Lectio Divina Dom. 23° T.O. «B»

Lectio Divina Dom. 23° T.O. «B»

1.- ¡ÁBRETE! Por Francisco Javier Colomina Campos 
2.- LA ESPERANZA CRISTIANA EN UN DIOS QUE SALVA A LOS DESVALIDOS Por Gabriel González del Estal
 3.- ¡DANOS, SEÑOR, OÍDOS ATENTOS Y LENGUAS DESATADAS! Por José María Martín, OSA 
4.- QUE JESUCRISTO VUELVA A TOCAR NUESTROS OÍDOS… Por Antonio García-Moreno
 5.- SORDOS RODEADOS DE RUIDO Por Ángel Gómez Escorial LA HOMILÍA MÁS JOVEN ESCOGED AL POBRE
 Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- ¡ÁBRETE! 

Por Francisco Javier Colomina Santos 

Effetá” (ábrete) es la palabra que resuena en la liturgia de este Domingo. Cristo abre los oídos y suelta la traba de la lengua de un hombre que era sordo y que apenas podía hablar, un hombre que no era judío, pero que presentaron a Jesús pidiéndole que le impusiera las manos. 

1. Ya en el Antiguo Testamento aparece el anuncio de un Mesías que vendrá a devolver la salud a los enfermos y la salvación a todos los hombres. Así, en la primera lectura de este domingo escuchamos el anuncio que el profeta Isaías dirige a los cobardes de corazón: “Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”. Isaías anuncia la llegada del Salvador. La salvación que anuncia Isaías se asocia en primer lugar a la salud física, pues los oídos del sordo se abrirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del mudo cantará. Y en segundo lugar, la salvación se asocia al agua, símbolo de la vida, de modo que brotará agua en el desierto y lo reseco se convertirá en un manantial. Allí donde hay enfermedad y muerte, Dios trae la salud y la vida. Aquello que parece imposible, es posible para Dios. Con el salmo, que es la respuesta orante a la primera lectura, alabamos a Dios por su salvación. 

2. El anuncio del profeta Isaías se cumple perfectamente en Cristo. Él es el Mesías, el Salvador prometido y enviado por Dios. En el pasaje del Evangelio de hoy escuchamos cómo Jesús abre los oídos a un sordo y le suelta la traba de la lengua. El Evangelista narra con todo detalle las acciones que hace Cristo: lo aparta de la gente, le mete los dedos en los oídos, le toca la lengua con saliva, mira al cielo, suspira y pronuncia la palabra Effetá. Es interesante detenernos en el detalle de esta narración de Marcos. Jesús aparta a aquel hombre de la gente, quizá para evitar una malinterpretación de la acción de Jesús, pues aquellos que estaban mirando podían entender de forma errónea aquella acción del Señor, viéndole no como el Mesías, sino como un simple curandero. Toca con sus manos las dolencias de aquel hombre, mete sus dedos en los oídos y le toca la lengua con su saliva. La mirada al cielo y el suspiro de Jesús nos muestran que su poder viene de Dios, que es el Padre quien le ha enviado, y ahora le pide que actúe sobre este enfermo. Y finalmente la palabra que pronuncia sobre el enfermo, “ábrete”, y es que Cristo salva mediante su palabra, una palabra que produce un efecto salvador sobre el hombre, pero previamente eleva su mirada al cielo, en oración. Y cuando termina esta curación, los testigos de esta acción de Dios exclaman: “Todo lo ha hecho bien”. 

Si releemos este texto con atención, podemos encontrar una similitud con el texto de la creación del primer capítulo del libro del Génesis. Dios crea el mundo y al hombre por medio de la palabra, y “vio que todo era bueno”. Cristo trae una nueva creación, restaurando aquello que estaba dañado por el pecado, y lo hace también a través de su palabra y ante la admiración de la gente que exclama que todo lo ha hecho bien. 

3. En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece una pregunta: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe?”. Dios prefiere a los pobres de espíritu, a aquellos que sólo tienen su confianza en Él, porque sólo el que es realmente pobre de espíritu puede acoger con un corazón sencillo y abierto la salvación que Dios le ofrece. Aquel hombre sordo y mudo era pobre, carecía de algo tan necesario como la capacidad de oír y de hablar. Y Dios le enriquece con su gracia, con la fe, le devuelve aquello que había perdido y le lleva de nuevo a la salvación. 

Cuánto nos asemejamos nosotros a aquel pobre hombre. A pesar de que podemos oír y hablar con facilidad, sin embargo tenemos tantas veces los oídos taponados y la lengua trabada, cuando no somos capaces de escuchar a Dios que nos habla, o no somos capaces de prestar oído al hermano que desde su sufrimiento nos pide ayuda a gritos, o no tenemos la lengua suelta para anunciar a los demás el Evangelio y proclamar sin miedo las grandezas de Dios. Dios ha venido para abrirnos los oídos y soltarnos la lengua, para que podamos escucharle y hablar de Él. Cristo pronuncia sobre nosotros su palabra salvadora, “Effetá”. Dejémonos sanar por el Señor, para que todos los que vean nuestra vida puedan exclamar: “Dios hace todas las cosas bien”. 

2.- LA ESPERANZA CRISTIANA EN UN DIOS QUE SALVA A LOS DESVALIDOS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effeta”, esto es “ábrete”. Y, al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Las tres lecturas de este domingo –profeta Isaías, apóstol Santiago, evangelio según san Marcos- hablan de un Dios que manifiesta una indudable preferencia por las personas más necesitadas: ciegos, cojos, enfermos, pobres, personas marginadas por su condición física, social o religiosa. A todas estas personas Dios quiere salvarlas de sus desvalimientos. No habla aquí de una salvación eterna, después de esta vida temporal, no, se trata de salvarlas, socorrerlas, aquí en nuestra tierra y en la sociedad en la que viven. Socorrer y curar a los cojos, ciegos, mudos, pobres, marginados, en la sociedad en la que viven. Pues bien, esto es lo que tenemos que hacer nosotros en nuestra sociedad, en la medida de nuestras posibilidades. Es evidente que no podremos salvar la vida de todos los enfermos, ni acabar con todos los pobres y marginados del mundo en el que nosotros vivimos. Pero todos nosotros tenemos alguna posibilidad de ayudar para que el orden y la situación de nuestro mundo sea un poco más justo y menos desigual. Ayuda social, o ayuda económica, o religiosa, Con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra ayuda personal, cuando esto sea posible. No pensemos, en primer lugar, en un mundo lejano al nuestro, al que nosotros no podemos llegar; pensemos en un mundo, en una sociedad a la que, de alguna manera, nosotros tenemos acceso. Pensemos, sí, en primer lugar, en nuestra propia familia, en nuestros amigos y conocidos, en el pueblo, ciudad y nación donde vivimos. Y en los pobres y marginados de otros lugares a los que nosotros, de alguna manera tenemos posibilidad de llegar con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra presencia y acción personal concreta. Pensemos siempre con cierta preferencia y amor en las personas que más nos necesitan, estén donde estén y a las que nosotros de alguna manera podamos llegar. Esto hizo Jesús de Nazaret mientras vivió aquí en la tierra. 

2.- Decid a los cobardes de corazón: “sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”. En este texto, el profeta Isaías habla a personas –cobardes de corazón- que viven sin esperanza en los poderosos de la tierra y sin esperanza en un Dios que venga a salvarlos. Y el profeta, en nombre de Dios, les dice que tengan esperanza y confíen en Dios, porque Dios sí va a venir en persona a salvarlos: despegará los ojos del ciego, abrirá los oídos de los sordos, hará que los cojos salten como ciervos y la lengua de los mudos cantará. Se refiere directamente al pueblo de Israel que sacudirá el yugo de la esclavitud y hará de Israel un pueblo libre y poderoso. Nosotros, los cristianos, siempre hemos aplicado este texto al Mesías verdadero, al Dios encarnado en Cristo. El Dios encarnado en Cristo nos salvará de nuestras miserias y desvalimientos. No siempre nos va a salvar de nuestras miserias y desvalimientos corporales, pero siempre la fe en Cristo, Cristo Jesús mismo, nos va a dar ánimo espiritual para vencer espiritualmente nuestras miserias y problemas, tanto físicos como espirituales. Seamos nosotros, además, personas que, en nombre y con el poder de Cristo, ayudemos a las personas enfermas y necesitadas a ser espiritualmente fuertes, que confíen en la salvación de un Dios que quiere salvarnos a todos. 

3.- No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con el favoritismo. Se ve que en tiempos del apóstol Santiago ya existía el vicio del favoritismo, el vicio del nepotismo, del que, a lo largo de los siglos, tanto practicó la Iglesia católica, después del tiempo del emperador Constantino. Hoy, afortunadamente, nuestra Iglesia, en concreto nuestro Papa Francisco, está recuperando el amor y la preferencia por los más pobres y desvalidos. Tratemos nosotros, los católicos de a pie, de imitar a nuestro Pontífice. Y por este renacer de nuestra Iglesia, en su amor a las personas más necesitadas, digamos con el salmo responsorial: “Alaba, alma mía al Señor… que hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos”. 

3.- ¡DANOS, SEÑOR, OÍDOS ATENTOS Y LENGUAS DESATADAS! 

Por José María Martín, OSA 

1– Su mensaje es una Buena Noticia. El texto de Isaías de la primera lectura es el mismo que leyó Jesús allá en la sinagoga de su pueblo. Todos los judíos conocían este texto que anunciaba la liberación de Israel. Estaban ya cansados de tanta opresión. Se anuncia la vuelta de los desterrados con imágenes muy palpables: «se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará». Es la victoria sobre todo los impedimentos físicos y el resurgir de la naturaleza: «han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque; lo reseco un manantial». Pero hay una frase que omitirá Jesús. El no anunciará «el desquite» de Dios, pues Jesús, en cambio, anunciará «el año de gracia». He aquí la diferencia: en las palabras de Jesús no hay anuncio de venganza, sino de reconciliación y salvación para todos. Por eso su mensaje es una Buena Noticia. Pero necesita que nosotros colaboremos para que esta Buena Noticia sea una realidad, abriendo nuestros ojos, nuestros oídos y nuestra boca 

2.- Los “excluidos” son los preferidos de Dios. Jesús hace realidad las palabras del salmo 145: «El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. El Señor sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados». Esta es la Gran Noticia: Dios está a favor de los débiles, de los pobres y necesitados. En aquella época los pobres eran los huérfanos y las viudas, que no tenían ninguna pensión para mantenerse. ¿Quiénes son hoy día los pobres y oprimidos?… Pensemos en los inmigrantes que llegan a nuestras costas y después son devueltos a su país o repartidos por diversos lugares. Pensemos en los ancianos que viven solos. Pensemos en las mujeres y los hombres víctimas de la «violencia de género». Pensemos en los enfermos del sida y en los que mueren en la guerra. Pensemos en los niños de familias desestructuradas que tienen de todo menos lo que necesitan de verdad. ¡Hay tantos pobres y oprimidos a nuestro alrededor! Son los que el Papa Francisco llama “excluidos de nuestro mundo”. Sin embargo, Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman. 

3.- Abrirse a Dios y a los hermanos. No sabemos si el sordo que apenas podía hablar era judío o pagano. Probablemente era pagano. Jesús no rehúsa hacer un milagro también en tierra de paganos, pues el anuncio de su salvación es universal, sin distinciones. Se presenta a Jesús como una especie de taumaturgo o mago que realiza curaciones. Pero Jesús no es eso: mira al cielo antes de ayudar a aquel pobre hombre. Realiza la curación en nombre de Dios y movido por el poder de la oración. Le dice con fuerza: ¡Ábrete! Le pide que se abra a la fe. También nosotros necesitamos abrir nuestros ojos y nuestro corazón a Dios y a los hermanos. Ábrete a los que necesitan tu amistad, ábrete al que necesita tu cariño, ábrete al que necesita que alguien le escuche, ábrete a ese hermano que te resulta tan pesado, ábrete al enfermo que espera tu visita en el hospital, ábrete a aquél que no te saluda, ábrete a aquél que está llorando con lágrimas de desaliento y soledad. También te dice: escucha los gemidos del triste, escucha los lamentos de aquél que la vida trata injustamente, escucha a aquél que ya no puede ni hablar, pero te está diciendo todo con sus gestos. No seas mudo ni sordo, deja que el Señor abra tu boca y tus oídos. Unos discípulos “sordos” a su mensaje, estarán “mudos” al anunciar el evangelio. Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, ni captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero, entonces, no sabremos anunciar ninguna noticia buena. Deformaremos el mensaje de Jesús. A muchos se les hará difícil entender nuestro “evangelio”. Es urgente que todos escuchemos a Jesús: “Ábrete”. ¡Danos, señor, oídos atentos y lenguas desatadas! 

4.- QUE JESUCRISTO VUELVA A TOCAR NUESTROS OÍDOS… 

Por Antonio García-Moreno 

1.- NO TEMAS. «Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará» (Is 35, 4).El miedo, Señor, nos acorrala a veces. Nos asusta la incertidumbre de un futuro poco claro, el peligro de ser atacados en la noche, la posibilidad de que esa enfermedad, cuyo nombre es tabú, nos muerda el cuerpo. Miedo a la muerte, miedo a la dificultad, a la prueba, a menudo tan penosa… No tengas miedo, no seas cobarde, llena de fortaleza tu corazón, anímate. Es preciso que levantes la mirada, que mires esa bondad sin límites de tu buen Padre Dios. Él es fuerte, muy fuerte, con un poder infinito. Lo puede todo, absolutamente todo. Y viene en persona. 

No quiere valerse de intermediarios, quiere venir Él mismo hasta el lugar donde te debates, en tremenda lucha quizás… Mantente firme. No flaquees, resiste. Basta con que pongas todo el empeño que te sea posible, seguro de que Dios te ayudará. Él está para llegar, y trae el desquite de tanta miseria. Él te resarcirá, te salvará. Te dará la valentía necesaria para seguir caminando en la noche hacia el Señor de la Luz. 

«Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará» (Is 35, 5). Ciegos, con los ojos vacíos, sumidos en una noche sin fin. Sin poder contemplar el color y la luz, la belleza radiante del viento y del sol, de los árboles y el agua. Así caminamos, como metidos en un túnel sin fin. Somos pobrecitos ciegos que no acaban de ver ese mundo luminoso que nos envuelve, la presencia inefable de ese Dios bueno y maravilloso que eres tú. Y sordos. Insensibles a esa sinfonía de innumerables voces, de mil melodías sonoras que resuenan bajo la bóveda infinita de los cielos, en la tierra y en el mar. Tu voz, Señor, tu melodía inefable, tus palabras de esperanza y de amor se apagan, se estrellan, sin hacernos vibrar, ante la membrana enferma de nuestros oídos muertos. 

Inmóviles, mudos. Sin pronunciar una palabra que pida auxilio, ayuda y compasión para tanta pobreza… Así estamos, Jesús, así estamos. Compadécete de nosotros, haz que se cumpla la palabra profética de Isaías. Da luz a nuestros ojos, sensibiliza nuestros oídos, comunica agilidad a nuestros miembros, palabras a nuestra lengua. Que nuestra tierra se llene de gozo: «Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial». 

2.- ¡EFFETÁ, ÁBRETE! «Y al momento se le abrieron los oídos…» (Mc 7, 35). Jesús recorre las regiones limítrofes de Palestina. Es cierto que su misión se centraba en Israel, pero también es verdad que él había venido para salvar a todos los hombres. Por eso en ocasiones alarga su palabra y sus obras hasta la tierra de los paganos. Es una primicia gozosa de esa redención que proclamarán a los cuatro vientos sus apóstoles, después de morir y de resucitar Jesús, prendiendo así hasta el último rincón del mundo ese divino fuego que él había venido a traer a la tierra. 

En esta ocasión que nos presenta el Evangelio, lo mismo que siempre, por donde quiera que él pasara iba haciendo el bien. Hoy se trata de un sordomudo al que Jesús le cura. El silencio y la soledad de aquel pobrecillo se quebró de pronto. Por sus oídos abiertos ya, penetró el sonido armonioso de la vida. Su corazón, callado hasta entonces, pudo florecer hacia el exterior y comunicar su alegría y su gratitud. ¡Éfeta!, dijo Jesús, esto es, ábrete. Son palabras que conservan toda la frescura de la vez primera que fueron pronunciadas. Palabras que durante mucho tiempo formaron parte de la liturgia del Bautismo. 

Con ellas el sacerdote abría el oído del catecúmeno a las palabras de Dios, le capacitaba para escuchar el mensaje de salvación. Así se vencía la sordera congénita que el hombre tiene para escuchar con fruto el Evangelio. De este modo se rompía el aislamiento que la criatura humana tenía para lo sobrenatural, sordera ante esa armonía de la divina palabra portadora del gozo y la paz, germen de amor y de esperanza, de felicidad y de consuelo. 

Con el tiempo y la malicia del hombre, no curada del todo, los oídos vuelven a entraparse y se produce otra vez la cerrazón para oír al Señor. Y junto con la sordera, la incapacidad para hablar. Se levanta entonces un muro más impenetrable que el anterior, que nos aísla y nos aplasta, nos incomunica y nos deja tristemente solos. 

Es preciso en esos momentos clamar a Dios con toda el alma, desde lo más hondo de nuestro ser, sin palabras quizá, con torpeza y balbuceos; pedir a Nuestro Señor Jesucristo que vuelva a tocar nuestros oídos y nuestros labios para que se derrumbe el silencio que nos atormenta y nos destruye. Vayamos al sacerdote con toda humildad y confesemos nuestros pecados, acerquémonos limpios de toda culpa a la Sagrada Eucaristía y oiremos la voz del Maestro que, apiadado de nuestro mal, nos dice: ¡Éfeta! 

5.- SORDOS RODEADOS DE RUIDO 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- Parece un milagro menor. Total es “solamente” la curación de un sordo. Pero el relato de Marcos sobre este signo del Señor nos muestra un gran trabajo terapéutico y mucha dedicación por parte de Jesús. No sólo es una mano impuesta o una palabra curativa. Jesús de Nazaret, en el camino desde la Decápolis al lago de Galilea, encuentra a un sordo que apenas podía hablar. Descubre Jesús que su mal está en la lengua y “ataca” ahí el mal. Y luego tras un suspiro dice “¡Effetá”, ábrete!… y sus oídos de se abrieron. La sordera es en sí misma una gran minusvalía. Por supuesto en el caso narrado en el evangelio de este domingo XXIII del Tiempo Ordinario estaba asociado a dificultades casi absolutas para comunicarse, agravando el problema. Los sordos de nacimiento tienen dificultades de aprendizaje del lenguaje. Eso es sabido. Pero la sordera, insisto, no es un mal menor. En algún caso el sordo progresivo llega a perder totalmente la audición, sin que los aparatos amplificadores, los llamados audífonos, sirvan para mucho. He conocido a alguna persona que, tras no serle ya útiles los audífonos y sin haber aprendido a leer las palabras en los labios de sus interlocutores, han caído en un enorme y terrible aislamiento. 

