Lectio Divina Dom. 28° T.O. Ciclo «B»

Lectio Divina Dom. 28° T.O. Ciclo «B»

1.- EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY NO NOS HACE AUTOMÁTICAMENTE PERFECTOS Por Gabriel González del Estal 
2.- SEGUIMIENTO DE JESÚS, LA PALABRA DE DIOS Por Francisco Javier Colomina Campos 
3. – JESÚS NOS INVITA A SEGUIRLE SIN ATADURAS Por José María Martín OSA 
4.- EL SEÑOR GUSTA DE CORAZONES APASIONADOS Por Antonio García-Moreno 
5.- PRUDENCIA Y SABIDURIA Por Ángel Gómez Escorial 

LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


LEALTAD, FELICIDAD Y TRISTEZA 

Por Pedrojosé Ynaraja 


1.- EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY NO NOS HACE AUTOMÁTICAMENTE PERFECTOS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- Se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le pregunto: ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: Ya sabes los mandamientos… Él replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego sígueme… Él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. La escena evangélica de este hombre que se quería asegurar la vida eterna la conocemos todos. Sin duda, se trataba de una persona buena, que cumplía todas las normas religiosas establecidas y que quería saber si con eso heredaría la vida eterna. La pregunta se la hace a Jesús, sin duda porque veía en él – Maestro bueno- algo que no veía en los demás maestros de la Ley judía. También muchos de nosotros podríamos hacernos a nosotros mismos esta misma pregunta: yo, ni robo, ni mato, voy a misa todos los domingos y hago lo que la Iglesia manda, ¿me salvaré? Es decir: ¿el cumplimiento literal de las normas religiosas es suficiente para salvarse? La respuesta que dio Jesús a este judío, fiel cumplidor de la Ley, que se lo preguntó, fue, rotundamente, negativa. Debemos suponer, por tanto, que a nosotros nos respondería lo mismo: podemos ser buenos cumplidores de la Ley religiosa y, no obstante, no ser buenos cristianos. ¿Qué nos falta? El desprendimiento total de aquellas cosas que nos impiden seguir del todo a Jesús. ¿Qué cosas son estas? Cada uno de nosotros, en un sincero examen de conciencia, debemos descubrirlo. 

2.- Qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero… Los discípulos se espantaron y comentaban: entonces, ¿quién puede salvarse? Se ve que los discípulos entendieron perfectamente la respuesta de Jesús al hombre rico. Ellos no se veían ricos en dinero, sino muy apegados al dinero, como la mayor parte de las personas que ellos conocían. Por eso, preguntaron, tan asustados: entonces, ¿quién puede salvarse? El hombre rico no es que no pudiera alcanzar la vida eterna por ser rico, sino por no atreverse a poner todas sus riquezas al servicio del reino de Dios. Por poner el dinero en primer lugar en su vida. Es decir, que el dinero no debe mandar nunca en nuestra vida, no debe ser nunca lo primero, sino estar siempre al servicio de los valores del reino de Dios. 

3.. Invoqué y vino a mí el espíritu de la sabiduría. La preferí a cetros y tronos y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. La quise más que la salud y la belleza y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Estas palabras del libro de la Sabiduría son palabras atribuidas al rey Salomón, al que la tradición judía consideró siempre como prototipo de persona sabia. No olvidemos que la palabra sabiduría, en sentido bíblico, no significa tener mucha ciencia o conocimientos. La palabra sabiduría, en la biblia, hace referencia a nuestras relaciones personales con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo. Puede uno ser ignorante científicamente y sabio bíblicamente. ¿Qué debe, pues, significar para nosotros tener a la sabiduría por luz que guíe nuestra vida? Pues que busquemos siempre en nuestras relaciones personales con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo poner en primer lugar la verdad, la bondad y el amor de Dios por encima de todo lo demás, incluida la salud, el dinero y la belleza. Esto no es algo fácil de hacer, porque nuestras tendencias naturales nos dicen que lo primero es la salud, el dinero y el amor. Poner la sabiduría como lo primero que debemos intentar seguir siempre en nuestra vida nos exigirá vivir en un continuo examen de conciencia. Cristo no puso lo primero en su vida la salud, el dinero y la belleza, sino el cumplimiento de la voluntad de su Padre. Hagamos nosotros lo mismo, aunque nos cueste. 

4.- La palabra de Dios es viva y eficaz. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Más de una vez, en el evangelio, Jesús nos dice que es del corazón de donde sale lo bueno o lo malo que hay en el ser humano. Purifiquemos, pues, nosotros nuestro corazón, pidiendo a Dios que nos dé un corazón bueno, manso, humilde y misericordioso, como el corazón de Cristo. Nada se escapa a la mirada de Dios, porque Dios ve dentro de nosotros, lo que hay dentro de nuestro corazón. Nuestras acciones externas no siempre salen del corazón; hay, a veces, mucho fariseísmo en nuestras vidas. Por eso, cuando nos juzguemos a nosotros mismos y a los demás, dejemos que sea Dios el que nos juzgue a todos. Sólo él sabe cómo somos de verdad. 


2.- SEGUIMIENTO DE JESÚS, LA PALABRA DE DIOS: 

Por Francisco Javier Colomina Campos 

Cada domingo nos reunimos los cristianos alrededor del altar para celebrar nuestra fe. Celebramos el amor de Dios, que se nos da en el pan de la Eucaristía. Pan compartido, Cuerpo entregado que comulgamos y que nos invita a hacer nosotros lo mismo dando lo que somos y lo que tenemos, como le pidió Jesús al joven rico del pasaje del Evangelio de hoy. Pero es necesario primero escuchar la palabra de Dios y dejar que ésta llegue hasta el fondo de nuestra vida. Es la palabra de Dios la que nos cambia, la que nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús. 

1. Cuando escuchamos la palabra de Dios, no estamos escuchando una palabra más, como si fuese una especie de instrucción. No es tampoco una biografía de un tal Jesús de Nazaret. No es una palabra muerta que quizá nos puede parecer muy interesante, o de la que podemos sacar alguna enseñanza para nuestra vida. Cuando escuchamos la palabra de Dios estamos escuchando una palabra que es viva y eficaz, que actúa en nuestra vida, que es capaz de transformarnos y de cambiar nuestro corazón. Si leemos un texto de un teólogo, o algún escrito de un santo, por muy importante que sea y por muy interesante que nos parezca, no es palabra viva. Puede movernos a actuar de algún modo, o hacernos ver algo de forma distinta. Pero no deja de ser una palabra humana. Sin embargo, la palabra de Dios está viva, cambia, transforma. De hecho, la palabra de Dios es la que convoca a la asamblea de los cristianos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía. La palabra de Dios no se lee en la Misa, como podríamos leer cualquier otro texto, sino que la palabra de Dios se proclama para ser escuchada, para que entre a través de nuestros oídos y llegue hasta nuestro corazón para transformarlo. Pero es necesario que dejemos que la palabra de Dios penetre en nuestra vida. Nos dice el autor de la carta a los Hebreos que la palabra de Dios es cortante como espada de doble filo, que entra hasta los más profundo de nuestro ser. Por ello es necesario que nos quitemos cualquier escudo que impida a la palabra de Dios entrar en nosotros. También es necesario leer con frecuencia la palabra de Dios. A veces tenemos la tentación de leer el comienzo de un fragmento del Evangelio, y como ya casi nos sabemos de memoria, el texto cerramos la Biblia y nos conformamos simplemente con recordar lo que dice. Es necesario que leamos siempre el texto, aunque nos lo sepamos de memoria, para así dejar que la palabra de Dios actúe en nosotros. Esto nos puede suceder por ejemplo con el pasaje del Evangelio de este domingo. 

2. En el Evangelio de hoy, se acerca un hombre a Jesús, un hombre que era rico. Este hombre, cuyo nombre no aparece en el Evangelio, pregunta al Maestro qué hay que hacer para heredar la vida eterna. Era muy buena y muy santa la intención de este hombre. Jesús comienza pidiéndole lo más elemental, lo que nos pide a todos los cristianos, que cumpla los mandamientos. Aquel hombre ya cumplía todos los mandamientos. Puede parecernos que era un hombre santo, un discípulo perfecto. Sin embargo, Jesús siempre da un paso más, siempre nos pide algo más de lo que ya damos. Por eso a continuación le pide: “Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Jesús le pide que deje atrás aquello que le ata a la tierra y que por tanto no le deja seguirle. Sin embargo aquel hombre no fue capaz de hacerlo. No era el problema el tener muchos bienes. El problema era que no fue capaz de dejarlo todo para seguir a Jesús. Aquel hombre se entristece, se da media vuelta y se aleja de Jesús. Y es que el alejarse de Dios da siempre tristeza. Por eso es hermoso ver cómo hay gente que sí ha sido capaz de dejarlo todo por Cristo y vive con felicidad, con alegría. 

3. Siguiendo con la misma idea del Evangelio, la primera lectura nos presenta a la Sabiduría como imagen del mismo Dios. El autor de este libro afirma que prefiere la Sabiduría a todos los bienes del mundo: cetros, tronos, riqueza, la piedra más preciosa, plata, salud, belleza, pues sabe que con la sabiduría recibirá riquezas incontables, mucho mayores que las de este mundo. Así lo explica Jesús a sus discípulos cuando les dice que todo el que deja casa, familia y tierras por Él y por su Evangelio recibirá cien veces más aquí en este tiempo, aunque con persecuciones, y les promete la vida eterna en el futuro. Así contrasta la actitud del hombre rico con la de los apóstoles, que sí han dejado todo, como dice Pedro, para seguir a Jesús. 

Nos cuesta creer de verdad que si dejamos todo por Dios tendremos más de lo que damos. Sin embargo hoy Jesús nos lo asegura. Que esta palabra entre de verdad en nuestra vida, como espada de doble filo, nos transforme, nos desapegue de todo aquello que nos impide seguir al Señor, y nos deje las manos y el corazón libres para seguirle. 

3. – JESÚS NOS INVITA A SEGUIRLE SIN ATADURAS 

Por José María Martín OSA 

1.- El dinero no es un valor. Es sabio aquél que encuentra la auténtica felicidad. Nos lo recuerda hoy el Libro de la Sabiduría. Sin embargo, hoy fácilmente se vincula la felicidad a la posesión frenética de bienes. Pero la experiencia nos dice que esto no es verdad, no es posible que los bienes materiales nos llenen del todo. Es verdad que para el judaísmo la riqueza es signo de la bendición de Dios y recompensa a la piedad. Sin embargo, las palabras de Jesús son un camino nuevo, que está en contradicción con las creencias aprendidas por el joven del evangelio desde su niñez sobre la relación entre piedad y felicidad. El Reino de Dios es la alternativa que Jesús propone para todo el que quiera ser cristiano. Se desarrolla en el presente y tendrá su culminación en el futuro. Este texto no es para quien quiera ser más perfecto. Jesús habla para todo el que quiera ser cristiano. No se es cristiano por cumplir los mandamientos. Lo específico del cristiano no se mueve en el campo de la ética, de los mandamientos, de la conciencia: éste es el campo común a todo ser humano. La salvación está al alcance de todo ser humano, con tal de que siga las normas de su conciencia. Según este texto, ser cristiano es vivir un modelo de vida distinto de los habituales. Entrar en el Reino de Dios, es decir en la alternativa que Jesús propone, es vivir un tipo de vida en el que el dinero no es un valor. Esto sólo es posible en la medida en que se descubre otro valor radical: Dios. El descubrimiento de Dios lleva a un modelo de vida fraterno, realmente nuevo. Pertenecer al Reino significa fundamentalmente haber descubierto a Dios. A Dios se le descubre sólo como Padre. Consecuentemente, los demás hombres son hermanos míos. 

2.- El peligro de las riquezas. Podemos suponer que este joven era un rico terrateniente. Le dice Jesús que cumpla los mandamientos. Da por sabido que el joven ya los conoce, y, a título de ejemplo, se limita a nombrar los que se refieren a los deberes con el prójimo. No se puede dudar de la sinceridad y de la honradez de este joven, que cumple efectivamente las normas generales de la Ley y no se contenta con ello. Por eso Jesús le mira con complacencia y con amor. Según la doctrina judía, el que daba limosna adquiría un tesoro en el cielo. Por lo tanto, la riqueza era una oportunidad para que un hombre piadoso y rico pudiese ganarse el cielo más fácilmente que los pobres. Pero Jesús propone a este joven que haga todas las limosnas a la vez y se haga a sí mismo pobre. Porque las riquezas para Jesús, lejos de ser una ayuda, son un estorbo para los que quieren entrar en el Reino de Dios. Nos separan de Dios y de los demás, nos convierten en personas autosuficientes, que no necesitan a Dios ni a los hermanos. Lo peor es que algunas riquezas han sido adquiridas injustamente…. 

3.- Jesús nos invita a seguirle. Le dice al joven: “sígueme». Más allá del cumplimiento de los mandamientos, más allá de las obras de caridad o de limosnas, más allá, incluso, de la pobreza voluntaria, hay un camino, comienza el camino de Jesús y de los que le siguen. La pobreza es una condición necesaria para recorrer ese camino, pero no basta para recorrerlo. El voto de pobreza no sitúa a los religiosos en «estado de perfección» entre otras razones, porque la perfección cristiana no es un estado, sino una meta, una vocación y un camino que han de seguir todos los discípulos de Jesús. Sólo el cumplimiento de este camino, que es el seguimiento de Jesús, saca al hombre de casa y de sí mismo para que se encuentre consigo en Jesucristo y, por Jesucristo, con los hombres, sus hermanos, y con el Padre. Seguir a Jesús no es propiamente «imitarle», haciendo exactamente lo que él hizo, sino hacer lo que cada uno tiene que hacer, pero como lo hizo Jesús, esto es, viviendo para los demás. Todos los ideales de este joven rico se vienen abajo ante la dificultad de cumplir la condición necesaria. No tuvo valor para dejar las riquezas. Prefirió seguir el camino de los fariseos, que veían en las riquezas una señal de la propia justicia -un premio de Dios a los justos- y un medio para acrecentarla haciendo limosnas ¿No es esto lo que hacemos muchas veces nosotros? 


4.- EL SEÑOR GUSTA DE CORAZONES APASIONADOS 

Por Antonio García-Moreno 

1.- DANOS TU SABIDURÍA. – «Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría» (Sb 7, 7). El autor del libro sagrado exulta de gozo. Ha rogado a Dios que le conceda la sabiduría y Dios le ha escuchado, ha satisfecho su deseo. Él no pedía riquezas, ni salud, ni prosperidad. Él sólo quiso ser prudente, tener la justa medida de las cosas, poseer la sabiduría que le hiciera comprender el sentido real de la vida y de la muerte, capaz de verlo todo bajo el prisma mismo de Dios. 

Cómo tenemos que aprender a pedir al Señor lo que más nos conviene, lo que en verdad es mejor para nosotros. A veces, por no decir siempre, pedimos solamente cosas materiales, cosas que duran poco o que no sirven para gran cosa: éxito en los negocios, suerte en la lotería o en las quinielas, salud para el cuerpo, una vida confortable y sin complicaciones. Cosas que son buenas, sí, pero que no son las más importantes, ni las más necesarias. Cosas que se quedan en la materia, sin tener en cuenta las exigencias del espíritu. Cosas que a menudo son incluso un estorbo para vivir mejor nuestro cristianismo. Cosas que, a la larga, nos alejan del Señor. Si todo lo tuviéramos solucionado, terminaríamos olvidándonos de Dios. 

Hoy, reflexionando ante la oración del sabio de la Biblia, vamos a pedirte con él, Señor, que nos concedas la sabiduría. Ese don del Espíritu Santo que nos haga vivir de otro modo. Más conscientes del valor relativo que tienen las cosas materiales. Persuadidos de que una sola cosa es necesaria, sólo una es imprescindible, sólo una es definitiva: vivir y morir plenamente nuestra fe de cristianos, esta aventura fabulosa de amarte sobre todas las cosas, y de querer sinceramente a los demás. Somos torpes, pobres ciegos incapaces de descubrir la luz, caminando sin rumbo por una noche perenne. Sé tú, Señor, nuestro buen lazarillo, atiende nuestra súplica y concédenos la sabiduría. 

«La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro». Palabras extrañas para nuestros oídos, incomprensibles para nuestra corta inteligencia. Y, sin embargo, es la verdadera ciencia, la oculta sabiduría de los que realmente saben. 

«La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables». Todo viene con la sabiduría de Dios. El alma se llena de alegría sin fin. El cuerpo, también el cuerpo, se transforma. La paz sin sombras invade la vida. Una paz imperdurable. Y en medio de la lucha de cada día, en medio de las rudas tempestades del vivir de siempre, las aguas se remansan en el fondo del corazón. Dándonos una calma serena que domina cada situación… Otra vez, Señor, te lo pedimos: danos tu sabiduría. La preferimos -díselo de veras, aunque te cueste entender-, la preferimos a todos los bienes de la tierra. 

2.- ¡SÍGUEME! – El joven rico del Evangelio de hoy ha quedado como prototipo de vocación frustrada, de ilusiones rotas, de deseos fallidos. Él tenía buena voluntad e inquietud por ser cada vez mejor, por alcanzar metas más altas. Aspiraba nada menos que a conquistar la vida eterna. En esto es ya un ejemplo para cada uno de nosotros, tan conformistas a veces, tan aburguesados a menudo, tan amigos de la postura horizontal, tan dados a no querer complicarnos la vida, como si fuera suficiente un ir tirando para lograr el premio final. No nos engañemos y despertemos de nuestro cómodo dormitar en una mediocridad anodina. Sólo los esforzados, los violentos, los que luchan por mejorar cada día, alcanzarán la dicha de los justos. 

El Señor responde a aquel muchacho que tantas ganas tenía de ser perfecto. Primero es preciso cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Ese es el principio, los cimientos sobre los que hemos de edificar nuestra amistad con Dios. Nadie, en efecto, puede ser amigo suyo y al mismo tiempo no cumplir sus mandatos. Eso sería una paradoja, un absurdo, una mentira. Vosotros sois mis amigos nos dice Jesús, si hacéis lo que os mando. 

Pero ese muchacho quiere más, su espíritu anhela volar alto, llegar hasta la cima más elevada de la perfección. Al verle tan audaz y entusiasmado, Jesús le mira con amor. El Señor gusta de corazones apasionados, capaces de grandes sueños, de proyectos imposibles e ilusiones juveniles, de espíritus con aire deportivo que luchan por llegar lo más arriba posible en el itinerario hacia Dios. Lástima que este muchacho se echara atrás en el momento decisivo. Su mirada clara y luminosa se ensombreció, su corazón joven envejeció de pronto, se anquilosó. El que vino con tanta urgencia se quedó parado en su marcha hacia adelante, se retiró entristecido. El que hubiera sido quizá otro discípulo amado, otro apóstol apasionado y valiente, se quedó enmarcado en ese personaje triste que dijo que no a la llamada de Dios. 

También hoy pasa Jesús por nuestras calles, también hoy muchos corren tras de él con el corazón cargado de ilusiones y de buenos deseos. Como entonces, hay quienes le siguen después de haberlo abandonado todo por él, encontrando luego cien veces más de cuanto dejaron. Otros, como el joven rico, se echan atrás cuando oyen la voz del Señor que los llama a una vida abnegada y generosa, se quedan tristes y aburridos, agarrados a esas riquezas caducas que de poco les servirán. 


5.- PRUDENCIA Y SABIDURIA 

Por Ángel Gómez Escorial 

1. “Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría”. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo”. Las frases del Libro de la Sabiduría –la primera— y de la Carta a los Hebreos –la segunda— suplen perfectamente cualquier posibilidad de insistencia en el comentario. La sabiduría era para los judíos el buen entendimiento de las cosas de Dios y junto a ello, también, los conocimientos generales que definen mejor el concepto que nosotros tenemos de sabiduría. La frase de la epístola habla de la Palabra de Dios como viva, eficaz y tajante. Y en el ingrediente de ambas cosas tenemos la mejor receta para vivir mejor. Necesitamos la sabiduría enviada por Dios y podemos encontrarla en su Palabra. Espera la sabiduría el que reza. Y la mejor forma de orar es repetir continuamente la lectura de la Palabra de Dios. 

2,- Le hacía falta al joven rico sabiduría para abandonar sus riquezas y seguir a Jesús. El dinero no es un buen ingrediente para los seguidores de Cristo. El culto al dinero es idolatría y es fácil ver a gente torturada por sus deseos de riqueza. El dinero además modifica voluntades y en nuestros tiempos parece que todo puede comprarse con dinero. La sabiduría que debemos pedirle al Señor, saber discernir sobre el valor de la riqueza o de la pobreza. Y que nos aleje de la adoración al dinero. 

3.- El mensaje del Génesis de “Creced y multiplicaos” se expresa bien con esa labor en común para crecer y mejorar. La Tierra fue un don para el hombre y ahí la puso Nuestro Señor para que fundamentase una armónica creación de riquezas. Pero la codicia y el uso de la violencia –aspectos que también están incluidos en la naturaleza del pecado original— crearon un desequilibrio muy grave. Seguimos una crisis económica fundamentada en fórmulas de abuso de la capacidad financiera de los mercados, espoleada por un deseo de ganancias sólo propia de un conjunto de expertos que se parecieron a los viejos avaros de los cuentos. La avaricia volvió locos a algunos y el mundo se estremeció con un crack financiero del que todavía no se ha salido. Las economías especulativas y no productivas están creando, otra vez, una gran distancia entre ricos y pobres, aún mucho más dentro de los países industrializados. 

4.- Nunca como hoy toma especial significado unas palabras de Jesús. Cuando Jesús de Nazaret dice que no se puede servir a Dios y al dinero está marcando una constante de la historia del hombre. La adoración al dinero es una gran idolatría y la codicia un pecado muy grande. Esta crisis que sufrimos –y lo repito— está motivada por la adoración al dinero, por la avaricia de riquezas, porque una cosa es la búsqueda del beneficio lícito y otra poner al dinero por delante de todo. Y hay además otra cosa: Jesús se declaró amigo de los pobres, de los excluidos, de los que más sufrían. Y hoy nos puede servir muy bien, un análisis de la Bienaventuranzas aplicada a la pobreza. 

5.- Es conocida la doble interpretación de las Bienaventuranzas. San Mateo da su matizada versión de ellas y dice: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Está marcando un formidable matiz para nuestro interior, que no es –para nada– una atenuación del sólo “Dichosos los pobres” de San Marcos. No es que Mateo cree una clase de pobres y Marcos otra. En su complementariedad está precisamente nuestra dedicación a los pobres, pero Mateo nos da pistas para nuestra posición ante las riquezas. Y es que si nuestro espíritu es de pobres y no atesoramos en nuestro corazón afán de riquezas nunca seremos ricos, aunque la vida parezca que nos ofrece todo para serlo. 

6.- Si el joven del evangelio de este Domingo 28 del Tiempo Ordinario hubiese tenido espíritu de pobre, no se habría ido triste, habría quedado junto a Jesús. Pero, si por el contrario, aun siendo muy pobres, nuestro corazón está lleno de codicia llegaremos a ser ricos o unos desgraciados. Esto es así. Nadie con auténtico espíritu de pobre llegará a ser rico. Y nadie con el corazón lleno de codicia será pobre al estilo evangélico. Es verdad, por otro lado, que en estos temas hay que ser muy cuidadosos en las interpretaciones. Al pobre total, quien apenas come y ve como sus hijos ni siquiera pueden desarrollarse físicamente, no se le puede hablar sólo de la pobreza en el espíritu. Hay que, primero, arrancarle de las garras de la pobreza severa y luego hablarle de esos matices. Jesús se expresó muy bien, con precisión. Dijo: “No se puede servir a Dios y al dinero”. No hizo referencia a riquezas en especie o a otro tipo de posesiones, las cuales, en cierto modo, pueden servir para dar trabajo o cobijo a otros. Es el dinero lo que corrompe y cuando se coloca en el corazón del hombre, echa de él a Dios. Y hoy –vuelvo a repetirlo— estamos viviendo los terribles efectos de la suprema adoración al dinero. 


LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


LEALTAD, FELICIDAD Y TRISTEZA 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1,. El episodio que nos relata el evangelio de la misa de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, se ha usado y abusado en exceso en predicaciones dirigidas a gente joven de otros tiempos, de mis tiempos de joven, no sé si continúa siendo así. Como otro evangelista dice que se trataba de una persona joven, nosotros al escucharlo, nos sentíamos impotentes y desesperanzados. Y no es este el propósito del Señor. Me propongo comentar el fragmento paso a paso. 

