Lectio Divina 3er Dom Pascua «B»

Lectio Divina 3er Dom Pascua «B»

1.- CREER EN EL TRIUNFO DE CRISTO 

Por Antonio García-Moreno 

2.- TESTIGOS DE JESÚS, CUMPLIENDO SUS MANDAMIENTOS 

Por Gabriel González del Estal 

3.- SE NECESITAN TESTIGOS 

Por José María Martín OSA 

4.- NO CUNDA EL DESENCANTO 

Por Javier Leoz 

5.- LAS APARICIONES PRIMERAS DE JESÚS 

Por Ángel Gómez Escorial 


LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


LA VERDAD DE VERDAD 

Por Pedrojosé Ynaraja 


1.- CREER EN EL TRIUNFO DE CRISTO 

Por Antonio García-Moreno 

HAY QUE RECTIFICAR. – «Israelitas, ¿de qué os admiráis?» (Hch 3, 12). Había un motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre llevaba años y años inválido, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta conseguir la pena de crucifixión para él. 

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. «Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos». Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres. 

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre. 

Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados. 

2.- RENACER A LA ESPERANZA. – Los acontecimientos post-pascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza. Tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. «Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros». Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha. 

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. «Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo». Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, «no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos». Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño… El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: «¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos». Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén». A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza. 

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna. 


2.- TESTIGOS DE JESÚS, CUMPLIENDO SUS MANDAMIENTOS 

Por Gabriel González del Estal 

1.- Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Vosotros sois testigos de esto. Cuando los dos discípulos de Emaús vuelven a donde estaban reunidos los demás discípulos, les cuentan entusiasmados lo que les había pasado por el camino. Y, cuando estaban hablando de estas cosas, se les aparece Jesús en medio de ellos. Jesús se les aparece como persona humana, es decir, en cuerpo y alma. Los judíos siempre entendían a la persona humana como una unidad de cuerpo y alma, antes y después de la muerte. El concepto de alma que se separa del cuerpo después de morir es un concepto griego. Por eso, Jesús, después de resucitado, intenta demostrar aquí a sus discípulos que está totalmente vivo y para convencerles les pide que le den algo de comer: no es un fantasma, es una persona humana viva. Después de esta aparición, los discípulos se convierten en personas distintas, en testigos valientes de la resurrección de Jesús. Y este es el mensaje principal del evangelio de este tercer domingo de Pascua: que debemos ser testigos valientes de la resurrección de Jesús. Todos nosotros conocemos la frase de Pablo VI, cuando dijo que el hombre contemporáneo prefiere a los testigos, antes que a los maestros. Hoy día, sobre todo, no podemos fiarnos simplemente de las palabras de los políticos, de los comerciantes y medios de comunicación, puesto que frecuentemente son palabras diversas y contradictorias, aunque estén hablando de un mismo tema. Algo parecido puede pasarnos cuando escuchamos o leemos a los medios de comunicación religiosa. En concreto, podremos comprobar esto si leemos diversos libros o artículos que hablen sobre la resurrección de Jesús. Y mucho menos, si escuchamos a catequistas o predicadores hablar maravillosamente de Jesús resucitado, pero luego vemos que en su vida diaria no son consecuentes para nada con lo que dicen. El mandamiento de Jesús es que nos amemos los unos a los otros como él nos amó. De poco valdrá que expliquemos maravillosamente este mandamiento, si después nosotros no lo cumplimos, es decir, si en nuestra vida no somos testigos de lo que decimos. Hagamos, pues, hoy, nosotros este propósito, como discípulos de Jesús: predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, demostrando en nuestra vida que nosotros somos personas convertidas y cristianamente perdonadoras. 

2.- Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos…, sé que lo hicisteis por ignorancia… Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. Seguramente que tenía razón Pedro cuando decía que muchos judíos que gritaron pidiendo la muerte de Cristo, seguramente que lo habían hecho por ignorancia. Muchos sacerdotes, muchos fariseos, los sumos sacerdotes, escribas y doctores de la Ley y muchas autoridades judías creían sinceramente que Jesús iba, con algunos de sus actos, contra la Ley de Moisés. Por eso, lo que les propone Pedro es que se arrepientan y se conviertan. También nosotros hacemos más de una vez algo malo por ignorancia. Lo importante para cualquier cristiano es vivir en un continuo examen de conciencia, sabiendo arrepentirse y corregirse cada vez que nos damos cuenta de que hemos hecho algo mal. Lo peor es el empecinamiento en el mal. Si somos humildes y sabemos reconocer nuestros errores y corregirlos estaremos siempre en el buen camino, en el camino de la salvación. 

3.- En esto sabemos que conocemos a Jesucristo: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. El mandamiento nuevo de Jesús es muy claro para los cristianos: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Examinémonos en este mandamiento y si lo cumplimos podremos decir que conocemos a Jesús; si no, no. En este caso, no son las simples palabras, o la expresión de bellas ideas cristianas, sino que es la acción cristiana la que nos hace ser verdaderos conocedores de Jesús. Seguramente, que, a lo largo de la historia cristiana, han conocido a Jesús mejor los místicos que los teólogos. Unamos en nuestra vida las dos cosas: oración y contemplación cristiana con una verdadera vida cristiana. La contemplación y la acción cristianas deben caminar siempre juntas; divorciadas no forman un verdadero matrimonio cristiano. 


3.- SE NECESITAN TESTIGOS 

Por José María Martín OSA 

1.- Dios lo resucitó de entre los muertos. Pedro, tras la curación del tullido en la Puerta Hermosa del Templo pronuncia este segundo discurso. Tras la admiración que ha provocado el milagro, proclama la resurrección de Jesús y su papel en la salvación de los hombres. Los que reciben con asombro este signo de curación son invitados por la palabra de Pedro a descubrir su sentido. No basta con saber para salir de la ignorancia. Ellos, por ignorancia, mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ahora ya lo saben, pero no basta con descubrirlo, es necesario cambiar de actitud para salir de la ignorancia: » arrepentíos y convertíos». Aceptar que el paralítico ha sido curado en nombre de Jesús es aceptar que el resucitado es el Dios de la vida, actúa en la vida y transforma nuestra experiencia por el perdón que sigue al arrepentimiento. A pesar del mal y de la muerte, la vida sigue siendo posible por Cristo resucitado. El discurso de Pedro señala dos ideas fundamentales: 

–Jesús, el siervo de Dios crucificado, es autor y dador de vida, el origen y el que nos guía hasta ella porque venció a la muerte con su resurrección. 

— El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el «nombre de Jesús». La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud. 

2.- Testigos de la resurrección. El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que «era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. Hay dos cosas que nos llaman la atención: 

— No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Comprendemos que dice al tercer día porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro. 

–Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado? 

En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe. 


4.- NO CUNDA EL DESENCANTO 

Por Javier Leoz 

Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad se encuentra agobiada y hastiada. Hay muchas esperanzas, sobre todo las superficiales, que hicieron aguas. Y, esa decepción, se ha convertido en duda sistemática de todo y, sobre todo. 

1.- Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza. 

2. ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos. 

3. Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y nunca resucitó. ¿Tal vez somos esos murciélagos habituados a la oscuridad –como señalaba recientemente el Papa Francisco- huyendo de la luz? 

Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No esperemos signos extraordinarios. Nada y todo nos habla de Dios. Todo y nada nos muestra al Señor. No es juego de palabras y sí pura verdad: sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente. ¡Feliz Pascua! ¡Estamos en Pascua! 

4.- QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO 

Que, si ahora todo es luz, 

sin ti y cuando te vayas,  volverá a ser oscuridad 

Que, si ahora veo tu  grandeza, 

sin Ti y cuando te vayas,  sólo tocaré mi pobreza 

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO 

Porque, mis dudas con tu  Palabra, 

se convierten en seguras  respuestas 

Porque, mi camino huidizo y  pesaroso 

se transforma en un sendero  de esperanza 

en un grito a tu presencia  real y resucitada 

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO 

Que, contigo y por Ti, 

merece la pena aguardar y  esperar 

Que, contigo y por Ti, 

no hay gran cruz sino fuerza  para hacerle frente 

Que, contigo y por Ti, 

la sonrisa vuelve a mi  rostro 

y el corazón recuperar su  vivo palpitar 

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO 

Porque, contigo, mi camino  es esperanza 

Porque, contigo, amanece la  ilusión 

Porque, contigo, siento al  cielo más cerca 

Porque, contigo, veo a más  hermanos 

y siento que tengo menos  enemigos 

Porque, contigo, desaparece  el desencanto 

y brota la firme fe de quien  sabe que Tú, Señor, 

eres principio y final de  todo. 

Amén. 


5.- LAS APARICIONES PRIMERAS DE JESÚS 

Por Ángel Gómez Escorial 

1.- Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C— se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. En el texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de Lucas de hoy, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado— pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Ya en días anteriores hemos hablado bastante sobre el aspecto del cuerpo glorificado de Jesús. 

2.- Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas— querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina. 

3.- Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos vaya a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar siempre a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello. 

4.- Otro aspecto que debemos tener cuenta dentro de la enseñanza del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús— es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacía duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, de los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles y resto de los discípulos. 

5.- No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y todo ello en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo. 

6.- La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial. 

7.- Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habituación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo. 


LA HOMILÍA MÁS JOVEN 


LA VERDAD DE VERDAD 

Por Pedrojosé Ynaraja 

1.- La cosa viene de antiguo. Decía Ignacio de Loyola: entrar con la suya para salir con la nuestra» que, aunque se parece, no es lo mismo que lo de Pablo: hacerse todo a todos para ganar a algunos (1Cor 9,22). Lo advierto porque lo segundo es revelado y lo primero no. 

El contenido de las tres lecturas de la misa del presente domingo, mis queridos jóvenes lectores, podríamos dividirlo en dos grupos. En el primero están las dos primeras, el segundo corresponde exclusivamente al texto evangélico. 

2.- Vamos al grano, pues .Aunque no se haya estudiado márquetin, salta a la vista que el discurso de Pedro es inoportuno e imprudente. A ningún político de turno, líder de un partido nuevo, se le ocurriría tal lenguaje. Ni un comerciante que exhibiera sus novedades, se expresaría de tal forma. Pedro se ensaña con sus oyentes acusándolos con ferocidad. Era de esperar, pues, que se le fueran los presentes. Pero no lo hicieron. Les irritaba lo que les decía, pero se expresaba con sinceridad y acierto. Lo acertado no era el modo, sino el contenido del discurso. 

3.- Si lo lógico hubiera sido que se hubieran alejado ¿por qué no lo hicieron? Pedro estaba hablando como cualquier anónimo rabino pudiera hacerlo en el “Speakers Corner” del Hyde Park de aquel tiempo, que lo era sin duda, la amplia explanada del Templo, la que llamamos atrio de los gentiles. El apóstol era sincero y dotado su interior de la gracia, más concretamente, y en lenguaje teológico, provisto de los carismas que se le otorgaron a la primitiva comunidad. Sabemos que la de Jerusalén además, tenía conocimiento del valor de la oración y de la asistencia del Espíritu y vivía de acuerdo con ello y no exclusivamente de las cualidades del orador de turno, o de la fama que se haya ganado quien se empina en cualquier estrado. 

4.- Aceparon los que le escuchaban, fueron nobles y humildes, era sin duda gente sencilla y buena. Añade a continuación que su mal obrar tiene la excusa de su ignorancia. Respiran ellos consolados. Menciona Pedro el pecado. Aquí quería llegar. Esta palabra y concepto no se usa hoy. Ante cualquier proceder adverso, se acude siempre a calificarlo de ignorancia o enfermedad mental. ¡pobre mundo nuestro! Si cuesta mucho enseñar y reconocerse incompetente, mucho más irrita ser considerado un trastornado. Tienen difícil y no inmediato remedio tales males. Reconocerse y aceptar ser pecador, abre horizontes de perdón, ilumina el porvenir de Esperanza. 

5.- Sin duda, sentirse impregnado de pecado, puede conducir a la desesperación. Juan lo sabe y él también hablando inspirado, nos dice en un párrafo del texto de hoy: “os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”. 

6.- Me he encontrado más de una vez que incluso gente de Iglesia, se niega a reconocer que alguien puede ser pecador. Estas niñas no pueden cometer pecados, si solo tienen trece o catorce años, me decía un día una catequista religiosa. Solo cometen faltas, me advertía. Aquellas preciosas adolescentes eran capaces de mentir, de fomentar la vanidad, de no cumplir con su deber de estudiar, de desobedecer y ofender a sus progenitores, entre otras cosas. Pecado sin duda, de acuerdo con su talla. Para ser pecador como un criminal nazi, es preciso tener mucho poder y grandes facultades, amén de edad madura. A personalidades pequeñas e incipientes, les corresponden pecados menores y no demasiado ofensivos, pero auténticos pecados, a su medida. La innata inclinación que pueda tener un enfermo mental, tiene difícil remedio. El pecado, si existe arrepentimiento y con la gracia de Dios, puede ser perdonado definitiva y totalmente. 

7.- La escena del evangelio está cargada de simpatía. Jesús resucitado no se aparece para atemorizar. Llega para alegrar y ellos los apóstoles no saben avenirse a esta realidad que les era desconocida. Habían oído hablar de apariciones, la de la nigromante del pie del Tabor, que habló al rey Saul, la del ángel a Abraham, que estaba a punto de degollar a su hijo Isaac, ambas les serían conocidas. De los espíritus que inundaban las noches de tempestad también imaginarían algo desde pequeños. Espíritus, fantasmas, espectros, duendes, también a nosotros nos han contado mil y una historias ¿Quién sabe cómo son? Tampoco importa demasiado. 

8.- Jesús resucitado es experto instructor. Que le den algo de comer y se convencerán de que no es un zombi. Le dan, según el texto litúrgico, pescado asado, según otras versiones, acompañado de miel, cosa muy verosímil que tuvieran ellos, gente de aquel tiempo y lugar. No necesita alimentarse un resucitado, comer es sencilla muestra de humanidad y a esta señal acude el Señor. Convencidos como están acude a doctrinas que les había predicado en su época histórica. Se sienten cómodos escuchándole. Aceptan su mensaje y advertencia. Es preciso que prediquen la conversión y el perdón. Se lo dijo a ellos. Nos lo dice a nosotros. 

9.- Quiero advertiros ahora, mis queridos jóvenes lectores, que los que le escuchaban no eran los once apóstoles. Seguramente, muchos de vosotros recordaréis el relato de los discípulos que yendo camino de Emaús, se encontraron con Él y con Él hicieron interesante ruta. Educados, hospitalarios y generosos, le habían invitado a quedarse a dormir en su domicilio familiar. Se dio a conocer entonces a los presentes, que, con seguridad, además de los dos, les acompañaría sus familias. (Muchos artistas plasman el acontecimiento completando la escena y pintan los que imaginarían estarían presentes, esposas, hijos y hasta la suegra de alguno de ellos. ¡No faltaba más! Otros tal vez para ahorrase trabajo se contentan con diseñar a los sólo tres) 

10- Se les dio a conocer y ellos le reconocieron. No se quedaron encerrados en casa a celebrarlo, acabando de cenar juntos. Abandonaron a los suyos y se fueron corriendo a anunciarlo a los apóstoles, por si no se habían enterado de que el Maestro vivía. Después del fracaso del Calvario, había que proclamarlo de inmediato, pese a que estarían cansados de la caminata. 

Después del fracaso de nuestra decadente cultura occidental y de la dejadez y abandono de la religiosidad que le es tan propia, a vosotros, y a mí sin duda, nos toca compartir vivencias, Fe y Gracia, mis queridos jóvenes lectores. No hacerlo es desilusionar a Cristo y abandonarlo, No ser misioneros, además de perezosos, tacaños e ingratos, es ser anticuados, cristianamente considerado 

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