2.- Vivimos en un mundo lleno de sonidos, con un nivel de ruido a veces totalmente inaceptable. Con nuestros oídos abiertos captamos muchas cosas a la vez. Vivimos inmersos en una sinfonía sonidos varios que no todas las veces es positiva. Otras veces, sí, claro. Pero el silencio total en un ámbito o lugar desconocido inquieta. Incluso, si de golpe, perdemos esa sensación de realidad que conforman los sonidos continuados a nuestro alrededor, nos sentimos muy inquietos. Y si esa carencia de ruidos se produce en un lugar sin luz, a oscuras, o totalmente desconocido, nos asusta en sobremanera. En algunas escuelas se busca que los alumnos comprenden a ciegos y sordos, haciéndoles vivir momentos en oscuridad total o el silencio absoluto. Y es curioso que en los últimos tiempos, los jóvenes muy alejados del silencio, por el uso de reproductores de música con auriculares, con la videoconsola o, incluso, con el ordenador utilizado durante horas como reproductor de sonidos, apenas toleren unos minutos de silencio absoluto. Han perdido el gusto por el silencio. Y, sin embargo, el silencio es muy útil para buscar a Dios en nuestro interior. 

3.- Jesús dio un especial significado a la curación de este sordo. Se advierte dedicación y absoluta cercanía del Maestro. No es, por supuesto, el roce de los vestidos buscado por la hemorroisa para curarse o el fuerte y emocionado grito de Jesús en la resurrección de Lázaro. Hay algo, pues, de especial en este fragmento evangélico que, sin duda, conlleva a pensar en la misericordia del Señor ante el estado de aislamiento del sordo. Con su acción sanadora, le facultaba Jesús para escuchar la proclamación del Reino de Dios y para que, después, el mismo antiguo minusválido, fuera transmisor de la Buena Nueva, del Evangelio, a otros hermanos. 

4.- Y es, precisamente, esto último lo que nos debe llevar a meditar sobre el aislamiento, actitud que si es premeditada no es propia de un cristiano. La sordera y la mudez insolidarias deben ser erradicadas. Hay, desde luego, un término medio entre el ruido permanente que nos produce nuestra sociedad actual y posicionamiento aislado permanente para no recibir molestias. Hay, también, un silencio egoísta producto de la soberbia, de creerse más que nadie y, por tanto, considerar a los demás inferiores. Y hay, sin duda, una charlatanería vana y sin sentido, ruidosa y absurda. La cercanía, la charla distendida y adecuada, la capacidad de bien comunicarse con los hermanos es algo verdaderamente útil para nuestra misión de llevar lejos la Palabra de Dios. 

5.- El fragmento de la Carta del Apóstol Santiago que leemos hoy es un clásico de la doctrina de la Iglesia sobre la mala práctica en la acepción de personas y que nos pone da de bruces sobre uno de los principales cometidos de la Iglesia: su opción por los pobres. Desagraciadamente el uso de las apariencias para juzgar a nuestros semejantes es, como se ve, un tema muy antiguo en el proceder de la humanidad. Apreciamos a los ricos, que llevan anillo, a los elegantes que llevan ropas que admiramos; y buscamos estar a bien con aquellos que en algo nos pueden beneficiar. Por el contrario, huimos de quienes nada nos pueden dar, de las gentes que parece que nada tienen, de la pobreza real, que siempre es sucia y deshilachada por el propio efecto de la carencia de medios y bienes. Es sabido que, habitualmente, contra lo primero que tienen que luchar esas beneméritas personas que trabajan en los servicios de las Cáritas parroquiales, o de otros sistemas de ayuda, es, precisamente, contra la repugnancia contra la miseria manifiesta, aunque a veces también es simple apariencia ese mal relato. Cuando la gente comienza a recibir ayuda y confianza crece en autoestima y abandona –valga la redundancia— su abandono. 

7.- Estamos a punto de iniciar un nuevo curso pastoral, escolar, laboral… Este domingo es el segundo de septiembre, pero el anterior –el 2 de septiembre— estaba “aupado” sobre agosto… Hay sordos de conveniencia, no quieren ser molestados; sordos por el miedo, aislados hasta lo patológico por sus muchas necesidades. Hay, sin duda, mucho pobre en nuestros recorridos habituales y muchos más a las puertas de las Iglesias. Nunca como ahora tenemos que luchar contra todos estos problemas, a favor de la apertura, del final de la sordera, de tanta gente con problemas. A Jesús le preocupaba que el sordo del relato de Marcos no escuchara la Palabra de Redención. A nosotros, pues, lo mismo. Luchemos contra la sordera de la autosuficiencia o de la extrema necesidad. Y por nuestra parte tengamos los oídos bien abiertos a los que el Señor nos pide: que amemos a nuestros hermanos. 

LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


ESCOGED AL POBRE 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Lo primero que debemos de tener en cuenta, mis queridos jóvenes lectores, es que todos nosotros somos ricos. El solo hecho de poder beber agua potable cuando lo deseemos, tener un techo donde cobijarnos, comer más de una vez al día, lo patentizan. Todavía más aun el saber leer y escribir, porque hemos podido ir a una escuela. 

“Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se sustentaba / de unas hierbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta, viendo / que otro sabio iba cogiendo / las hierbas que él arrojó”. Tal es un fragmento de “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca. Somos ricos pero casi nunca nos damos la vuelta para descubrirlo. Es mejor ignorarlo, creernos pobres, para ambicionar y poseer aún mucho más de lo que tenemos. 

3.- Admirar también, con cierta envidia, al que es más rico que nosotros y hasta apreciar y significar con halagos y privilegios al que goza de fortuna. Son valores de nuestra cultura, que nadie se cuestiona. Pero en la escala de valores evangélicos, quien ocupa la cúspide es el pobre. Usar y tirar es norma común y no apreciamos que el despilfarro es ofensa al necesitado. 

4.- Hemos organizado nuestras costumbres de tal manera, que ante la situación de derroche que llega a incomodar los espacios, calles y rincones, se ha montado un sistema rico que llamamos de reciclaje en gran escala, con facilidades u obligaciones de contribuir a tales proyectos. Pero si se trata de aplicárselo a uno mismo individualmente y aprovechar y conservar lo que todavía es útil, lo desacreditamos llamándole con frecuencia “síndrome de Diógenes”. No ignoro que pueda ser un trastorno tal proceder, sobre todo si lo acumulado no está al servicio de los demás, ahora bien, no hay que olvidar que perjudica mucho menos esta locura, que la acumulación de fortunas monetarias, de inmuebles o de capacidad de influencias sociales de la que gozan unos pocos. Y a los poseedores de grandes fortunas de todos conocidas, nadie se atreve a calificar de enfermos mentales. 

5.- Hay que ser cautos y algo más, hay que apreciar al pobre. Al que lo es por necesidad y al que ha escogido la pobreza como vocación. Pienso ahora en Benito Labre, el que todo Roma llamó el vagabundo y santo mendigo, al que no aceptaron en las comunidades religiosas y que lo dejó todo para ser indigente. Atravesó Francia de oeste a este comportándose como un mendicante cualquiera, todavía encuentra uno en ciertas iglesias su imagen y la indicación “por aquí pasó San Benito José Labre”. Cuando leo esta inscripción pienso que las palabras inspiradas del apóstol Santiago no fueron inútiles. (su fiesta se celebra el 16 de abril). 

6.- Me alegra conocer los desvelos que siente el Papa Francisco por los menesterosos a los que ayuda, acoge y protege. No les da una limosna y deja partir, o les entrega un tique para un restaurante, no, en Santa Marta, si son pocos, o en el Aula Paulo VI, o Sala Nervi, si son muchos, los recibe y sirve con todos los honores. 

Con idéntica elegancia trata el Señor a este pobre hombre, carente de oído e imposibilitado del habla. Lo acoge y se retira con él para con elegancia, librarle de sus males. Impresionó su proceder de tal manera, que la comunidad cristina recuerda con exactitud la palabra que le dirigió en su lengua, el arameo, pese a que el evangelista redacte el episodio en griego. Quiere obrar el Maestro con discreción, nada de salir repartiendo simpatías y obrando con espectacularidad, como tantos hacen. 

Aprended, mis queridos jóvenes lectores, y no dejéis de proclamar con entusiasmo que pese a tantos males que sufre nuestro mundo, Jesús continúa siendo bueno con los pobres 

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