El misionero ad gentes y ad vitam, ¿de héroe a figura del pasado?

El misionero ad gentes y ad vitam, ¿de héroe a figura del pasado?

Es inevitable que lo evidenciado hasta aquí nos abra a una nueva pregunta: ¿vale la pena seguir sosteniendo la figura, en su mo­mento heroica, del misionero ad gentes? Hace precisamente cien años, así lo describía Benedicto XV en su Maximum illud:

El misionero que se consagra al apostolado de las misiones, in­flamado por el celo de la propagación del nombre cristiano, abandona patria y parientes queridos, tiene que pasar de ordinario por largos y con mucha frecuencia peligrosos caminos, y su ánimo se halla siempre dispuesto a sufrir mil penalidades en el ministerio de ganar para Jesucristo el mayor número de almas1.

Las «voces» que nos llegan hoy en día nos invitan a mirar ha­cia otra dirección.

La misma expresión añadida a la de ad gentes, a saber, ínter gentes, parece que lo confirma. Fue creada en el ya lejano 2001 por William R. Burrows, en su respuesta al teólogo indio M. Amaladoss. Burrows constata que la misión en Asia ya está sustancialmente en manos de los propios asiáticos, quienes están dando testimonio de forma amable a quienes están inculturando el Evan­gelio para que este asuma un rostro local y ya no extranjero. Ellos viven en medio de otras tradiciones religiosas mayoritarias, que aprecian como espacio de encuentro con Dios para cuantos las siguen. Los cristianos quieren aliarse con ellos para trabajar juntos en contra de toda forma de maldad, cooperando así con la llegada del reino de Dios, cuya plenitud es escatológica2.

La propuesta de la misión ínter gentes refleja, pues, una opción: el diálogo como modalidad de encuentro con los otros y la elimi­nación de cualquier actitud de etnocentrismo cultural o de supe­rioridad religiosa.

Es de mucho interés hacer notar que esta expresión, ínter gen­tes, quiere sintetizar el modelo misionero propuesto a las Iglesias locales por la Federación de los Obispos del Continente Asiático (FABC), con el triple diálogo con las religiones no cristianas, con las culturas y con los pobres12.

Diciéndolo con las mismas palabras de los obispos de Asia: «Estar con el pueblo, atendiendo a sus necesidades, con gran sensibilidad hacia la presencia de Dios en las culturas y en las otras tradiciones religiosas y testimoniando los valores del reino de Dios a través de la presencia, de la solidaridad, del compartir y de la Palabra»3.

El «primer anuncio kerigmático», entendido como centro de la misión ad gentes y la proclamación de Cristo, conserva su impor­tancia, pero es presentado con nuevas categorías. Continúan diciéndonos los obispos de Asia:

La proclamación de Jesucristo en Asia significa ante todo el testimonio de cristianos y de comunidades cristianas en favor de los valores del reino de Dios, la proclamación de obras como Cristo las realizó. Para los cristianos en Asia, proclamar a Cristo significa ante todo vivir como él vivió, en medio de nuestros vecinos que profesan otras creencias y convicciones, y en realizar sus mismas obras por el poder de la gracia. Proclamación a través del diálogo y de obras concretas: esta es la fundamental llamada para las Iglesias en Asia.5

En sociedades pluralistas, divididas por barreras religiosas, étnicas, sociales, económicas y migratorias, la misión ínter gentes tiene como primera tarea la de construir puentes de encuentro, de comunicación, de reconciliación. La preposición ínter es interpre­tada como entre los pueblos, las comunidades, los vecinos, como también en medio de ellos.

En ese sentido, se transforma la misión en una evangelización mutua, en la cual el misionero da y recibe; visita las casas de los otros y acoge en la propia; impulsado por la fe y con el mismo estilo de Jesús, trabaja con los otros en la causa común en favor de la vida.

Desde esta perspectiva, pareciera que la misión ínter gentes fuera alternativa a la misión ad gentes. Según el análisis realizado por el padre Eloy Bueno de la Fuente, se están difundiendo críticas muy insistentes acerca de la preposición ad, así como acerca de la visión negativa del término gentes. En la preposición ad se encuen­tra inscrita una visión etnocéntrica, tanto cultural como religiosa, que da más valor al punto de vista de «quien sale», en contrapo­sición con los que «están fuera», en las periferias. Correspondería a un dinamismo unidireccional, desde el centro hacia afuera, desde arriba hacia abajo. El misionero es el protagonista y los otros serían receptores, no interlocutores. El término gentes también carga con una visión negativa de los «otros», que son inferiores y que están llamados a la conversión para que sean parte de «nuestro grupo». El misionero es el escogido, el salvado, el heraldo de la verdad. ¿Qué podrían dar los demás? 15

En esta atmósfera llegó el aporte específico de nuestro papa Francisco. En su Exhortación programática pos-sinodal Evangelii gaudium hace propia la afirmación de san Juan Pablo II en su Redemptoris missio: «Es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio a los que están alejados de Cristo, porque esta es la tarea primordial de la Iglesia. La actividad misionera representa aún hoy en día el mayor desafío para la Iglesia y la causa misionera debe ser la primera». Y añade la conocida expresión: «La salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia»16.

