Lectio Divina Dom. 24° T.O. «B»

Lectio Divina Dom. 24° T.O. «B»

1.- LOS CRISTIANOS CREEMOS EN UN MESÍAS SUFRIENTE Y RESUCITADO 

Por Gabriel González del Estal 

1.- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará. Pedro, y los demás discípulos, creían en un Mesías triunfante, glorioso y vencedor, creían en un Reino de Dios en el que el Mesías sería el rey y ellos sus ministros. Jesús no quiere que sus discípulos le vean como Mesías triunfante, sino como Mesías sufriente, a quien, después de padecer y morir, el Padre resucitará y le hará vencedor del mal y de la muerte. Pedro no está dispuesto a aceptar que el Mesías tenga que pasar por un primer periodo de humillación y muerte, y, por eso, increpa a Jesús y le invita a retractarse. La respuesta de Jesús es tajante y contundente; ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Con la respuesta que Jesús dio a Pedro, nos está diciendo a nosotros, los cristianos, y a la Iglesia de Cristo, en general, que tenemos que tomar muy en serio la misión de predicar, de palabra y de obra, a un Mesías sufriente a quien el Padre resucitará, después de la muerte. En este mundo, los discípulos de Cristo debemos luchar contra el mal con todas nuestras fuerzas, imitando a nuestro Maestro, y estando dispuestos a sufrir, hasta la muerte, si fuera preciso, en la defensa del evangelio de Jesús. No es nuestro objetivo primero, para los cristianos, hacer de la Iglesia de Jesús una Iglesia poderosa y triunfadora, sino un Iglesia humilde y verdadera. Muchas veces, a lo largo de los siglos, no lo hemos hecho así, y por eso, en más de una ocasión, hemos merecido la reprensión de Jesús, lo mismo que reprendió a Pedro. El Papa actual, por ser fiel a su Maestro, está predicando, un día sí y otro también, a una Iglesia humilde, luchadora contra el mal, venga este de donde venga, e imitadora del Jesús sufriente, a quien el Padre resucitó para siempre. Hagamos hoy, pues, nosotros, los cristianos de este siglo, el propósito de predicar a un Mesías sufriente, estando dispuestos a sufrir y a morir, si fuera preciso, en la defensa de este Cristo Mesías sufriente, predicador de la verdad y de la justicia, y vencedor del mal, a quien el Padre resucitó y en el que nosotros creemos. 

2.- El Señor me abrió el oído; yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me aplastaban. No hay duda que algunos de los profetas del Antiguo Testamento se parecen bastante, en palabras y hechos, al Mesías, al siervo de Yahvé, que ellos predicaron. El profeta Isaías fue uno de estos profetas. El texto que leemos este domingo nos lo demuestra: ofrecía la espalda a los que me aplastaban… no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos… por eso endurecía el rostro como pedernal sabiendo que no quedaría defraudado… el Señor me ayuda, ¿quién me condenará? Estas mismas palabras, aunque dichas en otros términos, las dicen los evangelistas de nuestro Mesías, el Señor Jesús. Nosotros, como cristianos, tenemos la obligación de aceptar, si llega el caso. en nuestra vida, ultrajes y desprecios por defender el evangelio, con ánimo sereno, sabiendo que el mismo Jesús y Dios nuestro Padre nos defenderá y nos lo premiará. Hagámoslo así, como buenos cristianos, como seguidores de un Mesías sufriente y resucitado. 

3.- ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? Estas palabras del apóstol Santiago nos parecen, y son, evidentes en sí mismas, sin que tengamos que ver contradicciones con las palabras de los apóstoles san Juan y del apóstol Pablo, cuando dicen que lo que nos salva es la fe en Cristo Jesús. ¡Claro que lo que nos salva es la fe! Pero la fe cristiana supone fidelidad y compromiso con lo que creemos, tal como nos lo demostraron el mismo san Juan y el apóstol Pablo con su vida y muerte. El apóstol Pablo, en concreto, de quien conocemos bastante de su vida, por los Hechos de los Apóstoles, y por sus mismas cartas, sufrió muchas persecuciones y muerte por ser fiel a su fe en Cristo. Nadie debe poder decir nunca de un buen cristiano que tiene fe cristiana, pero que no tiene obras cristianas. Que tampoco nadie pueda decir de nosotros que tenemos fe cristiana, pero que nuestras obras contradicen nuestra fe. Si lo hacemos así caminaremos en presencia del Señor, tal como nos recomienda el salmo responsorial de este domingo. 

2.- “JESÚS ES EL MESÍAS” 

Por Francisco Javier Colomina Campos 

El Evangelio de Marcos está compuesto por dos partes bien diferenciadas: en la primera parte, Jesús se presenta como el Mesías, llama a sus primeros discípulos, realiza sus primeros milagros y curaciones, predica en las sinagogas, se enfrenta con los fariseos… mientras que en la segunda parte, profundiza más en lo que significa ser Mesías, anunciando en repetidas ocasiones su pasión, muerte y resurrección, finalizando con la subida a Jerusalén donde morirá crucificado y resucitará al tercer día. El pasaje del Evangelio que escuchamos este domingo, con la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe, es el quicio, el eje que une ambas partes. 

1. ¿Quién es Jesús? Esta es una buena pregunta que podemos hacernos hoy. Seguramente podemos encontrar muchas respuestas distintas a esta pregunta: un buen hombre que hizo cosas buenas por los demás, alguien que habló muy bien y que nos enseñó muchas cosas importantes, un personaje histórico que de alguna manera ha marcado la historia de la humanidad, una ideología, una fuerza o una energía… Podemos encontrar tantas respuestas como personas a las que hagamos esta pregunta. El mismo Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, y entonces como ahora hay mucha gente que no conoce bien quién es Jesús, que no comprende verdaderamente quién fue. Pero sin duda la pregunta más importante es la que Jesús hizo a continuación: y tú, ¿quién dices que soy yo? Ante esta pregunta, los discípulos ya no supieron responder, se quedaron en silencio. Tan sólo Pedro se lanzó a responder: “Tú eres el Mesías”. Pedro ha dado en el clavo, acaba de confesar su fe, pues confesar la fe es reconocer en primer lugar que Jesús es el Mesías, el Señor. 

2. Tras la confesión de Pedro, Jesús explica a sus discípulos qué significa ser Mesías. Quizá Pedro esperaba otra cosa de Jesús, quizá esperaba que fuese un Mesías poderoso que acabara con la opresión de los romanos, que liberara al pueblo de Israel, que impusiera la justicia por medio de la fuerza. Sin embargo, el mesianismo de Jesús estaba bien lejos de todo eso. Ser Mesías significa esto: padecer mucho, ser condenado por los jefes del pueblo, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Ser Mesías es dar la vida en la cruz, como hará Jesús en Jerusalén, muriendo por nosotros y resucitando al tercer día. Es lo que ya había anunciado el profeta Isaías en la primera lectura de este domingo, en el tercer cántico del Siervo de Yahvé, cuando pone en labios del Mesías estas palabras que pueden ser aplicadas perfectamente al mismo Jesús en la Pasión: “Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos”. Pero claro, Pedro no comprende esta forma de ser Mesías, no acepta que Jesús, el Señor, tenga que morir de esa forma injusta, sin defenderse. Por eso, el mismo que ha confesado a Jesús como el Mesías, ahora le increpa. “¡Quítate de mi vista, Satanás!”, le responde Jesús, porque Pedro piensa como los hombres, no como Dios. Es propio del ser humano huir del dolor, del sufrimiento. Sin embargo, para Dios el amor es entrega, sin límites, sin condiciones, sin esperar nada a cambio, tal como Él mismo nos enseñará en la cruz el Viernes Santo, para después resucitar a los tres días. Porque sólo quien da la vida por amor, con generosidad, puede recobrarla, mientras que el que quiere salvarla la pierde. El Mesías nos da la salvación con la entrega de su vida por amor. Y eso es lo que nos pide ahora a nosotros. Si queremos seguirle, si queremos ser cristianos de verdad, seguidores de Cristo, ya sabemos lo que tenemos que hacer: negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz cada día y seguirle. 

3. De nada sirve decir que tenemos fe, que Jesús el Señor, si la fe no va acompañada por obras, como nos dice el apóstol Santiago en la segunda lectura de este domingo. Y ¿cuáles son esas obras que han de acompañar a la fe? Pues las obras de amor, de entrega, de caridad, de misericordia. Si no vivimos ese mismo amor de Dios en nuestra propia vida, no podemos decir que tenemos fe. Cuántas veces podemos encontrarnos con cristianos que dicen tener fe, que creen en algo, que tienen fe a una imagen, incluso nosotros mismos lo decimos, pero esa fe no se nota en la vida de cada día. Entonces estamos engañando, tenemos una fe muerta. La fe verdadera es confesar a Jesús, reconocerle como Mesías, y a la vez seguirle, viviendo como Él vivió, dando la vida por amor, amando hasta la entrega total de nosotros mismos. Esto es lo que Dios quiere de nosotros, que no pensemos como hombres, huyendo del sufrimiento, sino que vivamos el mismo amor del Mesías, el amor que es entrega, una entrega hasta el extremo. Pidamos este domingo al Señor que nos dé la valentía de confesarle como el Señor, el Mesías, que no nos escandalicemos de Él como hizo Pedro, y que vivamos en nuestra propia vida ese amor de Dios, para que nuestra fe no sea una fe muerta, sino una fe auténtica, de verdad. 

3.- EXPERIMENTAR A JESÚS Y DESPUÉS RESPONDER 

Por José María Martín OSA 

1.- “Para ti quién soy yo?”. La pregunta de Jesús a sus discípulos alcanza, después de dos mil años, a cada uno de nosotros y pide una respuesta. Una respuesta que no se encuentra en los libros como una fórmula, sino en la experiencia de quien sigue de verdad a Jesús. Hoy escuchamos muchas veces dentro de nosotros la misma pregunta dirigida por Jesús a los apóstoles. Jesús se dirige a nosotros y nos pregunta: “para ti, ¿quién soy yo?” Seguramente daremos la misma respuesta de Pedro, la que hemos aprendido en el catecismo: “¡Tú eres el Hijo de Dios vivo, Tú eres el Redentor, Tú eres el Señor!”. Pedro fue ciertamente el más valiente ese día, cuando Jesús preguntó a los discípulos. Pedro respondió con firmeza: “Tú eres el Mesías”. Y después de esta confesión probablemente se sintió satisfecho dentro de sí: ¡he respondido bien! Sin embargo, el diálogo con Jesús no termina así: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Pedro no lo entendía. No estaba de acuerdo con lo que había oído, no le gustaba ese camino proyectado por Jesús. Él razonaba así: “¡Tú eres el Mesías! ¡Tú vences y vamos adelante!”. Por esta razón no comprendía este camino de sufrimiento indicado por Jesús. 

2.- Conocemos a Jesús como discípulos. Para responder a la pregunta de Jesús es necesario hacer el camino que hizo Pedro. En efecto, después de esta humillación, Pedro siguió adelante con Jesús, contempló los milagros que hacía Jesús, vio sus poderes… Sin embargo, Pedro negó a Jesús, traicionó a Jesús. Precisamente en ese momento aprendió esa difícil ciencia —más que ciencia, sabiduría— de las lágrimas, del llanto. Pedro pidió perdón al Señor. Reconoció en Jesús al “Siervo de Yahvé”, del que habla el profeta Isaías, que sufre los ultrajes y salivazos, que es apaleado sin tener ninguna culpa. Para conocer a Jesús no es necesario solo un estudio de teología, sino una vida de discípulo. De este modo, caminando con Jesús aprendemos quién es Él, aprendemos esa ciencia de Jesús. Conocemos a Jesús como discípulos. Lo conocemos en el encuentro cotidiano con el Señor, todos los días. Con nuestras victorias y nuestras debilidades. Por lo tanto, la pregunta a Pedro —¿Quién soy yo para vosotros, para ti? — se comprende sólo a lo largo del camino, después de un largo camino. Una senda de gracia y de pecado. Es el camino del discípulo. En efecto, Jesús no dijo a Pedro y a sus apóstoles: ¡conóceme! Dijo: ¡sígueme! Y precisamente este seguir a Jesús nos hace conocer a Jesús. Seguir a Jesús con nuestras virtudes y también con nuestros pecados. Pero seguir siempre a Jesús…… Se trata de un camino que no podemos hacer solos. Por lo tanto, se conoce a Jesús como discípulos por el camino de la vida, siguiéndole a Él. 

3.- Todavía no estamos convertidos a Jesucristo. Quizá porque todavía no ha pasado por nuestra vida Jesús de Nazaret, quizá porque todavía no hemos tenido experiencia de Él. Tenemos un barniz de cristianos, pero por dentro no se nota que Jesús haya transformado nuestra vida. Gandhi dijo que los cristianos nos parecemos a una piedra arrojada al fondo de un lago. Por fuera parece que está mojada, pero el agua no ha penetrado por sus poros y no ha conseguido empaparla. Así ocurre con nosotros cuando no dejamos que la Palabra de Dios penetre en nuestro interior. Por eso nuestra fe es tan poco radical y nos conformamos con cumplir. Lo peor es que somos piedra de escándalo para muchos, porque es una fe sin obras que está muerta como dice la Carta de Santiago. 

4.- Llevar la cruz de cada día. Es más fácil cumplir preceptos que no alteran nuestra vida que «mojarse» de verdad y dejar que el Evangelio cuestione nuestra vida y nuestras seguridades. No se trata de adaptar el Evangelio a nuestra vida, sino nuestra vida al Evangelio. Es más fácil responder de memoria, como un loro, que Jesucristo es el Hijo de Dios, que asumir el escándalo de la cruz. La cruz no hay que buscarla fuera. Está junto a ti, cuando reconoces tus debilidades, cuando las cosas no te salen bien, cuando llega el dolor o la enfermedad. No se trata de mera resignación, sino de ver en la cruz un sentido de liberación. Y, por supuesto, estar dispuesto a ayudar a los demás a llevar su cruz. Hay que ser capaces de dar la propia vida por Jesús y por el Evangelio para poder recuperarla. ¿Estás dispuesto a seguir a Jesús? Si tienes este propósito, no te equivocarás, pues aunque aparentemente pierdas tu vida, encontrarás la vida de verdad, la que Él te ofrece. Entonces podrás experimentar la grata seguridad del profeta Isaías de que «El Señor te ayuda», y que «El sostiene tu vida», como nos dice el autor del Salmo 53. 

4.- LA RESPUESTA DE PEDRO 

Por Antonio García-Moreno 

1.- LOS CANTOS DEL SIERVO. «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba» (Is 50, 5-6). El profeta vislumbra la doliente figura del siervo de Yahveh. Sus palabras cantan la historia maravillosa del que un día vendrá a salvar definitivamente a su pueblo. Historia extraña y desconcertante, historia de sangre y de dolores acerbos. Tan desconcertante que cuando la profecía se cumplió, los suyos no entendieron el sentido de aquella muerte vergonzosa en una cruz. 

Pero Jesús sí que lo entendió. Y aceptó los planes insospechados del Padre Eterno, los proyectos de la sabiduría de Dios, insondable y siempre sorprendente… Dócilmente, como oveja que marcha al matadero, sin abrir la boca, sin poner resistencia, Cristo subió con decisión el difícil camino hacia el monte Calvario. Cristo vence la fuerte tentación de huida que le asaltó en la triste noche de Getsemaní. Y cuando llega la chusma armada hasta los dientes, buscando a Jesús de Nazaret, les sale al paso y exclama: Yo soy. 

Cada cristiano ha de ser como Cristo. Diciendo con él: yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Y esto siempre, siempre. También cuando la noche negra del huerto de los olivos nos cubra con sus densas sombras. Entonces llorar y callar. Y rezar. Caminando, y cayendo, por ese camino que la sabiduría grande y el amor hondo de Dios nos ha señalado como nuestro camino de la Cruz, nuestro Vía Crucis personal. Sin quejas, sin complejo de víctimas, serenos, fuertes… 

«Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado» (Is 50, 7). La fuerza de Dios. Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto. Hace unos momentos Jesús estaba postrado, doblado el cuerpo ante el peso de la pasión cercana, triste hasta la muerte, sudando sangre. Y ahora se levanta majestuoso, decidido, valiente, avasallador: ¡Yo soy! Y caen por tierra los bravos legionarios de la cohorte romana. Si el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme? Es como un desafío que brota de los labios del hombre justo. Una firmeza inconmovible que le mantiene de pie… La fuerza de Dios. Y lo que era débil se vuelve fuerte. Y lo que aparecía como insuperable, se supera finalmente. San Pablo se hace eco de estos sentimientos: Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que aun a su hijo no perdonó sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente con él todas las cosas? Siendo Dios quien justifica, ¿quién será el que condene? 

¿Quién nos separará del amor de Cristo? Sigue diciendo con firmeza el Apóstol. Porque estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios… Este es el secreto de la fortaleza en la dificultad: creer firmemente en el amor de Dios, en su poder sin límites. Y así, apoyados en él, sostenidos por él, caminar decididos al encuentro de esas mil dificultades que jalonan nuestra vida. Y al sentirlas llegar, buscándonos entre las sombras del miedo, responder serenos: ¿A quién buscáis? Aquí estoy. 

2.- PARA TI, ¿QUIÉN ES CRISTO? «Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo…» (Mc 8, 27). Hoy vemos a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran ocasión propicia para estar solos y hablar de las enseñanzas que el Maestro quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que Jesús abría los tesoros de su corazón. A menudo les hace unas preguntas intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos. ¿Quién dice la gente que soy yo? Unos dicen que eres Juan Bautista que ha resucitado, otros que eres uno de los profetas, o Elías que ya ha vuelto. Y vosotros -pregunta de nuevo el Señor-, ¿quién decís que soy yo? Pedro se adelanta y contesta decidido: Tú eres el Mesías. 

Fue una respuesta adecuada, que San Mateo refiere con más detalle y nos muestra cómo Pedro estaba confesando la divinidad de Jesús, haciéndose eco de una revelación especial que entonces le fue concedida. En efecto, gracias a esa revelación, el primero de los apóstoles confesó que Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Rey de Israel ungido por el Espíritu santo y enviado por el Padre para salvar a todos los hombres. De ahí que quien no vea a Jesús tal como es, se equivoca. En efecto, Cristo no es un líder político, ni un revolucionario, ni un hombre de fuerte personalidad que arrastra a las muchedumbres gracias a su don de gentes. Él es el Mesías, el Hijo de Dios, El Verbo hecho carne, Dios hecho hombre. 

Pedro respondió bajo la iluminación del Padre de las luces. Sin embargo, en el fondo no se percataba con claridad de lo que suponía aquella rendida confesión. Momentos más tarde, cuando el Maestro les anuncia que ha de morir en la cruz después de ser injuriado por sus enemigos, cuando les enseña la otra cara de la lección, entonces es también Pedro quien interviene con vehemencia e increpa al Señor –¡qué osadía! — para que desista de aquellos planes fatídicos. El sencillo pescador no repara en que el Maestro ha dicho que al tercer día resucitaría. Pedro sólo piensa en el dolor y la humillación que Jesús tendría que sufrir. Lo mismo le ocurrirá cuando el Maestro intente lavarles los pies 

El Señor, de cara a los discípulos, dirige a Pedro uno de sus más duros reproches: Quítate de mí vista, Satanás. Y añade: Tú piensas como los hombres, no como Dios. Para llegar al triunfo definitivo hay que luchar antes, hasta la muerte si es preciso… Cuando se niega a que le lave los pies, Jesús le advierte que si no acepta no tiene parte con él. En el fondo le ocurría lo que a todos que nos resistimos a la humillación y el sufrimiento. Olvidamos que para ser discípulo de Cristo hay que negarse a sí mismo, cargar con la cruz de cada día y seguir las huellas de Jesús. Con esfuerzo mantenido, con serenidad y con alegría, esperanzados, persuadidos de que vale la pena perder la vida para así poder gozarla.

5.- LA GRAN PREGUNTA 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- La pregunta que hoy nos hace el evangelio de Marcos está presente –y ha estado y estará— en la conciencia de millones de cristianos. ¿Qué es Jesús de Nazaret para nosotros? ¿Qué es Jesús para mí? Es cierto que cada uno tiene hecho un retrato propio del Maestro y es cierto, también, que muchos de esos retratos no coincidirán entre sí, pero existen y conforman la vida del cristiano. Lo malo es si alguien no tiene en su corazón y en su alma –o, incluso, en su imaginación— el retrato de Jesús. Podríamos decir que, casi, es preferible tener un “mal” retrato que no tener nada. En fin, que la pregunta del maestro: 

“Y, vosotros, ¿quién decís que soy?” se muestra alguna vez, entre nosotros, sin respuesta, y ello ante cualquier acontecimiento nuevo. Es como si no termináramos de conocer al maestro, o como, asimismo, si las brumas algodonosas de la vida cotidiana tendieran a difuminar su imagen. 

2.- Pedro tuvo más suerte. El Espíritu del Padre le iluminó y le llevó a definir con gran precisión quien era Jesús: “Tú eres el Mesías”. Pero el propio Pedro, mal conocedor de lo que, en verdad, tenía que ser el Mesías, quiso apartar a Jesús de su vocación y recibió del Maestro el peor apelativo: Satanás. Y es llamativo como la misma persona –Pedro— tiene, en un breve espacio de tiempo, un cambio tan importante a la hora de definir la persona o la misión de Jesús. ¿Nos pasa a nosotros igual? Sí, por supuesto. Porque si verdaderamente tuviéramos en nuestra alma y en nuestra memoria la definición cabal y verdadera de lo que es Jesús de Nazaret, no nos alejaríamos de Él, dando –tantas veces—prioridad a muchas cosas absurdas de este mundo. 

3.- La liturgia de este domingo –como la de todos los domingos— nos da una respuesta a la pregunta de Jesús. Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado. Y sinceramente muchos de nosotros mismos –hoy en día— y tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos. 

4.- Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado: ¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres, no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos lo contrario. El prodigioso misterio de la Cruz, que hemos celebrado el pasado jueves, sigue siendo algo difícil de explicar en nuestro caso, con pensamiento puramente humano. Pablo de Tarso, en su Carta a los Gálatas, parece tenerlo más claro y así el versículo que hemos proclamado en el canto del Aleluya supone una aceptación y conocimiento de la Cruz de enorme altura. Merece la pena repetirlo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.” 

5.- Continuamos este domingo leyendo la Carta de Santiago, magnífico texto evangélico. Es, a nuestro juicio, no demasiado conocido y que merecerá la pena leerlo y releerlo para que entre en nuestra conciencia y en nuestra memoria. Hoy habla de la fe con obras, esa fe que si no tiene obras está muerta. Pablo venía a decir que la fe ya era suficiente para llegar a la meta. La cuestión, de todos modos, es que si tenemos auténtica fe en Jesucristo intentaremos hacer las obras que él hizo y esas obras se traducían en el apoyo a los hermanos, a la mejora de su salud y al mejor conocimiento de la misión humana que Dios Padre ha puesto en las manos de los todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. En nosotros también. 

6.- No puedo dejar de citar el salmo. Y lo hago, no tanto por citar aquí, en este comentario homilético, todos los textos de la liturgia, tras referirme y glosar el versículo del Aleluya. “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí” Necesitamos que nos escuche el Señor, pero sobre todo no debemos tener el alma cerrada a su palabra. Luego hemos respondido todos. “Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida”. Bellísimo, ¿no? En estos tiempos de muerte es esperanzador poder caminar en la presencia del Señor en el país de la vida. A mí me ha emocionado, no sé a vosotros… 

LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


GENEROSIDAD Y HOMBRE CABAL 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Título doble, como doble es el contenido de las lecturas de este domingo. En primer lugar la carta de Santiago. En más de una ocasión he escuchado: soy creyente, pero no practicante. Esta afirmación casi siempre significa algo así como, cerebralmente acepto a Dios y hasta a Jesucristo, pero no voy a misa. Más de una vez me han dicho: tengo tres o más hijos, he dejado de trabajar para ocuparme enteramente de su educación, otra cosa será cuando se hagan mayores. Además debo cuidar a mi suegra y la responsabilidad de una ONG ocupa el poco tiempo libre que me queda. 

2.- A los de la primera aseveración les diría, no me atrevo a hacerlo porque no me escucharían y se enfadaría, les diría: no eres practicante, no porque no vayas a misa, sino porque eres un egoísta, que no piensas más que en ti mismo y te desentiendes de las necesidades y penas de los demás. Tus convicciones teóricas y tus teorías tienen muy poco valor. Tener Fe no consiste en ser miembro de una academia de intelectuales religiosos. Estoy seguro de que se enojaría y me daría la espalda de inmediato y definitivamente. 

A la de la segunda situación, les diría, les he dicho más de una vez: eres una cristiana practicante, pero no creyente. El caso semejaría a lo que me dijo un día un amigo, soy un ateo de cultura y práctica cristiana. 

3.- Mis queridos jóvenes lectores, la generosidad son los tirantes que fijan la realidad cristiana que de otro modo se desmoronaría, algo así como las varillas de acero que mantienen fijo y seguro desde el interior de un pilar de portland, el peso del edificio. Es bueno conocer la doctrina que predicó el Maestro, per superior la imitación de su comportamiento. Como podéis suponer, me caen más simpáticos los ateos practicantes cristianos 

4.- Durante el año litúrgico aparece más de una vez el episodio que describe el evangelio de hoy y llevo unos cuantos años redactándoos estos mensajes, por lo tanto estoy seguro de que me voy a repetir, pero no importa, además tal vez algunos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, es la primera vez que me leéis. Así que redacto prescindiendo de este posible aspecto. 

5.- Probablemente el desplazamiento del Señor con sus amigos a tierras del norte de Israel obedeció a querer gozar de unas cortas vacaciones con motivo de las fiestas, todavía hoy muy celebradas, llamadas de Sucot, son en recuerdo de la vida nómada del desierto y de otras memorias de su historia. Los judíos vivían en cabañas, fuera de las ciudades si les era posible. (Este año 2018, esta fiesta se extiende del 23 al 30 de septiembre y por todo el Israel judío esa semana se gozará de alegre fiesta vacaciones). 

6.- Ya os lo he dicho y repetido que junto a la nueva ciudad levantada y nombrada en honor del emperador, de aquí el nombre de Cesarea, y llamada de Felipe para distinguirla de la importante ciudad el mismo nombre, situada junto al Mediterráneo, que comúnmente llamamos Cesarea Marítima, brotaba alegre y abundantemente, la principal fuente del Jordán, que hoy recibe el nombre de Banias, al pie del Hermón, macizo de nieves perpetuas hasta hace poco tiempo. He estado unas cuantas veces allí. Me gustaba mucho más al principio, cuando el lugar estaba desierto, no se movía ni un alma y solo se observaba algún que otro aburrido damán. Uno cerraba los ojos y le parecía oír, a cada uno dirigida personalmente por el Maestro, y tú ¿Quién dices que soy yo? 

7.- En cualquier lugar que estéis, os lo pido, mis queridos jóvenes lectores, preguntaos con radical sinceridad ¿Quién es Jesús para mí? ¿qué representa en mi vida? ¿qué testimonio doy de ello? La gente ¿conoce mi respuesta como nosotros estamos enterados hoy de la que le dio el apóstol Pedro? Si vuestra afirmación es positiva y noble, no os vanagloriéis de ello. Recordad que el Señor les habló a los apóstoles y nos lo dice a nosotros, que era preciso que padeciera, fuera humillado y ejecutado. No lo olvidéis, ni queráis rehusar esta realidad. Él os daría, en ese caso, una respuesta semejante a la que le dio al Apóstol y que, aunque a nosotros nos suene indiferente, fue un duro insulto que a los demás les parecería una bofetada, una palabra malsonante. 

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