Misión Ad Gentes – Espiritualidad y Compromiso

Misión Ad Gentes – Espiritualidad y Compromiso

Como entender la misión ad gentes hoy


Hoy “la misión” es comprendida como elemento estructural de la identidad y de la actividad de toda la Iglesia. Se
expresa en un cuadro complejo de situaciones y de interlocutores, y ya no es indicativo solo de “misiones extranjeras”
como en los viejos tiempos de la cristiandad. La urgencia fundamental de la misión en la actualidad es testimoniar y
anunciar el Reino de la Vida contra un sistema nefasto, opresor y voraz de muerte, pues el Reino de la Vida es
incompatible con todas las situaciones deshumanas y devastadoras de la creación.


Todavía, hay diferentes ámbitos, situaciones, interlocutores, urgencias que no consienten equiparar los escenarios
mundiales en el mismo nivel: no es lo mismo y no es correcto igualar una misión popular en mi parroquia con una
presencia misionera en un país africano o asiático, o junto de un pueblo indígena, o en una situación de violencia,
devastación y marginalidad en nuestra América. Cuando todo es misión nada más es misión, pero también no es más
posible hablar de misión ad gentes sin una Iglesia toda misionera.


También la dinámica misionera tiene su especificidad: misión quiere decir “envío”, “salir”, “Iglesia en salida”. Misión
apunta siempre para una salida, y la misión ad gentes apunta para una salida radical, fuera de nuestra casa, de nuestro
contexto sociocultural y de nuestra tierra. Por lo tanto, hay una diferencia substancial entre la comunidad misionera
que acoge – y que es dueña del hogar – y la comunidad misionera que se dispone a ser acogida por el otro y que es
huésped en su casa. El carácter misionero específicamente hablando, es propio de quien se hace hospedar en la casa
de los otros. Evidentemente que hay una misionariedad íntima y análoga en quien acoge en su casa: pero no es lo
mismo.

Aún hay que reconocer que tenemos tres grandes ámbitos de misión, tres direcciones de salida misionera:


a) La pastoral, junto a los cristianos y al pueblo que vive de la piedad popular;
b) La evangelización, en el contexto más ancho de la sociedad secularizada, multicultural y capitalista donde
vivimos;
c) La misión, en contexto religioso, social y cultural de otros pueblos, a los que somos eventualmente enviados.


A cada uno de estos ámbitos podemos asociar tres imágenes evangélicas que indican contextos, tareas y dinámica
propias:

a)El Pastor, en el corral de la comunidad en una misión de acompañamiento y de cuidado con las personas y
con la vida de las personas;
b)El Sembrador, en el campo de la sociedad donde se siembra la Palabra y espera que esta semilla pueda dar
algunos frutos;
c)El Pescador, en el mar del mundo pescando gente, o sea, salvando vidas, promoviendo y comunicando vida y
luchando contra todo tipo de mal.

Las tres tareas deben ser entendidas como articuladas y bien integradas. La misión no puede ser pensada em
compartimientos estancos. Debe ser pensada en término globales, integrales de testimonio y anuncio del Reino de la
vida. En términos de Misión Continental podríamos pensar en una perspectiva de una misión:

a) En el Continente (pastoral misionera) en nuestra casa;
b) Hacia toda sociedad del Continente (acción evangelizadora) afuera de nuestra casa;
c) Y a partir del Continente (misión ad gentes) en la casa de los otros;

Cualquier iglesia local debería contemplar estas tres tareas en su plano pastoral-misionero, y no apenas concentrarse
en la pastoral, sino salir hacia la sociedad y hacia el mundo. Nosotros laicos, religiosos, presbíteros, obispos, etc.,
somos formados para ser buenos pastores, pero no mucho como buenos sembradores, aún menos como buenos
pescadores. Sin embargo, Jesús escogió pescadores y no pastores; así los obispos son ante todo apóstoles, lo que
significa misioneros. Necesitamos, por lo tanto, urgentemente aprender el arte del sembrar y del pescar, sin dejar el
pastoreo.


Este hecho demuestra que todavía estamos un poco cerrados en nosotros mismos y que nos queda un largo camino
para convertirnos en una Iglesia en salida.
Claramente, sabemos que la misión ad gentes en nuestro continente fue la misión colonial, una pesca predatoria, y no
queremos repetir la misma historia con los otros pueblos. Incluso la expresión “ad gentes” es peyorativa, es colonial.
Con la misión colonial, los misioneros no se considerarán huésped de los pueblos, más dueños, señores, superiores:
no salieron al encuentro de los otros, dominaron y sojuzgaron los otros. Sin libertad no hay verdadera evangelización.
Con la cristianización forzada no hubo evangelización. Y nosotros no queremos repetir la misma historia.

Sin embargo, no podemos también renunciar a testimoniar la fraternidad universal, la solidaridad con todos los
pueblos, la presencia y la acción de la Iglesia donde la vida está amenazada, testimoniando y promoviendo el
encuentro y el diálogo con todos los pueblos y las culturas para construir un mundo más humano donde se quepan
muchos mundos.

Los Congresos Misioneros Latinoamericanos han sido promovidos para dar un impulso a esta perspectiva de la misión
universal necesariamente integrada con las demás, desde América Latina. Hablaba-se mucho de una misión
decolonial de pobre para pobre, de dar de nuestra pobreza con medios pobres, en una misión liberadora, profética,
martirial, itinerante, comunitaria, intereclesial. Se presentaba América Latina como un interlocutor privilegiado con las
realidades del Tercer Mundo, en la promoción de un nuevo modelo de misión e de Iglesia a servicio del Reino de la
vida. E se decía que hasta que esto no se logre, no se habrá alcanzado la madurez en la evangelización.

Pues hay varias maneras de plantear la misión colonial: podemos ir a la misión a la manera dominadora como hicieran
muchos misioneros del primer mundo; podemos ir a los territorios ricos en lugar de los territorios pobres, a los centros
en lugar de las periferias, como están haciendo muchos misioneros desde el tercer mundo; podemos quedarnos
confortablemente en nuestra casa dónde somos dueños y señores, como hacemos muchas veces nosotros.
Yo acredito que tenemos que abrir nuestros propios caminos en América Latina. Hay un proceso global de
maduración para la misión ad gentes, que es fruto del Espíritu. Jesús no ha ido ad gentes, pero su misión era universal.
Los discípulos fueron ad gentes sólo después de un proceso de apertura largo y doloroso. A lo largo de la historia ha
habido tiempos de fuerte impulso misionero y tiempos más de recogimiento. Hay que prestar atención para no apurar
las cosas cuando no están maduras: muchas personas fracasarán en aventuras ad gentes, se quebrarán, volverán
profundamente machucadas; muchos proyectos fallaron, se quedaron inviables, por imitar o dar continuidad a
proyectos de otros tiempos, hechos de otras maneras y frutos de otros procesos eclesiales.

Por otro lado, nuestro problema en América Latina y Caribe no es la falta de plata o de recursos materiales; no tenemos ni problema de gente, ni de organización, ni de formación. Nuestro problema quizás está en la falta de consciencia eclesial, falta de cultura misionera, falta de mística universal. Para esto existe la animación misionera y existen tiempos de maturación, de incubación, de embarazo, donde las perspectivas evolucionan paso a paso. Pero necesita trabajar.


El problema es: ¿qué pasos tenemos que dar para que nuestras Iglesias madurezcan una consciencia misionera ad
gentes integral, integrada, orgánica y decolonial?

de Estêvão Raschietti, sx.
Curitiba, Brasil


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