En primer lugar, la persona que se acerca a Jesús lo hace con reverencia, demostrando que siente respeto e interés por Él. Se interesa por el Reino de los Cielos, no por conseguir beneficios o influencias. Ahora preguntaos con radical sinceridad vosotros, mis queridos jóvenes lectores ¿me preocupa a mí la salvación eterna, o vivo distraído, deseando poseer, triunfar o divertirme? ¿trato además de descubrir los caminos que a ella conducen? 

2,. El Maestro, al ver que le rinde tributo y reconoce su bondad, no se enorgullece por ello. Le advierte que sólo Dios es bueno. El Señor no niega su divinidad, únicamente la alude. Va a lo importante en este momento con delicadeza, recordándole lo que está seguro ya conoce, los preceptos de la Ley. 

Estando como está el diálogo en un terreno de simpatía y tono confidencial, con maravillosa humildad y sinceridad, confiesa que desde pequeño los cumple, le dice el interlocutor. El Maestro se le dirige ahora, le mira y admira y se atreve a insinuarle nuevos y más excelentes derroteros: dalo todo a los pobres, serás entonces rico y podrás seguirme con estrecha amistad. 

Es mucho lo que le ha pedido, no exigido, observadlo bien, mis queridos jóvenes lectores. El buen hombre no cree que sea capaz de tanto y entristece. Se aleja, el Señor no le condena, observadlo bien ¿volverían a encontrase algún día? Lo ignoramos, pero no quedaron enfadados, eso es evidente. 

3,. Era rico, como cualquiera de nosotros lo somos respecto a la estadística mundial en la que estamos sumergidos. Nosotros que comemos más de una vez al día, que disponemos de agua limpia y techo y cama donde dormir. Que sabemos leer y escribir, que disponemos de un montón de cosas para entretenernos y comunicarnos, frente a la inmensa mayoría que nada de esto tienen. ¿nos sentimos tristes de no ser capaces de dar un sprint ahora, enrolados como estamos en la carrera de la bondad a la que nos creemos adscritos. Es legítima la tristeza, que no debe llevarnos a la desesperación, ni depresión, pero sí a reflexionar con sinceridad y tratar de descubrir maneras de mejorarnos. 

4.- Los discípulos de Jesús también quedaron seriamente sorprendidos. No rectifica el Maestro. Con semítica comparación, estrambótica nos parece a nosotros, les dice que el paso de un camello por el ojo de una aguja es más fácil que la salvación de un rico. Un camello nunca atravesará tal perforación, las de aquel tiempo eran bastante más grades que las de ahora, en Cafarnaún se han encontrado algunas, que se conservan en el museo franciscano de Jerusalén, pero, ni aun así, podría cruzarlo un tal rumiante. ¿es imposible salvarse? Piensan ellos. Para Dios nada es imposible, les responde el Señor. Respiran ahora tranquilos y se atreven a ser ellos los que le confían tímidamente: nosotros lo hemos dejado todo…Quien abandona lo que sea, pensando en Él y en la Buena Noticia que anuncia, recibirán mucho más y sabrán que las puertas de la felicidad eterna las tienen abiertas de par en par. 

5.- Ya sabéis que ciertas monedas son más apreciadas que otras. Es mejor tener dólares que francos CFA, aunque en alguna aldea africana, posiblemente, no apreciarían y ni aceptarían el billete verde. No seáis esclavos de las apariencias. Os contaré una anécdota. Cuando se descubrió el platino, no se supo darle el valor que en realidad tiene y tanto es así, que un día me enseñaron una moneda aparentemente de plata, cuyo valor facial era una peseta, algo así como un céntimo, pero que resultaba ser una falsificación acuñada sobre platino. Evidentemente, su precio era muy superior al asignado en el relieve. Quien me la mostró la guardaba muy bien guardada, pues sabía que llegados malos tiempos, aquella monedita le podría salvar de malas situaciones, aunque pareciera poco su valor. 

6.- A un niño le preguntaron ¿quieres ser bueno? Contestó que sí. Volvieron a preguntarle ¿quieres ser santo? Respondió: hombre, tanto no.Estar inscrito en el catálogo de los récords Guinness, ganar un premio Nobel, o recibir un “doctorado Honoris causa”, está al alcance de pocos. Ser santos, podemos serlo todos, hasta en los pocos últimos momentos de la vida, acordaos del Buen Ladrón. Pero no esperéis hasta tal circunstancia, os lo aconsejo. 

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