Lectio Divina Dom. XI T.O. «B»

Lectio Divina Dom. XI T.O. «B»

XI Domingo del Tiempo Ordinario
17 de junio de 2018 La homilía de Betania 
  
1.- SEMBRADORES DE SONRISAS Y DE COMPRENSIÓN Por Antonio García-Moreno

 2.- CONFIAR EN DIOS, PLANTANDO SEMILLAS DE VIDA Por Gabriel González del Estal 
3.- DIOS ACTÚA DESDE LO PEQUEÑO Por José María Martín OSA 
4.- ¿FUERZA DE DIOS O ESFUERZO HUMANO? Por Javier Leoz
 5.- LA “PEQUEÑA SEMILLA” EN NUESTRO INTERIOR Por Ángel Gómez Escorial LA HOMILÍA MÁS JOVEN SOSIEGO, PACIENCIA, QUE ES ESPERANZA Por Pedrojosé Ynaraja

 1.- SEMBRADORES DE SONRISAS Y DE COMPRENSIÓN Por Antonio García-Moreno 1.- LABRANTÍO DE DIOS.- El hombre de campo cuida la tierra con empeño y ternura. El buen labrador rotura la tierra, abriendo anchos surcos para que la semilla se arrope, ahonde sus raíces sanas y eche sus brotes verdes. El que planta y trasplanta, el que injerta y poda. Con una gran ilusión por el fruto que llegará. Con una larga paciencia espera confiadamente en el momento de la cosecha final. Dios es un labrador bueno, un campesino experto que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso, para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso.

Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó. Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno… Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol donde guarecernos, el de la Cruz. Cristo, verde retoño florido que llenará de esperanza el vacío de nuestro dolor desesperanzado. Figura del labrador que Dios se aplica a sí mismo en repetidas ocasiones, dándole diversos sentidos, agotando toda la riqueza de su contenido.

Dios ante ti como el labrador ante su viña, como el hortelano ante sus árboles frutales, como el jardinero ante sus flores. Eres un árbol plantado por Dios en su finca, en esta ancha tierra suya que es el mundo. Un árbol plantado con cariño, con mucha esperanza e ilusión. Y Dios cuida cada día de sus árboles. Poniendo un especial esmero en los que son débiles y pequeños, cortando de raíz a los que van torcidos, sin crecer por las guías que Él mismo ha señalado. Y ese árbol seco lo riega hasta que de nuevo sus hojas sean verdes y sus frutos jugosos. Y a esos otros que sólo tienen hojas, sin acabar de dar fruto, los descuaja, los quema porque están podridos por dentro y sólo sirven para el fuego. 

Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú. Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.

 2.- LA MEJOR SIEMBRA.- Jesús se acomoda al hablarnos a nuestro modo de entender, usa las imágenes que constituyen el quehacer diario de nuestra vida ordinaria. Desea que comprendamos bien su doctrina para que así podamos más fácilmente llevarla a la práctica. Al fin y al cabo lo que el Señor pretende no es lucir su sabiduría ni deleitar a sus oyentes, sino sencillamente que mejoremos nuestra conducta cada día, que nos asemejemos más y más a Él. 

Hoy nos habla de la semilla que se siembra y que día y noche va creciendo sin que se sepa cómo, en silencio y de forma casi desapercibida. Cuando llegue el momento, la espiga habrá granado y la cosecha será una feliz realidad. Así ha de ser también nuestra propia vida, una siembra continua de buenas obras y de buenas palabras. A veces puede ocurrir que nos parezca inútil hacer el bien, dar un consejo a los demás, o llevar a cabo un trabajo sin brillo, ocultos en el mayor de los anonimatos.

Entonces hemos de pensar que ni un solo acto hecho por amor de Dios quedará sin recompensa. Hasta la más pequeña de las semillas alcanzará, si se siembra, el gozo de su propio fruto. La más pequeña semilla, la actividad más insignificante, el papel más sencillo de la gran comedia, todo tiene su dinamismo interno que, día y noche, va creciendo a los ojos de Dios y preparando el fruto, si no estropeamos la sementera con la rutina, el cansancio o la mediocridad. Cuando llegue el momento de bajar el telón y suene el aplauso de Dios, entonces descubriremos el secreto maravilloso de la pequeña semilla que, sin darnos cuenta, creció y dio frutos de vida eterna. 

