Lectio Divina 4to Dom. Cuaresma «B»

Lectio Divina 4to Dom. Cuaresma «B»

IV Domingo de Cuaresma
11 de marzo de 2018 La homilía de Betania 
  
1.- JESUCRISTO ES SALVACIÓN Por Gabriel González del Estal 2.- CON NUESTRAS OBRAS NOS JUZGAMOS A NOSOTROS MISMOS Por José María Martín OSA 3.- LA CRUZ SE LEVANTA COMO INSIGNIA DE VICTORIA  Por Antonio García-Moreno 4.- LAS PANCARTAS DE LA CALLE Por Javier Leoz 5.- LOS CAMINOS DE DIOS Por Ángel Gómez Escorial LA HOMILÍA MÁS JOVEN JUICIO, MISERICORDIA Y VALENTÍA Por Pedrojosé Ynaraja 1.- JESUCRISTO ES SALVACIÓN Por Gabriel González del Estal 1.- Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El problema, para nosotros en este siglo XXI, es precisar el alcance significativo de la palabra “creer”. Porque es evidente que nadie puede creer en Cristo, como el mismo san Pablo lo dice en más de una ocasión, si alguien no se lo ha anunciado convincentemente. Y existen muchos millones de personas en nuestro mundo a los que nadie ha anunciado convincentemente a Cristo como Hijo único de Dios. Pensemos simplemente en la mayor parte de los budistas, hinduistas, y musulmanes. Muchas de estas personas que practican estas religiones lo hacen convencidas de la verdad de su fe y pensando que las demás religiones, incluida la católica, no son las verdaderas. No podemos afirmar nosotros que todas estas personas se van a condenar por no haber creído en el nombre del Hijo único de Dios, como dice literalmente san Juan en el evangelio de este domingo. Ensanchemos, pues, el sentido de la palabra “creer” en Cristo, extendiendo su significado: podemos afirmar que todas las personas que creen en los valores que predicó Cristo, creen en Cristo. Se trata de los que llamamos hoy día cristianos anónimos: personas que creen y viven según los valores que predicó y vivió Cristo. 2.- Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. En estas frases de San Juan, escritas a continuación de las anteriores, vemos que el mismo san Juan nos dice ahora que lo que nos salva son las buenas obras, es decir, vivir de acuerdo con la luz y con la verdad de Dios. Cristo es la luz y la verdad del Padre; creer en Cristo es vivir según la luz y la verdad del Padre, es decir, vivir según la luz y la verdad de Cristo. Esto es creer en Cristo y en este sentido decimos los cristianos que Cristo es nuestro único camino, nuestra única verdad y nuestra única vida, para llegar al Padre. Por tanto, pidamos a Dios que nuestras obras, y las obras de los que no creen en Cristo, sean siempre obras que estén de acuerdo con el evangelio de Cristo, porque si hacemos esto nos salvaremos unos y otros. 3.- En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles… Se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto, que ya no hubo remedio. En este segundo libro de las Crónicas se interpreta el castigo de Dios a los sacerdotes y pueblo de Israel como consecuencia de la maldad de sacerdotes y pueblo. Pero, al final, se dice que Dios, misericordioso y compasivo, se compadece de su pueblo y mueve el corazón del rey de Persia, Ciro, para que permita al pueblo de Israel volver a Jerusalén y reconstruir el templo. Nosotros sabemos hoy que los castigos físicos no son consecuencia necesaria de los pecados morales, pero es bueno que, a la luz de este texto de las Crónicas, nos demos cuenta de que la misericordia de Dios triunfa siempre su ira. No nos desanimemos, pues, nunca y arrepintámonos siempre de nuestros pecados; Dios nunca nos fallará, aunque tenga que valerse, como en este caso, de personas que no practican nuestra religión. Muchas veces, personas no creyentes en nuestra religión nos dan ejemplo, como en este caso el rey Ciro, de magnanimidad y misericordia. 4.- Por pura gracia estáis salvados… Pues estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir… Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él determinó que practicásemos. Podemos repetir aquí lo mismo que dijimos en el comentario al evangelio, según san Juan. También aquí san Pablo, en su carta a los Efesios, nos dice que el que salva es Dios, con su gracia, pero que Dios nos ha creado en Cristo Jesús para que nosotros nos dediquemos a las bunas obras. Es decir, que si queremos imitar a Jesús y seguirle, debemos hacer buenas obras. Y esto que dijo san Pablo a los primera cristianos de Éfeso, vale también para nosotros y para las personas de todos los tiempos, sean cristianas o no: es Dios el que nos salva, pero si nosotros queremos libremente que Dios nos salve debemos hacer obras buenas. 2.- CON NUESTRAS OBRAS NOS JUZGAMOS A NOSOTROS MISMOS Por José María Martín OSA 1.- Las falsa seguridades. El Libro de las Crónicas describe la situación del pueblo de Dios antes del destierro a Babilonia, y su retorno de la cautividad. Los profetas habían criticado la falsa seguridad en el culto de Jerusalén, porque no es el Templo el que se puede salvar, sino la palabra de Dios, que exige continuamente una búsqueda de la justicia. Cuando no existe esa búsqueda, el Templo se convierte en una «cueva de ladrones». A este pueblo que no quiere caminar, que no cree ya en las promesas, que no responde con fe a la Palabra de Dios, el Señor le obliga a caminar. Su falsa seguridad, el Templo, será destruido y todos ellos deportados a Babilonia. Allí aprenderán a esperar, allí renacerá la fe en el Dios de sus padres, el que obliga a caminar, y por eso la Palabra de Dios, una vez más, pondrá en marcha a su pueblo y el Señor lo conducirá de nuevo a Jerusalén en un segundo Éxodo. Así es toda la historia de la salvación, siempre la Palabra de Dios pone en marcha a su pueblo, un pueblo recalcitrante que siempre, una y otra vez, recae en falsa seguridad. Hoy día puede pasarnos a nosotros lo mismo, al pensar que somos “cumplidores” del precepto dominical y de otras normas. Podemos creer, como decía aquella ilustración de Mingote, que “al cielo iremos los de siempre”. 2.- “Por la cruz, a la luz”. San Pablo nos dice que Dios, rico en misericordia, nos ha hecho vivir con Cristo y nos ha salvado por pura gracia; nos dice que incluso nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Pero entenderíamos mal estas palabras si, desconociendo todo lo que en ellas hay aún de promesa, respondiéramos con una fe triunfalista. Por eso, San Pablo trata de hacerles volver los ojos a la realidad cristiana y ésta no es otra que la cruz. Porque sólo el que realiza la verdad se acerca a la luz. Hemos sido salvados en Cristo. Con la muerte de Cristo, el Hijo de Dios, todos hemos sido ya salvados, pero sería prematuro el cruzarnos de brazos para celebrar la victoria sin poner nada de nuestra parte. A la luz se llega a través de la cruz 3.- Vivir en la verdad y en la luz. Juan utiliza la narración de la serpiente de bronce, elevada por Moisés en el desierto, como figura que ilustra proféticamente lo que sucede en la «elevación» del Hijo del Hombre en la cruz. Ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la «hora», de su glorificación. La salvación viene del Hijo del Hombre exaltado en la cruz. El plan de salvación no tiene otro fundamento que el incomprensible amor de Dios al «mundo”. Dios envía a su hijo para salvar al mundo y no para condenarlo, Dios quiere la salvación de todos los hombres. Frente a cualquier dualismo de buenos y malos, Dios ofrece a todos la salvación y no sólo a una minoría privilegiada. El nombre del Hijo único de Dios es «Jesús», que significa «Dios salva». Creer en el «nombre», es creer en la misión salvadora de Jesús. Dios quiere la salvación de todos; si, no obstante, algunos se condenan es porque rechazan la salvación. El juicio de Dios es algo que acontece ya cuando el hombre resiste al Evangelio con su mala vida. La «luz» cuestiona a los hombres y les obliga a decidir entre la fe y la salvación, o la incredulidad y la perdición. Muchos se deciden por la incredulidad, porque sus obras no son buenas. Los que obran perversamente se oponen a la verdad con la mentira de su vida y esconden sus malas obras huyendo de la luz. En cambio, los que hacen la verdad buscan la luz, para que se vean sus obras buenas. Nosotros nos juzgamos a nosotros mismos, como dice San Agustín: “Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). El médico viene a curar al enfermo en cuanto de él depende. Quien no quiere cumplir sus prescripciones, se da muerte a sí mismo. El Salvador vino al mundo; ¿por qué se le llamó Salvador del mundo, sino (porque vino) para salvar, no para juzgar al mundo? ¿No quieres que él te salve? Tú mismo te juzgarás” 3.- LA CRUZ SE LEVANTA COMO INSIGNIA DE VICTORIA  Por Antonio García-Moreno 1.- DIOS DE NUESTROS PADRES.- Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños… El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre. A lo largo de toda la historia fueron llegando los pregoneros de Dios. Venían cargados con palabras bellas, encendidas palabras que animaban y llenaban el espíritu de paz, con deseos de ser mejores. Dios quería salvar a su pueblo. El peligro acechaba a la vuelta de cualquier esquina. Los enemigos se habían conjurado, tenían planes de aniquilación, ansias de reducir el gran templo en un montón de escombros. Hoy también el enemigo está detrás de la puerta. Hoy también el fuego, más vivo que nunca, está en trance de llover sobre nuestros campos. Y por la ruta de los mares, por los azules caminos del cielo, cruzan armas terribles con destino a los pueblos en estado de guerra, con presagios siempre vivos de una hecatombe mundial… Y hoy también llegan hasta nuestras calles los pregoneros de Dios, los que predican la paz, los que llaman a la conversión, los que claman por la justicia, los que cantan la belleza del amor. Hoy también, el Dios de nuestros padres quiere salvar a su pueblo. Despreciaban sus palabras, se burlaban de ellos. Y los perseguían, los encarcelaban, los mataban. Hablaban con desdén de los profetas de Dios. Sus palabras fueron ridiculizadas ante la risa de todos, se convirtieron en objeto de chistes y de cuentos burdos. Y el mensaje de Dios quedó obscurecido, apagado, reducido a un montón de palabras descoloridas. Y la ira de Dios, hasta entonces dormida, despertó bruscamente. Y las palabras de los mensajeros se volvieron cáusticas, hirientes, duras, salvajes: «Ruge Yahvé desde lo alto, desde su santa morada lanza su voz, ruge con fuerza contra el lugar de su pacto… Llega el estruendo hasta el extremo de la tierra, porque Yahvé abre el proceso contra las naciones, entra en juicio contra todo mortal; a los impíos los entrega a la espada».  Y el profeta sigue: «He aquí la desgracia que pasa de nación en nación y una enorme tempestad se desencadena desde los confines de la tierra. Y habrá aquel día víctimas de Yahvé de un extremo a otro de la tierra; no serán lloradas, ni recogidas, ni sepultadas; quedarán sobre la haz de la tierra como estiércol».  ¡Oh, Señor, Dios todopoderoso, pronto a la misericordia y al perdón, detén tu ira! No permitas que la muerte cubra la tierra. Queremos oír a tus enviados, queremos escucharles, atenderles, hacerles caso antes de que sea demasiado tarde. Haz tú que el recuerdo triste de lo que pasó, y de lo que puede pasar, nos despierte de nuestra apatía y negligencia, encienda esta fe muerta que nos hace vivir adormilados, en un sopor peligroso. 2.- LA MAYOR PRUEBA DEL AMOR.- En el silencio de la noche, oculto en la oscuridad de las altas horas, Nicodemo se entrevista con Jesús, el joven Rabino de Nazaret cuya fama se va extendiendo rápidamente. Este hombre desciende desde la cima de su posición social –formaba parte del Sanedrín–, pregunta y escucha las palabras de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero. Esta es la primera enseñanza que tendríamos que aprender de este pasaje evangélico: Descender del pedestal en que a veces nos encaramamos, para escuchar con sencillez y humildad la palabra que nos viene de Dios a través, quizá, de otro hombre de menos categoría intelectual o social que nosotros. Ante sus ojos se abre un panorama insospechado y grandioso, una doctrina nueva y vieja que comporta frutos de eternidad. Jesús le habla de un hecho que simboliza lo que ocurriría en el Calvario: lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Y así es en efecto. La Cruz se levanta como insignia de victoria, estandarte de salvación, bandera de paz y de perdón que manifiesta a los cuatro vientos la mayor prueba del amor de Dios. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Jesús también dirá que nadie tiene amor más grande que aquel que entrega su vida por el amigo. La crucifixión fue, sin duda, el gesto definitivo del amor de Dios que sufre en su carne el castigo de nuestro pecado.  Qué más podía hacer el Señor para mostrarnos su infinito amor, sus profundos y sinceros deseos de ayudarnos, de librarnos de las cadenas que realmente aprisionan al hombre, las del pecado. Miremos con fe ese signo de salvación, sepamos descubrir tras las llagas de Cristo crucificado la grandeza de su poder y los fulgores de su divinidad. Imitemos al buen ladrón que, contemplando a Jesús traspasado y vencido, supo descubrir al Rey del Universo y le rogó, quizá entre las burlas de los demás, que se acordara de él cuando llegara a su Reino. La respuesta de Jesús fue inmediata: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso. 4.- LAS PANCARTAS DE LA CALLE Por Javier Leoz Celebramos en este cuarto domingo de cuaresma el llamado Domingo “Laetare”, es decir “Alégrate” por la proximidad de la Santa Pascua. ¿Poseemos razones para la alegría? ¿Mirando a nuestro alrededor podemos sonreír, levantarnos o dar una ojeada con optimismo al futuro? 1.- Recientemente, en un estudio sociológico sobre España, nos hemos desayunado con que la práctica religiosa ha aumentado un 4%. Muchas lecturas se pueden desprender de esta publicación de datos. Entre otras que, las personas, necesitamos más profundas y auténticas razones para la esperanza. Que el entorno que nos presiona y nos maniata lejos de producir en nosotros un efecto de vida y de paz, nos conduce a todo lo contrario. ¿Dónde están nuestras fuentes de satisfacción? ¿En el circo en el que a veces se convierte nuestra vida? ¿En aquello que los tecnócratas diseñan para nuestro día a día? 2.- La Pascua, que asoma en la esquina de la santa cuaresma, nos brinda la luz de Jesucristo. Viviremos con pasión y devoción lo que, el ruido del día a día, nos impide disfrutar: la presencia de un Cristo que es salvación, redención o más allá. Es extraño, por no decir imposible, caminar por una calle o una vía sin encontrarnos con una pancarta que no reclame, anuncie, convoque o no diga algo. Jesucristo en medio del caos es un estandarte de vida y de resurrección. Pero, para que así lo apreciemos, hemos de saber mirar en la dirección adecuada. ¿Qué nos impide contemplar, amar, celebrar y desear a Cristo? 3.- La Pascua, y no lo olvidemos, es el paso de Dios por medio de nosotros. Lo hizo en Navidad (de una forma humilde) y, de nuevo, lo realiza de un modo radical: nos ofrece la prueba de su máximo amor en cruz. ¿Quién busca a quién? ¿Buscamos nosotros a Dios o es Dios quien nos busca a nosotros? No lo dudemos, siempre, la iniciativa está en Él, viene de Él y en nosotros, tan sólo, reside la respuesta. ¿Qué le respondemos? 4.- Que en el sprint final de la cuaresma nos sintamos atraídos por la persona de Jesucristo. La Nueva Evangelización sólo será posible con cristianos evangelizados. ¿Cómo vamos a presentar como modelo de referencia a Jesús si, previamente, no lo sentimos en propias carnes? ¿Cómo vamos a proponerlo como blasón de tantos valores que hacen falta en nuestro mundo si preferimos enarbolar en nuestras manos cometas de colores, sin consistencia, volátiles o sin contenido alguno? 5.- Una vida sin Dios es un barco a la deriva, una embarcación sin ancla. La Semana Santa que llama a nuestra puerta puede ser una gran ocasión para llenarnos de entereza y de fortaleza. Para reconstituirnos por dentro y para sentirnos con capacidad, venida de lo alto, seguir adelante. Pero, también, para volver a las fuentes de nuestra fe. Para saber en qué creemos, en quién creemos y por qué creemos. Es cuestión de levantar la cabeza, de no dejarnos despistar por otras banderas que no sean las de la fe y la confianza en Dios. Sólo así sentiremos que nuestra vida estará tocada por la resurrección y la vida que Jesús nos ofrece a su paso cerca de nosotros. 6.- DE NUEVO LO MANDAS, SEÑOR Obediente para que, en  nuestra rebeldía, regresemos al camino de la  fe y del amor. Con los ojos en el cielo  pero, con sus pies en la tierra, para enseñarnos el sendero  de la vida y del perdón DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR Como lo presentaste en  Belén, humilde y desnudo,  incomprendido y silencioso unido en todo y para todo a  Ti. DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR A tu Hijo, Jesucristo, que  es salvación para darnos un poco de luz  en la oscuridad En la noche en la que  confundimos todo en las horas que se  presentan amargas en las pruebas que se nos  hacen insoportables DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR Para que, la humanidad,  encuentre la Verdad y, en esa Verdad, seamos  libres y no esclavos hermanos y nunca más  adversarios Para que, la humanidad, rota  por tantos pecados bebamos en la pasión y  muerte de tu Hijo el gusto redentor del amor  bajado de los cielos. DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR, A TU HIJO Para buscarnos, porque  andamos perdidos Para amarnos, porque vagamos  sedientos de amor Para protegernos, estamos  desnudos de lo eterno Para fortalecernos, nos  sentimos débiles y huérfanos DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR Lo hiciste en una noche  santa y misteriosa de Navidad y, ahora, lo haces en días  santos de pasión y de muerte en momentos de silencio y de  soledad en instantes de amargura,  obediencia y entrega soportando calzadas  sembradas de indiferencia y cerrazón. DE  NUEVO LO MANDAS, SEÑOR A tu Hijo, a Jesucristo  Salvador, para elevarnos hasta Ti para atraernos y llevarnos  hasta Ti para que no olvidemos que,  siendo hombres, somos tuyos, hacia Ti vamos  y en Ti descansaremos Amén 5.- LOS CAMINOS DE DIOS Por Ángel Gómez Escorial 1.- Es muy clara la primera lectura de hoy para determinar que, muchas veces, los planes de Dios no coinciden con los del género humano. Por el contrario, muchos de nosotros, alguna vez, hemos intentado que Dios se ponga de nuestra parte y que nos ayude a sacar adelante cuestiones que, probablemente, no tienen la idoneidad que el Señor busca para nosotros. Y así en el Segundo Libro de las Crónicas se habla con un rey extranjero, Ciro será el elegido para reconstruir el Templo de Jerusalén y dar nuevos bríos al culto que el Dios quiere. Las continuas traiciones del pueblo de Israel crean esa nueva situación. Es posible que muchos judíos, incluso de buena voluntad, no entendiesen ese giro que el Señor estaba dando a la historia, les parecería inconcebible por sentirse pueblo elegido de Dios. 2.- Si contemplamos, asimismo, la posición de Jesús de Nazaret frente a la religión oficial de saduceos, fariseos, senadores y doctores de la ley vemos que la cuestión es parecida. Jesús se opone a sus prácticas monopolistas, a la institucionalización negativa de la religión a favor de unos intereses concretos que están en contra de los mandatos de Dios y en contra, también, de lo que anhela el pueblo. El resultado será que tras la muerte y resurrección de Cristo Jesús el pueblo elegido será otro. Este se conformará en torno a la Iglesia naciente que es esposa de Cristo y albergue de todos los que –con palabras de Jesús— comienzan a llamar a Dios, Abba (papaíto). La revelación de Jesús sobre el Padre modifica la concepción de Dios que los hombres tenían. No su realidad intrínseca, porque Jesús viene a mostrar la verdadera cara de Dios Padre, la misma de siempre, pero que los humanos habían modificado en función de sus intereses. 3.- Y si la primera lectura marca un horizonte de gran importancia respecto al conocimiento de Dios, es Pablo de Tarso en su carta a los Efesios quien contribuye con otro aspecto capital para el cristiano. Es el renacer a la nueva vida por efecto de la gracia de Jesucristo. Se muere al pecado para resucitar a una vida más limpia, más entregada, más luminosa. El bautismo es nuestra entrada en la gracia de Jesucristo, pero el seguimiento del Maestro produce de manera sensible y consciente los beneficios que San Pablo nos cuenta. Las palabras del apóstol de los gentiles dan idea de una nueva creación, de una nueva naturaleza del género humano gracias al sacrificio de Cristo. Y si recapacitamos un poco en ello veremos que hay pruebas objetivas en nosotros mismos de esa renacer a una nueva vida. Quien ha descubierto el camino se seguimiento de Jesús se siente transformado, renacido. Los viejos tiempos ya no cuentan y una nueva vida se abre ante los ojos de los creyentes. 4.- El Evangelio de Juan nos habla de una charla de Jesús con Nicodemo. Aparece en escena este personaje singular, miembro del Sanedrín, convertido a Cristo y que fue, junto con José de Arimatea, quien fue a pedir al Gobernador Pilato el cuerpo de Jesús, ya muerto. La escena que hemos escuchado debe ser de los primeros momentos en los que Nicodemo se acercaba a Jesús y lo visitaba por la noche para no ser visto. Después, y ante su muerte y con la dispersión de los discípulos más cercanos, sería él quien diera la cara ante las autoridades, lo cual, sin duda, fue un peligro para él. 5.- La catequesis que Jesús despliega ante Nicodemo es la del hombre nuevo. La de renacer a una vida de luz, alejada de la tiniebla. Pero el Salvador enseña a Nicodemo que el episodio de la Cruz es necesario y que forma parte de una realidad salvadora como lo fue la serpiente de bronce que Moisés se construyó para salvar al pueblo errante en el desierto de las mordeduras venenosas de las serpientes. Una vez elevado en la Cruz, una simple mirada servirá para salvarse. Y es cierto –nadie lo puede negar— que una mirada angustiada dirigida a un crucifijo ha traído la salvación y la paz a muchos a lo largo de más de dos mil años de historia. La profecía de Jesús sigue funcionando. No sabemos lo que Nicodemo dijo a Jesús. Tal vez, le recomendaba moderación y paciencia frente a sus enemigos del Templo y del Sanedrín. Sería el consejo lógico de alguien de tanta altura. Sin embargo, Jesús, una vez más, y como ocurrió con Pedro, no acepta variación alguna en su misión. Y explica que es necesario el sacrificio de la Cruz para que sus hermanos no mueran por las picaduras venenosas del Mal. 6.- Hemos recorrido ya más de la mitad del camino de la Cuaresma. Tras el próximo domingo, el Quinto, ya llegaremos al inicio de la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Este tiempo de preparación debe dar sus frutos y, además, hemos de considerar que siempre estamos a tiempo. Tal vez, deberíamos mirar a este Jesús que está subido en lo alto de la Cruz para salvarnos. Siempre hay un momento de quietud para “enfrentarse” a la mirada de un crucifijo que nos espera. Y ello dará elementos para seguir el camino o reiniciarse en una vida más limpia y de mayor servicio a los hermanos. No debemos desdibujar la esencia de la cuaresma que no es otra cosa que tiempo de reconocimiento de que Dios nos busca y nos quiere. Y que por eso mandó al mundo a su Hijo Único. Según los plazos se van terminando es bueno reflexionar sobre el tiempo que nos queda: Dios nos espera a la vera del camino. Siempre está disponible. LA HOMILÍA MÁS JOVEN JUICIO, MISERICORDIA Y VALENTÍA Por Pedrojosé Ynaraja 1.- La primera lectura que se nos ofrece en la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, es un claro ejemplo del juicio de Dios de la historia y en la historia. Somos conscientes de que al final de la vida de cada uno, se nos preguntará qué hemos hecho de nuestra vida, de los dones recibidos y del provecho que hayamos sacado de ellos. Provecho para los demás y para nuestra misma perfección. El don nunca debe despreciarse, ni ignorarse. Ahora bien, los hombres no somos islas. Formamos colectividades que llamamos, ciudad o país. Tal vez debamos ser conscientes hoy de que formamos un mundo solidariamente comprometido. 2.- Al final de los tiempos no habrá lugar para un juicio colectivo. En la eternidad no existen unidades simultaneas, ni componentes hereditarios. Siendo verdad que ciertos fenómenos no son puramente las sumas de comportamientos personales, sino propios de bloques más o menos estables y siempre pasajeros, el juicio deberá también serlo. Dios contempla la historia humana, la de sus colectivos coordinados, dicta una sentencia y la ejecuta. 3.- Esto que acabo de deciros es peligroso. El juicio de Dios, como cualquiera de sus realidades, es siempre misterio y nosotros nos sentimos siempre inclinados a darle razones, a contar motivaciones, a culpar a los demás. Podemos, desde la perspectiva del tiempo pasado, comprenderlo a veces. Y aprender. La docilidad, por buena virtud que sea, siempre implica riesgo. 4.- El pueblo de Dios, Israel, olvido la predilección que con él se tenía. Ignoró su honor. Se fijó en el proceder nuevo de los pueblos nuevos de su entorno. No fue fiel a las normas que le había dictado el Señor. Colectivamente recibió una dura pena en su mismo territorio. Finalmente fue enviado al destierro. Pero allí no quedó abandonado. Tuvo la asistencia de los profetas. Y un día, prodigiosamente, se manifestó la misericordia de Dios. El portento consistió en que la salvación no le llegó por un rey de los suyos, ni por sacerdotes de la tribu de Leví. El edicto de salvación le llegó de un pagano. La vuelta a su tierra y la reedificación de su Templo, la dictó Ciro, un persa. 5.- Más que detenerme en el contenido ideológico del fragmento evangélico de la misa de hoy, prefiero comentaros la actitud de los protagonistas. Compruebo que con frecuencia, cuando se os habla o invita a una actividad, la primera pregunta es ¿Quién irá? ¿Cuántos van a ir? Si no concurrirá una multitud, no apetece asistir. Por mi parte siento gran aprecio por las convocatorias. He asistido a JMJ, he ido a Lourdes, Compostela, Roma y Jerusalén etc. etc. Os confío que yo mismo he organizado reuniones de menor calado, pero de amplia asistencia también. Casi siempre, en uno y otro caso, acompañado y uniéndome en estos lugares a los demás que como yo habían ido, aunque no los conozca. No me gustan las misitas ocultas, las reuniones con los nuestros exclusivamente, las comidas en un rincón reducidas a compartirlas con quienes considero son de los míos. 6.- Pues si el Maestro, ya desde el principio, suscitó el interés de algunos particulares, acordaos de la jornada pasada en su casa de Andrés y Juan, de los íntimos comentarios entre el Señor y Bartolomé. Hoy observamos que un prestigioso intelectual y humanista, como le llamaríamos hoy a Nicodemo, acude él solo al encuentro con Jesús. Se interesa de su doctrina y persona y es tan apreciado por Él, que hasta le contesta con ironía en un cierto momento, cosa inusual. Le dice: Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? (Jn 3, 10). 7.- El impacto que le causó un encuentro personal y solitario con el Señor, no lo olvidará. Más tarde, en momentos comprometedores y arriesgados, colaborará comprando perfumes para embalsamar su cuerpo y se ocupara de su sepultura. Nos dice el mismo Juan (19, 39) “Fue también Nicodemo – aquel que anteriormente había ido a verle de noche – con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús”. 8.- Tal vez habéis imaginado, mis queridos jóvenes lectores, que me he salido por la tangente, olvidando el texto litúrgico. Lo he hecho adrede. La celebración de la Pasión y Pascua, está muy cerca, quisiera que cada uno de vosotros, individual y responsablemente, la preparaseis, sin olvidaros que: “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Comprobaréis que el juicio histórico a Israel no excluyó la misericordia, tema de la primera lectura. Su actitud hacia nosotros también lo es. 

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