Sin embargo, el papa Francisco evita usar la expresión conci­liar ad gentes y considera «la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Cristo o siempre lo han rechazado» como una forma concreta en la que se expresa la nueva evangelización a que toda la Iglesia está llamada.

Los llamados institutos «exclusivamente misioneros», que evi­denciaban su particular fisonomía gracias a aquellos cuatro tér­minos, ad gentes, ad extra, ad pauperes, ad vitam, han ido aceptando con no pocas dificultades y desajustes los nuevos desafíos, intentando un proceso de adaptación. Parte de sus miembros han ido interpretando muy positivamente el ínter gentes como una preciosa inspiración acerca del cómo «estar en casa» en medio del pueblo al que han sido enviados. Otros han preferido renunciar a las «salidas geográficas» para ser presencia cristiana en el deman­dante mundo de la migración, de los desplazados, de los margina­dos… Al mismo tiempo, otros continúan reconociendo lo impres­cindible que es para su vocación misionera el salir del espacio cultural e incluso geográfico para dar prioridad a las actividades evangelizadoras entre aquellos que aún no han recibido el Evan­gelio. Es inevitable que se dé cierta tensión entre las distintas orientaciones17.

He aquí una voz que ha expresado lo anterior, incluso con un tono polémico:

Tenemos hoy una única misión global, el anuncio del Dios de la vida, la denuncia del sistema de muerte y el compromiso concreto para que se imponga la vida. ¿De qué parte estamos? Si estamos de parte del sistema, debemos darnos cuenta de que adoramos un ídolo, el ídolo del dinero. Debemos reconocer que Europa es idólatra. Si, por el contrario, queremos proclamar al Dios de la vida, debemos ponernos de parte de las víctimas. Es sobre este punto en el que hoy la misión se mantiene o cae. Es una misión global que nos lleva a resistir a un sistema que mata, que mata al mismo planeta y nos mata a nosotros en él. Por eso, la misión en el corazón de Europa es misión en cuanto lo es el anuncio de la Buena Nueva a los pobres del Sur del mundo. Sobre esto, la misión hoy lo arriesga todo18.

Otra voz nos llega de América Latina: «Para nosotros hoy la tierra de misión está en nuestras calles, en nuestros barrios, en nuestras ciudades y llega hasta el campo, en el que la piedad po­pular aún fuerte se alza como un dique que por ahora canaliza las aguas ricas de la fe de nuestros pueblos»19.

Por su parte, el papa Francisco, aunque evitando el uso explí­cito en su Evangelii gaudium de los términos ad gentes e ínter gentes, valora las características de los dos modelos misioneros, con toda su fuerza profética en la visión de una Iglesia «metida en medio del pueblo» (n. 115), con rostro local y pluriforme (nn. 30; 116), en la cual la alegría de comunicar a Jesús se expresa tanto en el compromiso para anunciarle en los lugares más nece­sitados como en su constante salida hacia todo tipo de periferia (n. 30).

El carácter paradigmático de la misión ad gentes y ad extra en el contexto de EG se revela en todo su valor en cuanto impulsa a la Iglesia toda en la osadía de la salida (n. 20), en nombre de la alegría misionera de la fe (n. 21), hacia el encuentro fraterno con los otros (n. 49), derrumbando toda y cualquier barrera (n. 22) por la fuerza del Evangelio.

1 Benedicto XV, Maximum illud 17, en La Iglesia misionera. Textos del magis­ terio pontificio. Madrid, La Editorial Católica, 1994, p. 148.

2 Debo estas precisas informaciones a Mons. Esmeraldo Barrete De Parias, hasta este año 2019 obispo encargado del Consejo Nacional de Misiones en Brasil. Cf. Su Misáu «ad gentes, ad extra, ínter gentes» e a Igreja misionaría em salida de papa Francisco (estudio aún no publicado).

3 Ibid., p. 8.

4 Ibid., p. 9.

15 Cf. E. bueno de la fuente, «Missio ad gentes y missio ínter gentes», en La misión, futuro de la Iglesia. Madrid, PPC, 2019, pp. 29-33.

16 EG 15. Es fácil advertir que el papa Francisco prefiere el marco referencial de la Evangelii nuntiandi (1975), de san Pablo VI, a la vez que ha ido como «universalizando» los aportes del Documento de Aparecida 7.

17 Se ha constatado que, entre los institutos de vida consagrada, han sido los llamados «exclusivamente misioneros» los que generalmente más han disminuido numéricamente. Es lógico pensar que entre las causas de su disminución numérica haya que considerar también la falta de claridad en el momento de proponer «en qué, en dónde y cómo» realizar la propia misión, que en otro tiempo resultaba bien definida.

18 A. Zanotelli, «Europa dei mercati o dei popoli?», en Essere missione oggi. Bolonia, EM, 2012, pp. 82-83.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *