Lectio Divina Dom. 27 T.O. Ciclo «B»

Lectio Divina Dom. 27 T.O. Ciclo «B»

1.- DIOS, DIÁLOGO Y DETALLES 

Por José María Martín OSA 

1.- “El amor es comprensivo”. En el matrimonio, tanto el hombre como la mujer «son una sola carne» y, por tanto, busca siempre el uno la felicidad del otro. Ya no se preguntará si «yo soy feliz», sino si «estoy haciendo feliz al otro». Porque en la medida en que el esposo haga feliz a su mujer, será también él feliz y viceversa. En el matrimonio hay un compromiso de amar para siempre, pero para que esto sea posible «hay que cuidar el amor», como cuidamos una planta para que no se seque. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se es capaz de renunciar a uno mismo en favor del otro, cuando el diálogo y la tolerancia tienen cabida dentro del hogar. Pregunté a un matrimonio en la celebración de sus bodas de oro cuál era el secreto de que se quisieran tanto y me respondieron al unísono: «comprensión, mucha comprensión……. Comprender al otro es ponerse en su lugar, es ser capaz de sufrir y alegrarse cuando el otro sufre o se alegra, igual que todo nuestro cuerpo sufre cuando le duele un miembro. Amar de verdad es ser capaz de decir «lo siento» y «te perdono», igual que se dice «te quiero». Para conseguir el éxito en el matrimonio hay que tener presente las tres “D”: Dios, diálogo y detalles 

3.- Es un amor que toma la iniciativa. El proyecto de amor según Dios exige permanencia y tiene ansias de plenitud y para siempre, «hasta que la muerte nos separe». Pero la realidad es que este ideal no se puede vivir por diversas razones. En este caso la Iglesia debe ser acogedora. Así lo manifestado repetidas veces el Papa Francisco y lo destacó en la “Amoris laetitia”. Hay tres palabras claves para el Papa en el matrimonio: “permiso, perdón y gracias”. El respeto, el perdón y el agradecimiento son fundamentales en la vida del matrimonio. El verdadero amor no espera que el otro dé el primer paso. Se lanza el primero para hacerle feliz. Además, es comprensivo, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites. El amor lleva a aceptar al oro como es, sin pretender cambiarlo, ni dominarlo, ni anularlo…. Quiere la realización del orto sin esclavitudes. Es como tener al ser querido como en un pedestal, buscando en todo momento su bien. 

3.- Un amor total, fecundo y fiel. Supone entrega total de uno mismo. Pone en juego todo lo que somos. La persona es corazón: amar es darse. Cada uno se ofrece al otro su cariño para hacer feliz al otro. La persona es libertad, decisión: los esposos se dan un sí que compromete toda su vida. Es como si se dijeran; “Mi vida eres tú”, o “sin ti no soy nada”. El amor mutuo es el mejor camino para entender y amar a Dios. Necesita salir de sí mismo, dar vida: los hijos, fruto del amor. Pero debe ser fecundo para los demás. No se trata solamente de mirarse el uno al otro, sino también de mirar juntos a los demás, para que el amor sea también bendición para otros muchos. Es un amor fiel, que tiene que crecer y que hay que cuidar No podemos ser ingenuos y pensar que crece sólo. Se cuida cada día con los pequeños detalles, la comunicación y el dedicar tiempo al otro… Hay que evitar todo aquello que pone en peligro al amor y favorecer lo que lo hace crecer, como dice esta parábola: 

“Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. 

El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: Ámala, luego guardó silencio. 

-Pero es que ya no siento nada por ella. 

Ámala, repuso el sabio. 

Y ante el desconcierto del señor, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente: Amar es una decisión, no un sentimiento; Amar es dedicación y entrega, amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. 

El Amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que le puede hacer daño a tu jardín, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega y cuida. Debes estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso abandone tu jardín. 

Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, respétela, dale afecto y ternura, admírala y compréndela. Eso es todo, Ámala”. 


2.- LA IMPORTANCIA Y EL SENTIDO CRISTIANO QUE DEBE TENER LA RELACIÓN SEXUAL ENTRE LAS PERSONAS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. – Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Como se ve claramente en la lectura del Génesis y en este relato evangélico según san Marcos, la atracción sexual y la relación sexual no sólo no son algo malo en sí mismo, sino que son una exigencia natural de la naturaleza humana creada por Dios, porque, de hecho, la especie humana no podría sobrevivir sin esta relación sexual. De estas lecturas se puede deducir, además, que esta relación sexual, para que sea auténticamente cristiana, debe basarse en la igualdad y en el amor entre hombre y mujer. El hecho real de que el hombre haya sido superior a la mujer, durante siglos, se debe a circunstancias sociales y políticas, no a la voluntad de Dios, que hizo a la mujer igual al hombre. Es claro que el texto del Génesis, y el mismo texto evangélico, están escritos en tiempos en los que el hombre era considerado, social y políticamente, superior a la mujer, pero hoy, afortunadamente, ya no es así. Hoy el hombre y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. Hagamos, pues, del sexo y de la relación sexual algo cristianamente bueno, y tratemos siempre este tema cristianamente, es decir, un tema tratado siempre según el amor cristiano. 

2..- Le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?… Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio… Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. No pasemos por alto que la pregunta de los fariseos a Jesús fue una pregunta “para ponerlo a prueba”, es decir, era una pregunta trampa. Y es que, en tiempos de Jesús, había muchísimos divorcios legales, puesto que la Ley mosaica permitía al varón dar un acta de repudio de la esposa, por muchísimas razones, y había división de opiniones entre los rabinos sobre cómo se debía interpretar la frase de Moisés. Jesús, dijera lo que dijera, se pondría en contra de unos rabinos o de otros. Lo que a nosotros nos vale hoy es ver que Jesús, hablando del divorcio, se olvida de lo que dice la Ley de Moisés, y se fija, sobre todo, en razones morales, apoyándose en el texto del Génesis. Nosotros, los cristianos de este siglo XXI, cuando hablemos del tema del divorcio, debemos fijarnos en razones morales cristianas, más que en razones legales. Para nosotros, el matrimonio cristiano se fundamenta en el amor cristiano. Verdaderamente, sólo hay matrimonio verdaderamente cristiano cuando hay amor cristiano. Esto es a lo que debemos aspirar los cristianos, a fundamentar nuestros matrimonios en el amor de Cristo. Leamos, sí, el <himno al amor> de san Pablo, en Corintios 13, y procuremos ser fieles a lo que aquí nos dice san Pablo. 

3..- Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. ¿Por qué san Marcos pone este texto a continuación del texto sobre el divorcio? ¿Qué relación puede tener el divorciarse o no divorciarse con el hecho de aceptar el Reino de Dios como un niño, para entrar en el Reino de los cielos? Pues, entre las muchas razones que puede haber, yo creo que una de ellas puede ser esta: que tanto el divorciarse, como el no divorciarse, y el recibir el Reino de Dios como un niño, debe fundamentarse siempre el amor y en la confianza, en sentido cristiano. Las relaciones de un niño con sus padres se basan de hecho en el amor y en la confianza que los niños tienen con sus padres. Nosotros somos hijos de Dios y hermanos de su hijo Jesucristo. Sólo, pues, los que hacemos con amor y confianza en Dios y en su hijo Jesucristo nos hace verdaderamente cristianos. Hagamos todo con amor y confianza en Dios y en su Hijo Jesucristo, y sólo así entraremos en el Reino de Dios. 


3.- PARA PONER A PRUEBA A JESÚS… 

Por Francisco Javier Colomina Campos 

“El amor hace de los dos una sola carne” 

En su camino hacia Jerusalén, mientras que va instruyendo a sus discípulos, Jesús se encuentra con unos fariseos que le hacen una pregunta para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Esta cuestión está de actualidad, en este mundo en el que la dignidad del sacramento del matrimonio está tan desacreditada. Es importante recordar una vez más lo que responde Jesús ante esta espinosa cuestión que le plantean los fariseos. 

1. Los fariseos plantean a Jesús la pregunta acerca del divorcio, no con la intención de conocer lo que piensa Jesús, sino más bien con la intención de ponerlo a prueba, como apunta el mismo evangelista. La pregunta tiene una segunda intención, pues lo que esperaban los fariseos era que Jesús contradijese la ley de Moisés, para así tener de qué acusarlo. Y es que la ley de Moisés permitía a un hombre divorciarse de su mujer con tan sólo presentar un acta de divorcio, un simple papel. Hay que destacar que esta prerrogativa no estaba permitida a las mujeres, sino tan sólo a los varones. Jesús, con su respuesta, no busca contradecir la ley de Moisés, sino llegar al origen de las cosas. Por eso hace referencia al libro del Génesis, que escuchamos en la primera lectura, en el que dice que el hombre y la mujer fueron creados con la misma dignidad, haciendo notar así que la ley de divorcio establecida en la ley de Moisés era en sí misma injusta, al dar este derecho sólo a los varones, siendo así contraria a la voluntad de Dios que creó con igual dignidad al hombre y a la mujer. Al mismo tiempo, Jesús pone el centro no en el derecho o no a divorciarse, sino en el amor, que es el centro de la ley de Dios. Y es que Dios ha creado al hombre y a la mujer para que se amen, hasta el punto de ser los dos una sola carne. Jesús añade al libro del Génesis: “De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Jesús enuncia así la dignidad del matrimonio, que no es un mero contrato entre dos personas, sino que Dios une a un hombre y a una mujer que se aman, una unión que nadie puede romper. Jesús va más allá de una ley meramente humana y busca el sentido mismo de las cosas tal como Dios las ha creado. El matrimonio, la unión entre un hombre y una mujer, que es algo natural e intrínseco a la naturaleza humana, ha sido así elevado por Jesús a la dignidad de sacramento, constituyendo una unidad indestructible. 

2. Jesús, el Hijo de Dios, al que la carta a los Hebreos presenta como el santificador mediante su sufrimiento y su muerte, es quien ha elevado a la dignidad de sacramento el matrimonio. Cristo, como leemos en la segunda lectura de este domingo, nos salva a través del sufrimiento y de la muerte en cruz. El autor de la carta a los Hebreos responde a la pregunta de por qué Jesús nos salva por medio del sufrimiento y de la muerte: Dios lo había juzgado conveniente. Así, se presenta a Jesús como el Siervo de Yahvé, como el justo que es capaz de dar la vida por nosotros. Cristo Jesús ama tanto a su Iglesia que por ella padece y entrega la vida hasta la muerte. El amor de Dios es un amor generoso, de entrega, de oblación. Este mismo amor es el que pide Jesús en el matrimonio, pues el hombre y la mujer se entregan mutuamente, el uno al otro, de igual modo. Cuando ese amor matrimonial entre un hombre y una mujer es así, auténtico, como el de Dios, ya no cabe la posibilidad de romperlo, pues no pasa nunca el amor que es auténtico. Sin embargo, cuando el amor en el matrimonio es un amor egoísta, interesado, que sólo busca al otro como un bien para mí y no como alguien a quien entrego toda mi vida, no podemos entender la verdad del matrimonio tal como Dios lo quiere, y por eso no se entiende el matrimonio como algo que no se puede romper. Cuando la unión entre un hombre y una mujer están fundamentadas en la roca firme del amor de Dios vivido y entregado mutuamente, esta unión es tan fuerte que nada la puede romper. 

3. Después de la enseñanza de Jesús sobre del matrimonio, aparecen en el Evangelio unos niños que quieren acercarse a Jesús. Los discípulos les regañan, no quieren que vengan a molestar al Maestro cuando está enseñando. Sin embargo Jesús, al ver la actitud de sus discípulos, se enfada y les dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Al final del Evangelio de hoy se nos propone el ejemplo de los niños, que contrarresta la actitud maliciosa de los fariseos. Aquellos niños, que son apartados por los discípulos de la presencia de Jesús, son el modelo que Jesús nos propone a nosotros: hay que hacerse como niños. Los niños no tienen nada que esconder, no vienen con doblez de intención, y tampoco tienen nada que ofrecer. Sin embargo quieren acercarse a Jesús, desean verle, estar a su lado. Así nos pide Jesús que aceptemos el Reino de Dios, como un don que no merecemos. 


4.- «LO QUE DIOS HA UNIDO QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE» 

Por Antonio García-Moreno 

1.- UNA SOLA CARNE. – Dios está preocupado. Adán se siente solo. Aquel mundo maravilloso que le circunda es demasiado grande para él, demasiado bello para no comunicar con alguien los hondos sentimientos que su contemplación provoca. Las aguas azules, los verdes valles, las rojas alboradas, la blanca nube. Mil matices polícromos que despiertan los deseos de cantar, de derramar hacia fuera el torrente de gozo que hay dentro. 

Dios preocupado porque Adán está solo. Así de sencillo, y así de misterioso. Este relato, cargado de antropomorfismo, nos presenta en su lenguaje popular la maravillosa preocupación de Dios por ese hombre de barro recién hecho, con los ojos apenas abiertos a la luz del día. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre nominó a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo… Adán pone el nombre, ello equivale a decir que toma posesión de aquel mundo vivo que canta y que ruge, que lucha y que goza. La fuerza, la agilidad, la piel suave, los ojos profundos. Animales grandes y pequeños. Todos bajo el dominio de Adán… Pero el hombre sigue triste, con la soledad pintada en su mirada perdida. Y Dios sigue preocupado por él. 

El sueño de Adán. Eso será la mujer. La imaginación del primer hombre vuela por las regiones lejanas e imprecisas de los sueños. Por el misterio del subconsciente el hombre vaga flotando sobre las cosas, buscando entre aquella selva exótica algo que llene su corazón vacío. Y de pronto, al despertar, ella, la primera mujer, está allí. Y Adán exclama entusiasmado: Esta sí que es carne de mi carne… El primer piropo ha florecido en el aire limpio de la mañana. Adán se ha enamorado, Dios ha creado el amor humano, fiel reflejo del divino. Ahora tiene el hombre lo que le faltaba para asemejarse más a Dios: el amor. 

Los dos serán una misma carne, una vinculación íntima e irrompible ata dulcemente al hombre y a la mujer. Adán ya no está solo, los ojos le brillan otra vez con el color de la alegría. Sí, es maravilloso amar… Y después todo se viene abajo. Y el amor se rompe y la carne que debía ser una, se desgarra. El pecado lo manchó todo, lo arruinó. El pecado es el único obstáculo que impide y recorta la grandeza del amor, lo único que envenena la dulzura del cariño para convertirlo en la amargura del odio… Líbranos, Señor, del pecado. Haz que nuevamente el hombre descubra la belleza del auténtico amor. 

2.- LO QUE DIOS HA UNIDO. – Siempre hubo problemas en la vida matrimonial. Sencillamente porque siempre falló el corazón humano, tan voluble y egoísta a veces. Ante esta dificultad hubo quienes pensaron que lo mejor era cortar por lo sano, olvidando que lo que Dios ha unido no lo debe separar el hombre. Sin tener en cuenta, además, que la solución de cortar por lo sano destruye todo posible rescoldo de amor en vez de alentarlo, corroe la vida familiar privándola de la capacidad de abnegación y de olvido de sí mismo, en favor de los demás, en especial en favor de los hijos. 

San Marcos nos refiere con sencillez y brevedad el episodio de los fariseos que preguntan al Señor si le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer. Según el libro del Deuteronomio, uno podía dar el libelo de repudio a su mujer y casarse con otra. Jesús reconoce esta situación, pero la considera como una concesión provisoria a la terquedad de los israelitas. En realidad ese pasaje no permitía el divorcio. Simplemente tenía presente la costumbre introducida por algunos y procuraba imponer unas reglas para evitar mayores abusos. Es decir, ese texto de Dt 24, 1-4 es antidivorcista, a pesar de que lo tolera. 

Pero aun admitiendo otro sentido a ese pasaje veterotestamentario, Jesús lo deroga con claridad y recurre a la originalidad de lo primigenio, a la voluntad primera de Dios que determinó que el hombre se uniera para siempre a la mujer, con un nudo que sólo la muerte podría romper. «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Es una sentencia tan concisa y clara que no es posible admitir componendas. 

Jesús reconoce la dificultad que su doctrina entraña para que pueda ser entendida y aceptada sin más por el hombre. Pero él no echa marcha atrás y mantiene sus exigencias de amor supremo y siempre fiel. Decir otra cosa es tergiversar la palabra de Dios; aguar, por así decir, el vino fuerte y oloroso del Evangelio. Es cierto que, según el paralelo de San Mateo, Jesús alude a una posible excepción aparente, al caso llamado en el original griego «porneia». Pero la interpretación correcta de esa palabra la considera igual a matrimonios que son concubinarios o amancebamientos. En esos casos de uniones no matrimoniales, es posible la separación. Excluye, por tanto, todo matiz suavizante a la doctrina claramente enunciada en San Lucas y en San Marcos por el Señor. Así, pues, una vez que se da un verdadero matrimonio, éste es indisoluble. 


5.- AMOR Y MATRIMONIO 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- Dos de los textos litúrgicos de este domingo –primera lectura y Evangelio— inciden directamente en la valoración de lo que debe ser el matrimonio cristiano. Y resulta más que obvio que el tema es de completa actualidad en estos días. Jesús definió ya hace más de dos mil años la indisolubilidad del matrimonio frente a la Ley de Moisés que permitía al marido la entrega de un libelo de repudio a la esposa: una fórmula de divorcio legal. Bien es cierto que ley mosaica dejaba al marido como juez y parte en la decisión de despedir a la mujer y como enseñan los historiadores llegó a entregarse el libelo de repudio a esposas ejemplares por el simple hecho de haber envejecido y no ser ya del agrado de los maridos. 

2.- En estos tiempos en los que la sociedad ha asumido la mayoría de los postulados sobre los derechos fundamentales de la mujer, resulta asombroso para nosotros, hoy, el poco peso que esta tenía en la sociedad antigua. Y no solo es países con un fuerte sentido de lo tradicional como podía ser Israel, también en Roma, donde el amor a la innovación y el respeto por el derecho codificado eran más que notables. Sin embargo, la esposa era considerada como –poco menos— un esclavo. El cristianismo trae a las gentes del amplio espacio ocupado por el Imperio Romano una nueva dimensión en el respeto de las mujeres y los niños. La defensa de la continuidad del matrimonio –sin rupturas— fue, en primer término, una defensa de la mujer y de la prole frente al poder y la frivolidad de los hombres. La cuestión era revolucionaria, de acuerdo con los postulados de la sociedad de entonces y, así, una vez más, Jesús de Nazaret se convertía en un revolucionario. 

3.- Esta precisión histórica tiene su valor, pero hemos de enfrentarnos a la situación actual que no es muy lisonjera. Los matrimonios siguen rompiéndose y el drama de las parejas rotas alcanza a los hijos. Las causas de la ruptura son variadas y puede, incluso, suponerse que hay un cierto número de casos en que la separación podría justificarse por razones humanitarias, pero no es la mayoría. Los ejemplos de hombres maduros –casi siempre bien situados económicamente— que deciden disponer de una esposa más joven y atractiva, siguen siendo muy numerosos. También, las rupturas por aparición de un tercero en la vida de uno de los cónyuges es una causa muy frecuente. No parece, entonces, que el nivel de dificultades, la presunta rutina o el cansancio mutuo sean causas generalizadas de separación. 

4.- No hay otro ingrediente fundamental en el matrimonio que el amor. Y lo mismo ocurre con nuestro sentir cristiano, donde el amor debe inundar todas nuestras acciones. Todos los amores se basan en la misma sustancia. Y es que hay un solo amor que es el Amor. Existe una cierta tendencia a ponerle adjetivos al amor. Se habla de amor de madre, de amor de hombre o de amores apasionados o de amores de hermanos. Y no hay razón de hacer distingos porque la sustancia de esos amores es la misma que la del Gran Amor. Ni siquiera la sexualidad producida en el contexto de un gran y verdadero amor debe excluirse de dicha sustancia. Y ello parece muy claro en la encíclica del, hoy, Papa Emérito, Benedicto XVI, “Dios es Amor”, donde se ha dado una lección magistral sobre esa unidad de todos los amores en la acción de amar de Dios hacia sus criaturas. El amor es bello, ilusionante, sacrificado, comprensivo, magnánimo, generoso y muchas más cosas. Y no puede ser mentiroso, ni traidor, ni taimado, ni cruel. Por tanto, a partir de la sustancia del amor es difícil pensar en la separación matrimonial. Puede ocurrir que el amor desaparezca. Pero el amor como toda situación de nuestra vida necesita el mismo tratamiento que un organismo viviente. El ejemplo de la planta es útil. Hay que trabajar todos los días para que la planta no se marchite y en dicha labor algunas veces habrá que hacer esfuerzos importantes para evitar situaciones que son contrarias al desarrollo del amor. 

5.- La permisividad sexual –valorada hoy mucho y de manera muy parecida igualmente por hombres y mujeres— destruye el principio de la propiedad compartida (material, física y espiritual) de la pareja. Y, además, como vivimos un mundo lleno de falsedad y de dobles verdades, la infidelidad hace daño por igual; hasta el extremo que un cónyuge habitualmente infiel quedará muy fastidiado si descubre que su pareja también le traiciona. Además, en esto de las infidelidades hay mucho más de frivolidad que de necesidad. Una conquista con final exitoso en lo sexual es, para muchos, un galardón de alto valor, cuando, en realidad, no deja de ser el principio de muchos problemas. Y como además el amor es un sentimiento que no llega en seguida –los flechazos, al igual que las conversiones instantáneas, sólo los manda Dios–, se va rápido, dichas conquistas producen remordimientos, sentimientos encontrados y una cierta cantidad de perplejidad y sufrimiento. 

6.- La frase de San Agustín que dice «Ama y haz lo que quieras» define el poder del amor. Si se ama no se puede hacer ningún mal. La infidelidad matrimonial, origen de la inmensa mayoría de las separaciones, se alimenta de hechos frívolos y malvados. La promiscuidad –antes «patrimonio exclusivo» de los hombres, pero hoy ampliable al comportamiento de las mujeres— es un principio de inmadurez o la respuesta a estados de ansiedad que deben corregirse. La realidad es que la mayoría de los humanos –con o sin vínculo matrimonial— viven en pareja. Y dicha promiscuidad es a todas luces un estado que tiende a la soledad posterior. Busquemos, con todo nuestro cuerpo y nuestro espíritu, el amor. Es la base de la paz y del sosiego. La sublimación del sexo es un error. Ciertamente que puede haber sexo sin amor, pero también hay muchos caminos que no conducen a ninguna parte. 

7.- Una consecuencia de la unión amorosa que se da en el matrimonio es la familia y la unidad principal de la familia está en la unión de la pareja. Eso es el matrimonio. Y este debe ser sano y fuerte. Y una condición para esa sanidad y fortaleza es que se mantenga fuertemente unido. La fidelidad –pedida por Cristo—es condición fundamental. Pero la fidelidad no es un decreto o una orden prefijada sin más. Surge del amor y del deseo de que este permanezca. Al amor hay que cuidarle y alimentarle todos los días y si bien la rutina es uno de sus mayores enemigos, también lo es la frivolidad o los “encantamientos” que el entorno puede producir. Es relativamente fácil para un hombre sentir el golpe instintivo y atávico de la “conquista”. Y es también para una mujer sentir la lisonja de un engañador y seductor que solo busca sexo o satisfacer su vanidad de “macho”. El trabajo y la actividad profesional pueden ser un campo que facilite ese tipo de cuestiones. Pero no por eso, el hombre deja de trabajar. Ni por la misma razón debe hacerlo la mujer. El tema es acostumbrarse a esa hojarasca de la aventura y el halago. Y no darles importancia. Esa fidelidad profunda, basada en el amor y en reconocimiento de la labor común necesaria para construir una familia feliz, será uno de los mejores ingredientes para el camino nada fácil de la vida en común, que producirá otras vidas a las que “construir” y educar. El Padre del Amor será una ayuda fundamental para los difíciles momentos de un camino duro. Jesús lo explica en el Evangelio de hoy. La Virgen María puede acompañarnos, asimismo, en el deseo de fabricar en nuestro interior un corazón puro y amoroso. La familia cristiana lo necesita. 