Sembradores incansables que echan a manos llenas, en amplio y generoso abanico, la simiente divina que Dios nos ha entregado desde que, por medio del Bautismo, hemos comenzado a ser hijos suyos. Sembradores que creen en el valor divino de cada uno de los momentos, que viven unidos a Dios por la gracia santificante. Sembradores de sonrisas y de comprensión, de esfuerzos por un trabajo bien hecho. Alegres y esperanzados siempre, persuadidos de que, aunque no se vea, el grano que se siembra nunca se pierde, sino que dará al final su preciado fruto.

 2.- CONFIAR EN DIOS, PLANTANDO SEMILLAS DE VIDA Por Gabriel González del Estal 

1.- El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. Estas dos parábolas con las que compara hoy el reino de Dios el evangelista Marcos nos hablan de la necesaria confianza en Dios, nos dicen que los educadores cristianos debemos ser humildes; necesitamos la gracia de Dios para que nuestras pobres palabras y acciones desarrollen toda la fuerza de santidad que sólo Dios puede dar a la semilla. Nuestra naturaleza humana es débil e imperfecta, tiene tendencias pecaminosas que nosotros sólo podemos enderezar y controlar con la gracia de Dios. Dios quiere que la semilla que nosotros plantamos, nuestras palabras, nuestros gestos, dé fruto, pero el fruto de la semilla no depende sólo de nosotros, es la fuerza de Dios la que debe darle el incremento necesario.

San Pablo lo tuvo siempre muy claro: nosotros podemos plantar y regar, pero el incremento sólo puede darlo Dios. Por eso, debemos siempre confiar en Dios. La humildad y la confianza en Dios deben ir siempre unidas, porque ni la humildad, ni la confianza en Dios pueden dispensarnos del trabajo de sembrar la semilla. Si el sembrador no siembra, no puede crecer la semilla. La semilla que nosotros plantamos puede ser la más pequeña de las semillas, como el grano de mostaza, pero la fuerza de Dios puede hacer que esta pequeña semilla con la gracia de Dios crezca y, como nos dice el evangelista, se haga más alta que las demás hortalizas. El cristiano, el discípulo de Cristo debe ser una persona humilde, esforzada, y con una gran confianza en Dios en todo lo que habla y en todo lo que dice. Sólo así estaremos colaborando en la construcción del reino de Dios. 

2.- Todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes. El profeta Ezequiel habla a un pueblo que está en el exilio; no tiene ni rey, ni Templo, ni sacerdocio; tiene pocos motivos para la esperanza. En estas circunstancias, el profeta les dice que será el mismo Dios el que hará de este pueblo desterrado y desesperanzado un pueblo libre y poderoso. Nosotros, los cristianos de este siglo XXI, podemos aplicarnos este texto cuando las circunstancias personales, religiosas, sociales y políticas nos sean adversas. Dios no nos va a abandonar nunca, sólo quiere que nosotros, impulsados por nuestra esperanza cristiana, trabajemos por nuestra parte para vencer todas las dificultades que tenemos. Nuestra confianza en Dios no nos dispensa de trabajar personal y colectivamente para vencer todas las dificultades que tenemos. “A Dios rogando y con el mazo dando”, siempre con humildad y fortaleza. Y, si ponemos mucho amor en todo lo que hacemos, seguro que nuestros esfuerzos, con la gracia de Dios tendrán éxito. 

3.- Hermanos: siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. San Pablo habla a una comunidad cristiana que espera ver pronto física y personalmente, en la segunda venida, a un Cristo triunfante. Pero, mientras tanto, esta comunidad vive un tanto desorientada y desesperanzada. El apóstol les dice que comprende su situación, porque él sabe lo difícil que es vivir guiados sólo por la fe, sin la ayuda de una visión corporal en lo que creen. Y es que vivir sólo guiados por la fe, sin apoyos físicos y corporales, no resulta fácil. Por eso hay muchos que no creen, al estilo de santo Tomás, pensando que sólo podemos creer firmemente en lo que vemos y podemos comprobar físicamente. Es la gran tentación y el gran problema de todas las religiones: creer sin ver. Pero la realidad es que todas las personas religiosas tenemos que aceptar, hoy y siempre, este problema; creer espiritualmente, sin ver físicamente. Las realidades espirituales no se pueden ver con ojos corporales. Por eso, el mismo san Pablo les dice a los Corintios que él “prefiere desterrarse del cuerpo y vivir junto al Señor”. Bien, nosotros no tenemos que compartir necesariamente estos deseos urgentes por morir que tenía san Pablo. Aceptemos, mientras vivimos aquí, corporalmente, vivir sólo guiados por la fe, con humildad y fuerza interior. Y pedir todos los días al Señor que aumente nuestra fe. 

3.- DIOS ACTÚA DESDE LO PEQUEÑO Por José María Martín OSA 

1.- Renace la vida y la salvación. Las lecturas de hoy nos hablan de reconstrucción, de renacimiento de aquello que está muerto, de crecimiento y de vida. Los exiliados en Babilonia, especialmente después de la destrucción de Jerusalén, perdieron toda esperanza y padecían mucho recordando junto a los canales de una ciudad extraña la solemnidad de las fiestas que en otro tiempo celebraban en el templo de Jerusalén. El profeta Ezequiel anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sión, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica en la que se utiliza la imagen del «árbol cósmico», alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. Esta imagen la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza. 

2.- “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad” El hombre tiene su verdadera patria en el Señor y ahora en este mundo está desterrado. Todavía no vemos al que constituye nuestro hogar. No está claro si Pablo en la Segunda Carta a los Corintios se refiere a la parusía del Señor o si aquí afirma también un encuentro con el Señor en la muerte individual de los creyentes. No obstante, la mente de Pablo está también afirmar que el sentido de la muerte individual es un encuentro con el Señor. De todas formas, lo importante es en este mundo aceptar la responsabilidad cristiana y agradar al Señor, ante quien todos comparecerán para ser juzgados. La vida aquí en la tierra es un camino que nos conduce al encuentro con Dios. Conviene no distraernos ni equivocarnos de camino, como destaca San Agustín: “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos”. Sermón 346 B
 3.- Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. La primera parábola del grano habla del labrador que aguarda paciente y confiado después de la siembra a que llegue el tiempo de la siega. ¿Qué ha hecho el hombre? Nada importante; la semilla creció sola. La parábola afirma que el Reino de Dios, sembrado por Jesús, crece inexorablemente, aunque su desarrollo se oculta incluso a los que cooperan a su crecimiento.

Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. Crece realmente en nuestro interior y a través nuestro, siempre que seamos fieles en el seguimiento de Jesús, aunque su crecimiento sea difícil de descubrir. Pero tenemos que colaborar en su desarrollo, siendo una tierra que produzca el máximo posible. ¿Tenemos conciencia de ser como una semilla que debe desarrollarse y dar fruto? ¿Nos damos cuenta que todo desarrollo es lento y laborioso? ¿Estamos empeñados en nuestro crecimiento personal? La parábola del grano de mostaza nos muestra que el Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza, pero tiene energía para vencer a lo que parece más fuerte. El inicio del reino es pobre y de escasas apariencias, como lo es todo lo verdadero. Dios actúa desde lo pequeño, desde lo simple y humilde. No aparece como una gran empresa, ni como una poderosa organización, ni emplea elementos humanos que sean tenidos en consideración. Así lo entendió siempre Jesús y así actuó. ¿Lo hemos entendido los cristianos? Con la parábola del grano de mostaza, Jesús se opone totalmente a la esperanza de grandeza y de dominio universales propios del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones, ni el Reino de Dios será en la historia un gran imperio. Tampoco la Iglesia 

4.- Se nos ofrecen pequeñas semillas para que demos fruto. La manía de lo grande anida en cada corazón y en nuestra sociedad. El rascacielos más grandes, el coche más potente, el hombre más rápido, el predicador más elocuente… Sólo premiamos al número uno. Lo queremos todo ya, aquí y ahora. Despreciamos lo pequeño y lo invisible. Sólo hay salvación en Jesucristo. Lo nuestro es crecer y ayudar a crecer en Cristo a los hermanos. Lo nuestro es confiar en que todo depende de Dios y trabajar por el Reino como si todo dependiera de nosotros. Así lo expresa esta parábola: “Anoche tuve un sueño raro. En la plaza mayor de la ciudad habían abierto una nueva tienda. El rótulo decía: “Regalos de Dios”. Entré. Un ángel atendía a los compradores. -¿Qué es lo que vendes?, pregunté. – Vendo cualquier don de Dios. -¿Cobras muy caro? -No, los dones de Dios son siempre gratis. Miré las estanterías. Estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, macutos llenos de esperanza…

Yo necesitaba un poco de todo. Le pedí al ángel que me diera una ración de amor, dos de perdón, tres de esperanza, unos gramos de fe y el gran paquete de la salvación. Cuando el ángel me entregó mi pedido quedé totalmente sorprendido. ¿Cómo puede estar todo lo que he pedido en un paquete tan diminuto?, le pregunté al ángel. Mira, amigo, Dios nunca da los frutos maduros. Dios sólo da pequeñas semillas que cada uno tiene que cultivar y hacer crecer”. 

4.- ¿FUERZA DE DIOS O ESFUERZO HUMANO? Por Javier Leoz Nos adentramos de lleno en el tiempo ordinario. Un espacio que, aun siendo normal, nunca dejará de ser extraordinario. Ser cristiano no es un “hoy sí y mañana no” sino todo lo contrario: en la vida cotidiana, guiados por la fe (como señala hoy San Pablo), intentaremos dar gusto a Dios con nuestras buenas acciones, confianza y, sobre todo, con nuestra opción por el Reino de Dios. 

1.- El Reino de los cielos, en una de las parábolas de hoy, va en dirección opuesta a todo ello: su crecimiento es silencio, a veces insignificante pero continuo. ¿De quién depende la extensión y el desarrollo del Evangelio? ¿De los hombres? ¿De nuestros talleres y reuniones, dinámicas y escritos? ¿Está en manos, tal vez, de los medios a nuestro alcance: técnicos, pastorales o humanos?
 2.- Cuando un agricultor derrama su semilla en la tierra, prescindiendo de si está dormido o despierto, esa semilla va robusteciéndose, explota y la tierra la devuelve con creces en espiga o en un fruto determinado. Así es el Reino de Dios. Importante el factor humano pero, la tierra que lo hace fructificar, crecer, desarrollarse y expandirse, es la mano poderosa de Dios. Una cosa es decirlo (fácil) pero otra, muy distinta, creerlo con todas las consecuencias: los condicionantes externos ayudan, por supuesto, pero sin los internos (sin la fuerza del Espíritu) todo quedaría relegado a lo humano. 
3. También es verdad que los brazos cruzados no son la mejor imagen para el apostolado de nuestros días… El ocio es, hoy más que nunca, un serio inconveniente a la hora de sembrar el amor de Dios en las generaciones jóvenes. ¿Cómo podríamos combinar el fenómeno del deporte con la vivencia religiosa del domingo? ¿Por qué hay tiempo para todo en los niños pero, en cambio, no hay lugar para la catequesis, la eucaristía o la oración? 
4.- Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores? ¿No estaremos desgastando inútilmente nuestras fuerzas cuando, la realidad de las personas, de la iglesia local, de las personas o de la sociedad es muy diferente a la de hace unos años? 
5. En cierta ocasión en el campo de un labrador crecía con fuerza una especie extraña. Tal es así que, el buen hombre, la trataba de igual forma que al resto de los frutales. Un día llegó un vecino y le preguntó: ¿Cómo es que te molestas tanto en cuidar, abonar, regar y podar esa planta que, al contrario que las otras, no da ningún fruto? Y, el dueño de la finca, contestó: ¡Tengo miedo a que el campo se quede demasiado desierto, sin nada! Aunque sé que no producen fruto… por lo menos adornan. 
6.- San Gregorio Magno (uno de los Padres de la Iglesia) solía decir: «El hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la hierba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto».

 7.- ORACIÓN FINAL DAME  FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA, SEÑOR Para que, orando, me olvide  de todo lo que me rodea y, viviendo, sepas que Tú  habitas en mí. Para que, creyendo en Ti,  anime a otros a fiarse de Ti A moverse por Ti A no pensar sino desde Ti ¿Me ayudarás, Señor?  ¿Será mi fe como el grano de  mostaza? Dame la capacidad de esperar  y soñar siempre en Ti Dame el don de crecer  y de robustecer mi confianza en TI Dame la alegría de saber  que, Tú, vives en mí Dame la fortaleza que  necesito para luchar por TI   DAME  FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA Sencilla, pero obediente y  nítida Radical, pero humilde y  acogedora Soñadora, pero con los pies  en la tierra Con la mente en el cielo,  pero con los ojos despiertos Con los pies en el camino,  pero con el alma hacia Ti ¿Me ayudarás, Señor? Dame fe, como un grano de  mostaza ¿Será suficiente, Señor?

 5.- LA “PEQUEÑA SEMILLA” EN NUESTRO INTERIOR Por Ángel Gómez Escorial 

1.- La idea del crecimiento de la semilla que nos ha explicado el Señor Jesús en su parábola es, al mismo tiempo, muy bello e inquietante. Es verdad, claro, que los conocimientos científicos de la época de Jesús no eran como los de ahora y que la desaparición bajo tierra, y el futuro crecimiento de la planta sin que el agricultor supiera muy bien cómo, no es un misterio para nosotros. Pero también es verdad que muchas cuestiones de nuestra vida cotidiana y, sobre todo, las relacionadas con la naturaleza, producen esa idea de que las cosas crecen solas, casi milagrosamente, y que por supuesto Dios está detrás de ellas.

 2.- Y así, muchas veces, una palabra nuestra, o un acto aparentemente sin importancia puede tener una dimensión importante que nosotros no aparecíamos en el momento en que acometemos dicho acto. Es verdad que ello puede tener semejanza con la forma secreta que crece la semilla en el interior de la tierra. Y también es verdad que podemos sembrar para bien o para mal. A favor de la construcción de un mundo mejor, cercano y coherente, con la Palabra de Dios, o, desgraciadamente, en una dirección muy contraria. Ello nos podría servir para meditar en todos aquellos actos nuestros que pueden influir a los demás. 

3.- Jesús quiere decirnos que no hemos de temer que algo comience con aparente poco tamaño o valor reducido. Con el tiempo puede llegar a ser algo muy grande. Es una parábola para ilustrar el predecible crecimiento del Reino de Dios y, por supuesto, es metáfora válida para profetizar sobre el crecimiento de la futura Iglesia, del cristianismo. No se puede negar que da un poco de vértigo pensar lo que fue el grupo primigenio de los seguidores de Jesús y lo que hoy es el contexto global de los cristianos. Además de la importancia, tamaño y capacidades de nuestra Iglesia Católica, no podemos olvidar los millones de hermanos que se agrupan y viven el pensamiento de Jesús de Nazaret en otras Iglesias cristianas. 

4.- Es más que llamamiento el primer crecimiento de la Iglesia, tanto en Jerusalén como en Asia o en Europa en poco más de cien años, tras la muerte de Jesús. Pero se ha seguido con ese crecimiento, y aunque ahora tengamos la idea de que todo se está reduciendo en Europa y, en general, en lo que llamaríamos el ambiente occidental, tal vez habría que matizar que ese crecimiento continúa en África y Asia. La pequeña semilla –el grano de mostaza— debe ser una idea permanente en el futuro de nuestros trabajos relacionados con el amor de Dios y el cariño por nuestros hermanos: cualquier gesto positivo, por insignificante que puede parecer al principio, podría transformar nuestras vidas. Por eso, tiene mucho de torpeza aplicarnos solamente a las “grandes cosas” o a los “proyectos rutilantes”. La tendencia a lo faraónico es una tentación que tenemos todos siempre. Y es que ya sabemos que la humildad no es una de las virtudes más extendidas. 

5.- Y viene al caso, entonces, decir con palabras de Pablo de Tarso, en su carta a los Corintios porque “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de apostillar cualquier comportamiento inadecuado con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que se decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia. 

LA HOMILÍA MÁS JOVEN SOSIEGO, PACIENCIA, QUE ES ESPERANZA Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- Los ejemplos que pone el Señor, mis queridos jóvenes lectores, son acertadísimos para los que fueron sus primeros oyentes, las gentes de Galilea, rodeadas de campos de cultivo y cuyos padres de familia dedicaban su tiempo y conseguían su jornal con el cultivo de los cereales. Se decía, y continúa diciéndose hoy en día, que esa tierra es el granero del país. También lo entendíamos muy bien los chicos de tiempos pasados, en los que los maestros se dedicaban exclusivamente a enseñar dentro del aula los programas establecidos. No existían por aquel entonces ni los huertos escolares, ni las salidas educativas del colegio, actividades muy pedagógicas, por cierto. Ahora bien, al disponer de más tiempo libre y menos dedicaciones extraescolares, estábamos más inclinados a iniciativas personales, fruto de la imaginación y el deseo de aprender por nuestra cuenta. 

