta Jeremías en la primera lectura de este domingo: alegraos y regocijaos porque el Señor viene a salvar a su pueblo. La vista que recobra el ciego es signo de la salvación que Dios ha traído a la tierra con su encarnación y con su muerte y resurrección. Así, Jesucristo es el sumo sacerdote que el autor de la carta a los Hebreos nos presenta en la segunda lectura, pues él ha traído con su sacrificio la salvación al mundo entero. 

Que Dios encuentre en nosotros aquella misma fe del ciego Bartimeo, que sepamos reconocerle cuando pasa por el borde del camino de la vida, que le gritemos con insistencia, como Bartimeo, pero sobre todo con su misma fe, que sepamos pedirle no de forma egoísta, sino que con un corazón sencillo le supliquemos que nos devuelva la vista, que nos cure de nuestras cegueras, para así poderle reconocer en cada momento de nuestra vida, y como el ciego Bartimeo le sigamos llenos de alegría. 


2.- DEBEMOS ESFORZARNOS PARA QUE NUESTRA FE NOS PERMITA VER LA REALIDAD CON LA LUZ DE DIOS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Jesús, ten compasión de mí… Jesús le dijo: ¿qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: Maestro, que pueda ver. Jesús le dijo: anda tu fe te ha curado. Y, al momento, recobró la vista y le seguía por el camino. Fue la fe la que curó la ceguera del ciego Bartimeo. El ciego Bartimeo no sólo recobro la vista corporal, sino también la vista espiritual, animándole esta y dándole fuerzas para seguir a Jesús por el camino. Todos nosotros, los que nos llamamos cristianos, debemos pedir a Jesús que tenga compasión de nosotros y nos dé una fe fuerte para seguirle por nuestro camino hacia Dios. Es fácil ver la realidad con los ojos del cuerpo, pero no es fácil ver la auténtica realidad con los ojos del espíritu. Todos podemos ser espiritualmente ciegos, aunque tengamos muy buena vista corporal. La vista social de las cosas, incluso la vista científica de la realidad, nos pueden ocultar la auténtica realidad de Dios en nuestro mundo. Sí, aunque seamos personas muy enteradas de la realidad social, de la realidad política y hasta de la realidad científica, si no sabemos ver la realidad con los ojos de la fe podemos vivir espiritualmente tan ciegos como el ciego Bartimeo. No se trata de que nuestra fe nos invite a desconocer la realidad social, política, económica y científica, sino de que nuestra fe nos ayude a superar espiritualmente la fe sólo humana, demasiado humana. Para ser personas religiosas tenemos que ser personas con fe en Dios, una fe que nos da fuerzas para amar a Dios y buscarle siguiendo a su Hijo Jesucristo. La fe cristiana, sin anular, ni deformar la realidad social, política, económica y científica, debe auparnos hasta el amor de Dios y el seguimiento de su Hijo, haciendo de él nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Esto no es algo fácil, viviendo como vivimos en esta sociedad mayoritariamente agnóstica en la que vivimos. Por eso, todos los días debemos gritar interiormente con fuerza, como el ciego Bartimeo: Jesús, ten compasión de mí, haz que mi fe me permita ver espiritualmente la auténtica realidad de tu Padre Dios, y seguirte a ti por el camino de la vida. 

2.- Así dice el Señor: Mirad que yo os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna… Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos. Este texto del profeta Jeremías habla de un pueblo –Israel- que vive en el destierro y ha perdido su esperanza de volver a su tierra como pueblo libre. El profeta les dice, en nombre de su Dios, que volverán a su pueblo entre consuelos, como personas libres. Muchos de nosotros podemos haber sufrido alguna vez en nuestra vida el desconsuelo y la desesperanza. Nos parece que hasta Dios mismo nos ha abandonado. Miremos en estos momentos de desconsuelo y desesperanza a nuestro Cristo perseguido, en el Huerto de los Olivos, exclamando abatido: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, si no la tuya. Al final, Dios, su Padre, le resucitó y le dio la gloria para siempre. También nuestra fe debe darnos ánimos a nosotros, en los momentos malos, para creer con todas nuestras fuerzas que Dios está con nosotros y nos salvará. El desconsuelo y la desesperanza no deben tener nunca, en la vida de un cristiano, la última palabra. 

3.- El sumo sacerdote puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. El autor de esta carta a los Hebreos se refiere, por supuesto, al sumo sacerdote judío, cuando entra en la parte más sagrada del templo –el Santo de los Santos- para pedir perdón por sus propios pecados y por los pecados del pueblo. Pues bien, todos los cristianos participamos, por el bautismo, del sacerdocio de Cristo y todos debemos pedir perdón a Dios por nuestros propios pecados y los pecados del pueblo. Lo debemos hacer a todas horas, pero de una manera especial en el sacrificio de la eucaristía. Que toda nuestra vida sea una petición al Señor para que nos haga santos, al estilo de su Hijo, sumo y eterno sacerdote. Así podremos cantar con el salmo 125: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. 


3.- ¡SEÑOR, QUE YO VEA! 

Por Antonio García-Moreno 

1.- EL GOZO DE JEREMÍAS. «Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos, alabad y bendecid: el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel» (Jr 31, 7). El profeta de los lamentos, el hombre de las maldiciones duras, Jeremías, el plañidero. En este pasaje su alma se derrama en exclamaciones de gozo. Ante su mirada clarividente de profeta se despliega el espectáculo maravilloso de la Redención. Ese pueblo que ha sido destrozado, ese pueblo que tuvo que abandonar la tierra, y caminar hacia países lejanos bajo el yugo del extranjero, ese pueblo deportado a un exilio deprimente, ese pueblo, el suyo, ha sido salvado, ha recobrado la libertad. 

Todo parecía perdido. Como si Dios hubiera desatado totalmente su ira y el castigo fuera el aniquilamiento definitivo. Pero no, Dios no podía olvidarse de su pueblo. Le amaba demasiado. Y a pesar de sus mil traiciones, le perdona, le vuelve a recoger de entre la dispersión en donde vivían y morían… Esta realidad palpitante que se sigue repitiendo sin cesar, debe mantenernos en la confianza en el amor de Dios. Nunca es tarde, nunca es mucho, nunca es demasiado. Nada puede apagar nuestra esperanza. Nada ni nadie puede cerrarnos al amor. La capacidad infinita de perdón que tiene Dios, su actitud permanente de brazos abiertos pide y provoca espontáneamente una correspondencia generosa, un sí decidido y constante a cada exigencia de nuestra condición de hijos de Dios. 

«Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano que no tropezarán» (Jr 31, 9). Caminar por una ruta retorcida, dura y empinada. Dejando el hogar cada vez más lejos, los rincones que nos vieron crecer, los recuerdos de los momentos decisivos, las alegrías y las penas, la tierra donde la vida propia echó sus raíces y sus ramas, sus flores y sus frutos. Marchar. Teniendo por delante un horizonte desconocido, un paisaje envuelto en el azul difuso de las distancias, con unas personas diferentes, entreviendo situaciones difíciles, con la inquietante duda de lo que se ignora. Una caravana que avanza perezosamente entre cantos de nostalgias, en el silencio de las lágrimas. 

Pero Dios nos traerá nuevamente hasta nuestra buena tierra. Nos guiará entre consuelos. Y las lágrimas se cambiarán en risas, los lamentos en canciones alegres. Dios nos devolverá el gozo del corazón. Nos colocará junto al torrente de las aguas, nos llevará por un camino ancho y llano, en el que no hay posible tropiezo. 

Señor, mira nuestra vida afincada en el destierro, sembrada en este valle de lágrimas. Compadécete de nosotros, de este pueblo que camina doliente por esta tierra extraña y triste. Allana el camino, abre nuevas sendas, deja que nos apoyemos en ti. Estate siempre muy cercano, quédate con nosotros que la tarde se muere y la noche negra nos atemoriza. 

2.- COMO BARTIMEO. «Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10, 47). Bartimeo era un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén, llega a Jericó. Hasta que un día pasó Jesús cerca de él. Al principio, el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí…» 

También nosotros somos muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento. Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros. 

La voz del ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó como pudo a Jesús. 

Eran sentimientos de júbilo indescriptible, que también han de embargar nuestros corazones, pues también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un momento en suplicar: «Maestro, que pueda ver». Jesús tampoco retarda su respuesta: «Anda, tu fe te ha curado». Y al instante la oscuridad del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le rodea, ese espectáculo único que es la vida misma. 

Vamos a seguir clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza. 


3.- ¡SEÑOR, QUE YO VEA! 

Por José María Martín OSA 

1.- Anuncio gozoso. El libro de la Consolación del profeta Jeremías es un canto a la esperanza. El pueblo en el exilio recibe el anuncio de que se acerca su liberación: una gran multitud retorna: cojos, ciegos, preñadas y paridas…. El Señor es fiel a su pueblo, es un padre para Israel. ¡Qué anuncio más gozoso, qué gran noticia! La alegría del pueblo será inmensa. Por eso, cuando se hace realidad la promesa del regreso a casa entona el salmo 125 «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres». ¡Cómo no estarlo si sabemos que Dios camina a nuestro lado pase lo que pase! Brota espontáneamente la alabanza en el «resto de Israel». 

2.- La auténtica compasión: solidaridad con el que sufre. El pueblo de la Nueva Alianza experimenta también que Dios salva. El ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, simboliza la nueva humanidad, es el prototipo de cada uno de nosotros. El maravilloso relato de cómo se acerca a Jesús está cargado de simbolismo. Él es un necesitado que pide compasión, pero no una compasión lastimera, sino pide solidaridad en su sufrimiento y liberación de la carga que sufre. Es una llamada de atención ante la falsa resignación dolorista, que no permite al que sufre salir de su postración. Bartimeo sí quiere salir de allí y por eso grita más y más. Hace todo lo que está de su mano para sobreponerse a su debilidad. Hasta se atreve a llamar a Jesús con un título mesiánico, «Hijo de David», porque está seguro de que Él es el Mesías, el único que puede salvarle. Sabe que se la juega, porque se van a meter con él por su osadía, pero tiene fe, mucha fe. 

3.- Poner de nuestra parte. Jesús le pregunta, curiosamente, lo mismo que les preguntó en el evangelio del domingo pasado a los hijos de Zebedeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Pero la actitud del ciego es mucho más auténtica que la de Santiago y Juan. Simplemente quiere curarse, quiere ver. Y Jesús le cura porque tiene mucha fe: «Anda, tu fe te ha curado». El ciego ha puesto de su parte, no se ha resignado a quedarse allí quieto pidiendo limosna, «dio un salto y se acercó a Jesús». Es lo mismo que pide de nosotros, que demos el salto, que salgamos de nuestra apatía y vayamos a su encuentro. Lo más grande que nos puede pasar es encontrarnos con Jesús. Es un encuentro mutuo: nosotros le buscamos y Él se hace el encontradizo. Ante tanto desaliento como hay muchas veces en el ambiente, ante tanta desesperación, ante tanto estar «de vuelta», ante lo imposible, Jesús convierte en realidad nuestros anhelos. Es posible realizar nuestros deseos y proyectos de un mundo más justo y humano si colaboramos con Jesús. No nos cansemos de pedir como Bartimeo que nos ayude a ver, porque sin El no podemos hacer nada. Ese ver es recuperar el optimismo, la esperanza, las ganas de vivir y de trabajar por el Reino. Recuperemos la esperanza. 


5.- LA TRISTEZA PRODUCE CEGUERA 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- Hay personas entristecidas –patológicamente tristes— entre las gentes que frecuentan la Iglesia, y que viven una vida de una fe incompleta o defectuosa. Tienen pocas alegrías porque no ven. Y no es una metáfora. No ven. El hálito que Jesús de Nazaret comunica a los que le siguen es de alegría. Pero hay que ver, precisamente, cual es el camino para conseguir esa alegría. La clave es simple. Tienen que dejar de ser ciegos y ver a los hermanos y hermanas. Si su ceguera los lleva a verse solamente a ellos mismos, mal reflejados en un muy malo espejo, sin divisar la realidad hermosa y difícil de los hermanos que tienen alrededor, pues estarán tristes, muy tristes. 

2.- Puede ser que, muy a pesar suyo –a pesar nuestro, de todos— estén ciegos ya sin remedio. Entonces deben de hacer un esfuerzo, ponerse de pie, de un salto y gritar para que el Maestro los oiga. No es posible culpar en exclusiva de la ceguera a esos ciegos que permanecen solitarios en las iglesias, sin ni siquiera dar la paz en las eucaristías. Algo, como una enfermedad, una forma de pecado de los que habitualmente no se confiesan, les ha dejado ciegos. Solos no pueden recuperar la vista. Han de abandonar su soberbia y seguir, en puro grito, a Jesús para que les saque de la oscuridad. En fin, ni que decir tiene que esto que hemos dicho refiriéndonos a muchos hermanos en tercera persona es perfectamente aplicable a todos. Hay una ceguera mayor o menos en nuestra vida de cristianos. Y es lo que permanentemente tenemos que evitar. Es más que obvio que solo el Maestro nos puede devolver la vista. 

3.- ¿Qué quieres que haga por ti? Eso le pregunta Jesús de Nazaret al ciego de Jericó. ¿Nos lo ha preguntado alguna vez a nosotros? ¿Hemos recibido esa pregunta en nuestros momentos de oración, cuando la cercanía a Jesús en evidente? Lo más seguro es que sí. O, tal vez, estamos todavía esperándole a la vera del camino, a que pase para podérselo pedir. No es mala esta espera. Forma parte de los “tempos” de la oración. Lo que habrá que tener cuidado es no dejarle pasar, no distraerse o no tener tanta dureza de corazón que nos impida reconocerle cuando pase a nuestro lado. Hemos de tener la respuesta preparada. No podemos pedir al Señor que nos haga grandes, ricos, poderosos o que nos toque la lotería. “Sólo” tenemos que rogarle que veamos. Decir como el ciego del Evangelio: “Maestro que pueda ver”. Y es que la vista que nos dé el Señor será guía para el camino subsiguiente al que debemos comprometernos. Es un camino de paz, amor y solidaridad, de servicio a los hermanos y de construcción de ese Reino que predicaba el Señor. Ojalá, podamos estar ciegos, para que nos cure el Señor, pero jamás con los ojos cerrados a las necesidades de nuestros hermanos, del mundo sufriente que nos circunda. 

4.- El mensaje de las lecturas de hoy es de alegría. El ciego seguía alegre a Jesús por su curación. En la primera lectura, Jeremías profetiza sobre una vuelta feliz a la tierra prometida, guiados por el Señor. Se menciona el camino de cojos y ciegos guiados por Dios. Jesús consumará ese camino devolviendo a los ciegos la vista y el paso firme a los ciegos. Pero el resultado final, el destino definitivo es ese mundo feliz, el Reino de Dios, que ya anuncia Jeremías. 

5.- El salmo 125 –¿por qué habrá habitualmente tan pocas referencias a los salmos en las homilías cuando todos son bellísimos? — es, asimismo, un canto de alegría para los que volvían del destierro de Babilonia. “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” ¿No es cierto que todos esperamos el desenlace alegre de nuestras cosas, de nuestros problemas? La misericordia del Señor llega siempre. Hemos de esperar y tener confianza. Y es que tenemos un mediador extraordinario ante Dios. Un Sumo Sacerdote puro, sin pecado, tal como nos dice la Carta a los Hebreos. Ese mediador que nos ha devuelto la vista nos dará visión de águila para mejor ordenar nuestra vida y nuestros asuntos. 


LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


INTUICIÓN Y GENEROSIDAD 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que para adquirir conocimiento, es preciso estudiar. Y para ser muy listo hay que estudiar mucho. Ahora bien, ciertos descubrimientos no obedecen a laboriosas investigaciones, son consecuencia de la casualidad, dicen algunos, otros lo atribuyen a la intuición de algún “entrometido” y hasta entonces no reconocido. 

2.- Abandonemos el terreno de los principios y vayamos al contenido litúrgico. El sujeto del episodio narrado, un hombre ciego, no era precisamente un diplomado universitario. Sucedió el hecho en Jericó, llamada también la ciudad de las palmeras. Se trata de la población más baja del planeta, dicho en números redondos, se extiende a 400m bajo el nivel del Mediterráneo, a unos 4km del Jordán y pocos más del Mar Muerto. Las tierras de su oriente son arenosas y las de su occidente son el desierto de Judá, de unos 30km. En la antigüedad y aun hoy en día es un importante núcleo de comunicaciones. La carretera que sale hacia el norte se dirige a Galilea, la que baja hacia el sur va hacia el Mar Rojo, el Sinaí y Egipto, la del oeste sube a Jerusalén y la del este, hacia Aman, capital hoy del Reino Hachemita de Jordania. 

3.- Jericó es un gran oasis, abunda la palmera datilera, brota agua de un manantial, cuya potabilización atribuye la Biblia al profeta Eliseo (2R 2,19ss) y al ser paso obligado de viajeros y caravanas, es centro comercial productos agrarios, frutas y verduras. Hoy en día, a las propias del país, se le suman otras de origen africano. 

4.- El viajero cristiano, si es que le es permitido entrar, el problema es que viene casi siempre de Israel, con matrícula de este país y si penetra en esta ciudad los seguros no cubren ningún percance. Pero advierto que yo he estado muchas veces moviéndome por calles y rincones y nunca me ha pasado nada. Pues bien, el viajero piensa únicamente en Zaqueo, el publicano que no le dio vergüenza subir a un sicomoro para poder ver a Jesús y como correspondencia generosa del Maestro se autoconvidó a comer a su casa. Si, ya sé que el episodio es gracioso y a la vez rico en enseñanzas, pero no es el único episodio interesante ocurrido en esta población, prueba de ello es el texto evangélico que se nos propone en la misa de este domingo. 

5.- Reconozco que le falta colorido narrativo, pero en cambio tiene la particularidad de que hombres semejantes al ciego hijo de Timeo, atrapados por enfermedades graves, pordioseros y malolientes, de cuando en cuando y lamentablemente, toparemos con ellos muchas veces y al recordar el evangelio de hoy, deberemos interrogarnos a nosotros mismos, comparándonos con el proceder de Jesús con sinceridad exigente. 

6.- Probablemente el buen hombre sufría tracoma. Se trata de una enfermedad infecciosa, todavía abundante, que se contrae por contacto y prospera generalmente por falta de higiene. Imagino que no era ciego de nacimiento, pues, al recobrar la vista, se echó a correr en pos del que le había curado, se mostraba agradecido y le aclamaba con elogios que solo de su intuición religiosa le podían salir. Algo debía recordar del espacio visual y de la fisonomía y vestido de las personas. 

7.- Escucha el murmullo de la gente y le dicen que el que pasa es el llamado Jesús de Nazaret. En el Nazaret de aquel tiempo vivían, según calculan los arqueólogos, algo menos de 500 habitantes. Jesús podía ser uno de tantos. Pero no, él valientemente le reconoce y proclama en público que es el Hijo de David, es decir el Mesías anunciado de antiguo. Probablemente, como en la ocasión de las fuentes del Jordán había pensado respecto a la definición mesiánica de Pedro, el Maestro pensaría que el título que le daba no lo había aprendido estudiando, sino que era obra del Padre que se lo había revelado. No podía, pues, seguir indiferente, así que le llamó y los compañeros de inmediato le llevaron a su compañía. 

8.- Ingenuamente el Señor le pregunta ¿qué deseas? Desde sus adentros le responde el ciego: Maestro mi deseo es poder ver. El ejercicio del poder Jesús no lo ejerce al tun-tun, Si suya es la potestad, responde a una actitud sincera y confiada. No se orgullece de su privilegio divino, con sencillez le dice: tu Fe, te ha salvado. La Fe de un pobre y andrajoso viejo es la que consigue la curación. Sin ella el Maestro no hubiera obrado el milagro. 

Examinaos, mis queridos jóvenes lectores, respecto a vuestra Fe, que a los ojos del Señor vale más que vuestros conocimientos de la lengua inglesa, de vuestra maestría en informática o los trofeos que podáis haber ganado. Y le seguía por el camino. 

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