8.- Hasta el final del Tiempo Ordinario –ya en las puertas del Adviento— leeremos todos los domingos fragmentos de la Carta a los Hebreos. Esta Carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima, está dirigida –parece— a cristianos procedentes del judaísmo y por eso tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Y una parte de ese sacerdocio sublime de Cristo es su Sacrificio que liberó al género humano de la esclavitud del pecado. Así, en el fragmento del capítulo segundo que hemos escuchado hoy pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena volver a ser leído cuando llegamos a casa, para que nos sirva de motivo de meditación. 

9.- También debe ser objeto de nuestra meditación para que mejor se grabe en nuestros corazones, la lección que nos da Jesús respecto a la indisolubilidad del matrimonio, cuestión que no parece fácil en un mundo como el actual en que ese valor de la fidelidad es ridiculizado por muchos en la calle, en los medios de comunicación, en las conversaciones de todas las horas. Reflexionemos, pues, sobre el mundo que nos circunda e iniciemos, en la medida que nos sea posible, una acción de testimonio que se oponga a ese menosprecio generalizado del matrimonio y de la familia cristianos. 


LA HOMILIA MAS JOVEN 


HUMANIDAD 

Por Pedrojose Ynaraja 

1.- Observaréis, mis queridos jóvenes lectores, el excesivo interés que se pone hoy en día en dar importancia al mundo animal. A los perros de compañía, a los salvajes, a los gatos, a la vida de las gallinas y hasta a la vida y muerte, si es preciso, de los cerdos o de los ratones de experimentación y estudio en los laboratorios. No dudo que merece el mundo animal y el vegetal mis respetos. Por parecido que sea el genoma humano al mamífero más superior y por fiel compañía que otros sean capaces de ofrecer al más solitario y desprotegido ser humano, nunca podrán identificarse, compenetrarse y amarse ambos totalmente. 

2.- En los inicios del libro del Génesis, el que siempre ocupa el primer lugar del conjunto de los escritos bíblicos, la escena de la creación de la pareja humana es una narración preciosa. Creo que ningún otro relato ha inspirado a tantos artistas, sean pintores o escultores, tal es así, que cuando uno visita un templo, sea catedral o monasterio, que ofrezca al visitante una entrada solemne, un pórtico elegante, adornando sus superficies con escenas atractivas, puede estar seguro de que encontrará plasmado esta descripción. 

3.- Los artistas, generalmente, se han contentado con expresar el encanto de esta tradición y presentarán al varón solemne y a la mujer bella sin par. Esta es su propia genialidad. La liturgia de hoy, sin negar estas cualidades, nos proclama la enseñanza, la catequesis que en la Biblia se encierra. 

4.- Debe uno remontarse a tiempos muy antiguos y reconocer que la hembra humana había sido en muchos casos sometida a una exclusiva función reproductora. Vivía ella abrigada en la caverna, esperando la llegada del varón que había marchado a cazar o a luchar, permanecía pasivamente para ser “el descanso del guerrero” o la proveedora de prole para la tribu. Era necesaria su existencia para que la raza subsistiese. La fruta, los huevos, ciertos animales eran alimento y, en algunos casos protección, en otros peligros. Poco a poco iba descubriendo las cualidades e inconvenientes de cada uno y se acordaba de lo que por experiencia había aprendido, eso significa el irles dando nombres, que así lo llama el texto. Pero la mujer era algo más, pese a que con frecuencia la tuviera marginada de los aconteceres del hábitat donde residían. Era reproductora, función precisa y preciosa, sin otorgarle la completa categoría humana. 

5.- El autor inspirado del Génesis quiere proclamar la paridad de ambos. Si acudir a análisis que no hubieran sido propios de la época, dice que ella ha sido sacada de él, del centro de su cuerpo, próximo al corazón, luego su substancia, su misma calidad, deberá ser humana totalmente como lo es la suya. 

El varón que había ido sirviéndose de los animales para satisfacer sus necesidades más perentorias, descubre que le faltaba algo o alguien con quien identificarse y a la postre, a quien amar de igual a igual. No existían espejos por entonces, al mirarla a ella, veía su imagen, se veía a sí mismo, se sentía satisfecho en ello. Para el varón la mujer le era tan suficiente, que por ella abandonaba a los suyos y se uniría a los de ella. (Aquí recoge el narrador ancestrales costumbres matriarcales.) 

La unión matrimonial, que no era puramente genital, la compañía, que no era sola presencia, sino compartir ensueños, proyectos y realizaciones, creaba la familia. Una sola carne, un solo ideal, un solo destino. 

6.- No es extraño que en posteriores épocas, la genialidad profética, haya proclamado que el amor de Dios a los hombres, sus predilectos, era semejante a la felicidad que hallaba el esposo con su esposa (Is 62, 5) ¿Soñáis vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que cada enamoramiento, que vuestro enamoramiento, entraña estos y muchos otros saludables misterios? 

7.- El fragmento evangélico de la misa de este domingo nos lo presenta San Marcos en un escenario aburrido. Los fariseos, hombres serios y seguros de sí mismos, no están dispuestos a manejarse en ámbitos poéticos. Quieren moverse y llevar al Maestro a la palestra de la prosaica realidad. Ellos son eruditos intelectuales y jurisconsultos. En su terreno quieren lidiar. 

Me crispa quien define el matrimonio cristiano por sus límites, sus ausencias, sus prohibiciones. A nadie se le ocurre explicar qué es y cómo es una preciosa copa de cristal tallado de bohemia, aludiendo de inicio a su fragilidad, o un delicado perfume por la posibilidad de que si quedara destapado el pomo que lo contiene, se evaporaría Son puras limitaciones, que no ensombrecen las cualidades de ambos. 

8.- Conoce el Maestro, como buen rabí que es, los preceptos a los que está sometido el matrimonio, pero que no empañan su sublime realidad. Quien lo ensucia será más culpable por la dignidad a la que ha sido elevado. (Mucho más aún debemos nosotros ahora reconocerla al ser elevado a sacramento y símbolo viviente del Amor del Señor por su Esposa la Iglesia). 

Un apartado que veo que el misal advierte que puede no proclamarse hoy, se refiere a la relación que se debe tener con los niños, a lo que en realidad son los niños. Dejad que los niños se acerquen a mí… 

9.- El niño que llevamos dentro y que no debiéramos ignorar o asesinar nunca, aquel que nos permite soñar ingenuamente y con candorosa pasión mantenernos jóvenes de espíritu, pese a que la edad nos convierta en ancianos, ese es el que nos torna semejantes a ellos y nos permita aceptar el Reino de Dios con ilusión. 

(Y os advierto a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que redacto estas líneas hoy, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, santa joven, murió a los 24 años, santa declarada doctora de la Iglesia por la simplicidad de su doctrina. Más de una vez he visitado la que fue su casa en Lisieux, en la baja Normandía, Francia. No puedo olvidar sus cuadernos, sus juguetes, su jardín donde a su santo padre le explicaba sus cuitas… allí germinó y fraguó su santidad, iba creciendo, viajando y aprendiendo, pero que nunca dejó de ser inocente niña. La niñita que alegrase con su amor, no sabía ser otra cosa, a Jesús)- 

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