2.- Las explicaciones de los dos párrafos anteriores las he escrito para que os deis cuenta de lo acertado oportuno y pedagógico de las enseñanzas del Maestro. Pero aunque nuestra vida no sea semejante a la de ellos, la mayoría de nosotros, en algún momento se nos ocurría plantar, en cualquier tiesto de la casa una alubia, por ejemplo, la enterrábamos y al día siguiente ya íbamos a comprobar si había brotado la planta, cosa que no sucedía, evidentemente, hasta el cabo de un tiempo y crecía poco a poco, sin poder comprobar, por más que mirásemos atentamente, como aumentaba de tamaño. Otra cosa que experimentábamos es que, sin saber cómo, aparecía una planta que después nos decían que habría salido de alguna pepita de manzana y que aquello que veíamos, con el tiempo, se podía convertir en un gran árbol frutal. A lo mejor algunos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, habéis experimentado por vuestra cuenta, lo que os he contado. Sí o no, entenderéis el sentido de las parábolas que en el evangelio de este domingo se nos ofrecen, 

3.- Los cristianos debemos trabajar por el Reino de Dios con tesón, sin abandonar nunca la tarea, sin querer comprobar resultados. Poco a poco, lo que sembréis y propaguéis, irá germinando y creciendo. No será inútil nunca vuestro esfuerzo. A mí se me ocurre ahora un ejemplo actual. Por más que os fijéis en las agujas de un reloj, no notaréis que se mueven pero os irá marcando el paso del tiempo. Y ¡pobres de vosotros si estáis siempre mirando y no hacéis nada!, no seréis, por supuesto seguidores del Señor.

 4.- El otro ejemplo del mismo fragmento proclamado hoy, merece por mi parte una explicación, porque imagino que algunos de vosotros sentiréis curiosidad. Me refiero a la simiente de mostaza. En principio, uno imagina que se trata de la planta que es la base de la “salsa de mostaza” tan típica de las tierras de Dijon, en Francia. Pero no es así. Esta, a la que ahora me refiero, es una verdura de huerto, que no alcanza altura. Si os desplazáis por Tierra Santa, os dirán y hasta avispados chicos pretenderán venderos unas semillas que, según dicen, son de la mostaza del evangelio. En realidad es Nicotiana glauca. Yo mismo lo creí y lo explique, pero como pese a ir madurando y hasta llegar a hacerme viejo, no he perdido la curiosidad, me he preocupado de estudiarlo y preguntar a gente entendida de la Biblia y del lugar, llegando a la conclusión de que Jesús no se refería a una planta determinada, de hecho, la mostaza no es mencionada más que en el evangelio y en el Talmud, en ningún otro escrito de aquellos tiempos aparece Y ambos se escribieron muchos siglos antes que Linneo estableciera la nomenclatura científica de los vegetales. 

5.- Tal vez el Maestro os diría: el Reino de los Cielos se parece a un diminuto piñón que cae sin que nosotros nos demos cuenta, germina entre las hierbas, sin que lo percibamos, vaya creciendo y se convierta un día en un gran pino de cuya madera se puede hacer un barco que surca mares y un día fondee en una remota isla. Pienso ahora que, tal vez, algunos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, no conozcáis los pinos, tan abundantes por las tierras donde habito y no os sirva el ejemplo. Os pongo otro. Si sois observadores, por vuestros terrenos, tropicales o no, crecen orquídeas, preciosas y grandes unas, pequeñas otras.

Sus semillas, excepto las de la vainilla, son de las más diminutas de entre los vegetales, no obstante, llevadas por los vientos y sin saber de dónde vienen, se las encuentra uno inesperadamente. Para mí es un don de Dios, en cualquier sitio. Lo de don de Dios, en mi caso, se expresa así porque junto a dos de las iglesias donde sirvo, desde hace pocos años, crece en cada una de ellas y para mi deleite Barlia robertiana (Himantoglossum robertianum, las denominan en otro lugar). Cada uno de nosotros es muy poca cosa, no obstante estimulados por la Fe, podemos ser artífices de grandes logros a favor de la humanidad, en honor y agradecimiento a Dios. No olvidéis el dicho: Nunca se sabe el bien que se hace, cuando se hace el bien. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *